Al sur del idealismo: la búsqueda de la autosuficiencia en La Alpujarra

Un ejemplo de vida sencilla, bioconstrucción y que apuesta por la sostenibilidad protagonizado por el escritor Chris Stewart y su familia que se instalaron en un cortijo de Las Alpujarras hace 18 años.

El ritmo enloquecido de vida que la mayor parte de las personas lleva no es impedimento para que otras muchas se planteen un cambio. Parar la máquina para disfrutar de nosotros mismos y de nuestro entorno. Intentar abandonar una existencia basada en la producción-consumo de objetos y apostar por el disfrute de la vida con sencillez. El valor de las cosas sencillas: Deleitarse con el sabor de una tostada de pan con aceite de cultivo propio o de limoneros que ofrecen su lustroso fruto durante todo el año o de la compañía de algún viajero soñador que te admira por ser tú mismo o de las ventajas de no ser esclavo del despertador. Numerosas personas han deseado o desean llevar una vida de contacto con la naturaleza; de coherencia humana, animal, tal vez, por qué no. Encontrarle un sentido al difícil arte de vivir. Esta es la historia de algunas que lo consiguen.

Entre los afilados cortados de un valle de Las Alpujarras (Granada), concretamente el que la naturaleza ha decidido formar con los ríos Trevélez y Cádiar, en el municipio de Órgiva viven de un modo sencillo personas que un día decidieron huir de cierto concepto del mundo, que no de sí mismos. Allí en lo que hace 18 años era, con todos mis respetos, un secarral del que surgían unas ruinas, entre esparto y pitas, residen Chris Stewart, Annie -su mujer- y Chlöe -la hija de ambos-. Chris y Annie, son británicos y ya casi no recuerdan qué les trajo a éstas tierras. ¿La llamada del libro de su compatriota Gerald Brenan Al sur de Granada? “Entre otras cosas, sí. Pero Brenan era un intelectual y yo no llego a tanto”, explica Stewart, que además de tener como profesión el dedicarse a vivir con la mayor libertad posible es escritor. Y a fe que no lo hace nada mal, como lo demuestra su libro Entre limones (ver recuadro).

Chris quizá no sea un intelectual pero sí es una persona acostumbrada a caminar por la vida de acuerdo con sus ideales. El hombre iba para músico y ha acabado siendo uno de los mejores escritores sobre las costumbres populares que hay en nuestro país. La carrera de músico no la comenzó mal, tampoco. O según se mire, porque fue batería de Genesis antes de Phil Collins (en los dos primeros singles) pero le echaron de la banda, aunque eso nos aleja de nuestra historia.

Chris y Annie llegaron a El Valero, así se llama su cortijo alpujarreño, en 1988. La morada se encuentra retirada del pueblo. Muy retirada. Tras cinco kilómetros de un estrecho carril de asfalto que sale de Órgiva paralelo al río Guadalfeo es necesario transitar alrededor de siete kilómetros por una escarpada pista de tierra a prueba de vértigo. Poco antes de llegar a la finca se atraviesa el río Cádiar, que puede dar un susto al que lo haga en todoterreno (mejor no intentarlo con otro tipo de vehículo) sobre todo en la época de lluvias en que ha llegado a derribar la pasarela que lo hace accesible a pié.

Foto: Óscar Rivilla

Autosuficiencia alpujarreña

El Valero es una finca de considerable extensión, 70 hectáreas, aunque muy empinadas y la mayor parte de secano, y cuando decimos de secano, decimos apenas aprovechables por las ovejas de Chris, que cada mañana y sin la necesidad de que alguien las oriente trepan hasta las cimas en busca de pastos para regresar al mediodía al cobijo de sombra cortijera. Las hectáreas habitables, en las que la familia hace vida, son dos y media. Como todo típico cortijo alpujarreño está compuesto por varias estancias. La vivienda de Chris y su familia tiene unos 120 metros cuadrados y está compuesta por varios departamentos rehabilitados. Está en perenne construcción pues el trabajo lo han realizado ellos con la ayuda de diversas amistades. Hay otro apartado del que, con los necesarios arreglos, podría obtenerse otra vivienda de similares dimensiones.

El Valero tiene una excepcional orientación suroeste lo que lo hace muy luminoso. Además, “la construcción original puede tener unos 500 años aunque se haya reconstruido encima de la  misma en numerosas ocasiones. Seguramente sea de la época en la que los árabes poblaban éstas tierras y eso se nota, por ejemplo, en la buena situación de la vivienda para captar las brisas que refrescan las estancias”, nos cuenta el propietario. “Quienes eligieron éste lugar tenían genio y las vistas… no nos hemos cansado en 18 años de ellas; esto es muy importante para el alma humana”, confiesa el inglés.

Desde que Chris y Annie decidieron instalarse en El Valero una de sus premisas filosóficas fue vivir de una manera sencilla intentando causar el menor impacto ambiental posible: “Hemos conseguido la autosuficiencia energética y la alimentaria en un 70%. Gracias a ello nuestra huella ecológica es muy baja, quizá el punto negro de la misma es el todoterreno”, argumenta Annie, una mujer de vivaces ojos azules, muy delgada y que siempre exhibe una rotunda sonrisa. En efecto, al vivir a 12 kilómetros del pueblo están obligados a disponer de un vehículo cuatro por cuatro o mejor dicho de dos; en invierno, cuando el río crece, hasta ser imposible vadearlo en automóvil, un coche se deja en la otra orilla y se atraviesa por una pasarela a pie para conducirlo.

Como describo la vida simple para esta familia es una cuestión de principios: lo importante es que casi cualquier persona puede vivir de este modo, con un gran grado de libertad, con una economía sencilla basada en la reducción de sus necesidades vitales y en contacto con el entorno natural. La fuente energética básica de la finca es solar fotovoltaica –sol no falta en estas latitudes- que se acompaña cuando no luce el astro rey con un grupo electrógeno, “cuyo uso no llega ni a los diez días anuales”, comenta Stewart. En total, la potencia instalada ronda los 1.100 watios. Lo suficiente para encender las bombillas -de bajo consumo-, la nevera “congelador no tenemos, esa será nuestra próxima gran adquisición para facilitarnos la existencia”, indica Chris, un aparato de música, un ordenador portátil y un video “aunque éste de poco nos sirve porque no tenemos televisión”, admite el escritor complaciente. La calefacción –en invierno la temperatura no baja de 5º C- consiste en chimenea y estufas de biomasa. Cocinan con bombonas de butano.

Foto: Óscar Rivilla

Arquitectura de la tierra

La arquitectura popular suele ser espartana, por lo general, pero en La Alpujarra granadina -también la hay almeriense, pero esa no la conozco lo suficiente- lo es más, si cabe. Los cortijos como el que describo no suelen ser de grandes dimensiones, ni mucho menos, aunque sí están conformados por numerosas estancias, “en el nuestro sabemos por el anterior dueño, el que nos lo vendió, que vivían al menos tres familias”, nos cuenta Chris. El cortijo típico alpujarreño es muy cuadrado, con techos relativamente bajos, tejados completamente planos –llueve poco por estos pagos- y con muros que poseen entre 60 centímetros y un metro de espesor; un diseño muy adecuado para resistir los embates del sofocante calor veraniego y soportar de buen grado los rigores del invierno que, como ya hemos comentado no son para tanto. A las cuatro de la tarde de un caluroso día de finale de junio pudimos comprobar in situ la bonanza de este tipo de muros y la buena orientación de la vivienda para recoger las brisas, dentro de la estancia en la que nos alojamos los invitados, el ambiente era incluso fresco. Los muros de las casas alpujarreñas, y El Valero no es una excepción, suelen estar construidos con piedra y launa, la arcilla aceitosa característica de esta comarca -El Valero tiene una veta a pocos metros de sus muros- que posee enormes propiedades constructivas, aunque según el dueño de la casa “también es muy trabajosa”. Los tejados son prácticamente planos y de abajo a arriba llevan las siguientes capas: troncos de madera de castaño, álamo o chopo; cañizo atado con guita de esparto (la guita original es de cáñamo pero en esta zona se hace con el abundantísimo esparto); una capa de cartón, retama, adelfas secas o gayomba; por último pizarra y launa. Ésta última, de color muy similar al del cemento, es muy dúctil y porosa, para Chris, demasiado, pues le obliga a que casi una vez al año deba rastrillarla y repararla, por lo que ha optado por usar cemento en las estancias habitables y tiene pensado hacerlo, si nadie le ofrece otras alternativas, en las que le queda por rehabilitar. No es tontería lo de rastrillar la launa ya que si ésta se apelmaza y cala el agua las vigas de madera pueden podrirse y con el tiempo caerse encima de quien se encuentre en el habitáculo.

Para el revoco interno de las paredes, en ocasiones se ha utilizado yeso y las pinturas son naturales, sin añadidos químicos. No utilizan barnices, pese a la abundancia de madera, pero han tratado ésta con aceite de linaza.

Una de las cosas que llama la atención del cortijo es la práctica ausencia de aristas en su diseño; predominan las líneas curvas y uno de los elementos más originales del mismo es la despensa, también realizada por Chris y uno de sus amigos ingenieros. Tiene forma de bóveda y cumple bien su papel de fresquera, además de ofrecer unas cualidades sonoras muy “refrescantes”, por aquello de las propiedades del silencio. Podía haberse mejorado eligiendo semienterrarla en un lugar fresco que dé al norte pero lo cierto es que cumple su función. Chris ha vuelto a repetir el capricho abovedado con un nuevo baño familiar que está construyendo con balas de paja, ventanas de botellas de vidrio de reciclaje y un tejado de cúpula para lograr ese clima de relajación, por si no tenían suficiente relax en El Valero, digo.

Foto: Óscar Rivilla

La relación con el agua

La Alpujarra es una tierra de contrastes. Ubicada en la cara sur del macizo de Sierra Nevada tiene un índice de pluviosidad bajo pese a que cuando visitamos el cortijo de nuestros protagonistas a finales de junio, todavía podían verse en las cumbres serranas algunos neveros, pese a que este año las nevadas no se han prodigado. No obstante la altura máxima de Sierra Nevada es el pico Mulhacén, con casi 3.500 metros de altitud. El agua, por tanto, no es escasa merced a los neveros de la sierra pero “el cambio climático se está dejando notar porque cada año llueve mucho menos y hace más calor. Esto lo notamos especialmente en el huerto”, explica Annie, la encargada de las labores hortícolas de la casa. A estos problemas hay que añadir que en la costa granadina, a no muchos kilómetros en línea recta de la falda de Las Alpujarras no paran de construir urbanizaciones y campos de golf que chupan literalmente el agua de las comarcas montañesas.

El agua y el uso racional de la misma, ha marcado la existencia de Chris, Annie y Chlöe desde que se instalaron en Órgiva, no obstante el cortijo se encuentra en un tajo entre dos ríos, uno de los cuales, el Trevélez mantiene su cauce todo el año. Cuando la pareja inglesa se instaló en su nueva residencia, por llamarla de alguna manera, ésta no tenía ni luz ni agua, ni todo lo demás. El agua que abastece a los siete cortijos habitados del valle la toman de un colector que hay arriba en la montaña. No pagan por el agua en sí, pero deben hacerse cargo del mantenimiento de la instalación y de tener siempre limpias las acequias que distribuyen el líquido elemento.

En la vivienda, las aguas se separan tras su uso. Las negras van a parar a una fosa séptica en la que los residuos se descomponen de manera biológica. Las grises se reutilizan en el riego de huertos y jardines. Por ello, el jabón líquido que utilizan para lavar los platos por ejemplo, es ecológico. Se trata de intentar no contaminar esas aguas que luego alimentarán las verduras que han de comerse. A veces, la cuestión del agua es un asunto de escala. Una gran infraestructura puede ser antiecológica e inhumana y la misma a escala humana puede resultar beneficiosa. Al menos así se desprende de la anécdota que nos contaba Chris una tarde, mientras admirábamos la puesta de sol tras los afilados cerros que rodean el cortijo: “allí, –nos dijo señalando un pequeño embalse que hay situado en la confluencia de los ríos que rodean la vivienda- querían levantar una presa de 50 metros. Arreciaron las protestas y se construyó de 15. Pasamos de la práctica desaparición de nuestras casas a esta bendición”, comenta el inglés refiriéndose entre otras cosas al nuevo ecosistema creado. Aunque uno que es muy crítico, piensa si esto no fomentará que más ríos sean cortados por el hormigón armado acabando con sus ecosistemas originales.

Foto: Óscar Rivilla

Piscina integrada

Hablando de ecosistemas acuáticos y del uso racional del líquido elemento, uno de los puntos más llamativos de El Valero es la piscina, que tiene toda una historia. La casi obsesión familiar por relacionarse respetuosamente con el agua les ha llevado a llevar a cabo un gran proyecto de baño -el clima permite utilizar la piscina seis meses al año- con un tratamiento ecológico y cíclico del agua y del proceso. La sencilla complejidad del mismo y el gusto por el detalle ha producido que se les vaya de presupuesto, pero con ciertos ajustes, este proyecto puede desarrollarse en piscinas de gran tamaño. Esto puede ser muy interesante para los ayuntamientos a la hora de transformar sus actuales piscinas en ecológicas.

La energía que mueve todo el proceso de depuración de la piscina es solar. Entre sus olivos y naranjos Chris Stewart posee un panel solar capaz de autodirigirse en busca de la mejor colocación para recibir la mayor cantidad de rayos solares. Una maravilla de la técnica. El vaso de la piscina es de generoso tamaño y de diseño ovalado, sin  aristas. Está pensado de tal manera que constantemente el agua supura por los bordes y se dirige a un estanque donde plantas acuáticas con especiales propiedades depurativas hacen lo propio con el líquido elemento. De ahí pasa prácticamente limpia a un pozo en el que una noria, diseñada ex profeso por un técnico amigo de los dueños de la casa, alza el agua hasta un depósito también artesano con forma de alambique, en cuyo interior hay un filtro de arena que termina de dejar el agua impecable para que siga su camino natural hasta el vaso de la piscina. Este proceso se realiza unas ocho horas diarias durante los seis meses propicios para el chapuzón. Llama la atención la sobriedad del proyecto, el cuidado de cada detalle para evitar contaminar el agua y reciclar constantemente la misma. Todo ello con emisión 0 de CO2, que se dice ahora.

Foto: Óscar Rivilla

Simple felicidad

Con cinco gatos, dos perros y un loro que, como el propio Stewart reconoce, sólo tiene ojos para Annie, a la que sigue a todas partes, a todas. Esos son los habitantes de El Valero, los reconocidos, claro. Luego están los jabalíes que la noche anterior husmearon en el huerto o la culebra que a la mañana siguiente se coló en la piscina, así de natural es la vida que hace feliz a “los Stewart”: “Para nosotros es muy importante transmitir que se puede vivir disfrutando de las cosas sencillas sin el materialismo que vemos en la sociedad actual” Es que Chris Stewart es un hippy. “Estoy orgulloso de ser hippy. Los españoles tienen la palabra o el concepto equivocado. La vida que vivimos aquí es la conclusión lógica de aquel movimiento, que era ecologista”, afirma.

En efecto, hoy la familia vive como piensa y este es un privilegio de pocos porque lo “normal” suele ser pensar como se vive. Los libros van viento en popa para el autor británico y esto les ha proporcionado una economía desahogada. Pero eso no se nota en su modo de vida, todo lo que identifica en la casa que allí reside un escritor es un despacho, que antes era la estancia de los animales,  cuyas paredes están literalmente forradas de libros (parte del suelo también) y una extraña antena en forma de cuadrilátero que es fundamental para garantizar la conexión por adsl. Las cosas han cambiado mucho en cuanto a tecnología se refiere y hoy Internet es la conexión con el mundo. Conexión que por estas altitudes también tiene su particularidad. En un pináculo a pocos metros de la vivienda se alza un repetidor “casero” que funciona, como no, con una pequeña placa solar que recoge la señal telefónica y la difunde a los cortijos del valle, un sistema inalámbrico subvencionado por la Junta de Andalucía.

Y así es la vida por aquí, en casa de Chris Stewart y compañía, rodeado de limoneros naranjos, almendros, olivos centenarios, y huertas con tomates, lechugas, ajos, cebollas, berenjenas o fresas. ¡Ah! y la alfalfa para las ovejas del inglés alpujarreño, que qué sería él sin sus ovejitas.


“Nos habíamos desecho de todo lo que había de cómodo y previsible en nuestras vidas y nos habíamos lanzado al vacío”. Así explica Chris Stewart en su libro “Entre limones. Historia de un optimista” (Editorial Almuzara, septiembre 2006) su llegada con Annie a El Valero y el comienzo de una nueva vida. Cuenta el escritor que cuando le enseñó fotos a su madre de su nueva morada ésta quedó horrorizada por su aspecto hasta el punto de calificarla de establo. “Es que la arquitectura alpujarreña es sencilla y cuadriculada; su encanto reside en la simplicidad: (…) Consiste en volver a colocar de manera más o menos ordenada los materiales que, o bien crecen a mano, o se encuentran dispersos al azar por los alrededores. Las proporciones vienen dictadas por una sencilla ecuación: la anchura equivale a la capacidad máxima de soporte de una viga de castaño, de chopo o de eucalipto, cubierta con una espesa capa mojada de launa (…) y normalmente equivale a aproximadamente tres metros y medio. La altura depende del nivel hasta el cual puede levantar piedras un alpujarreño y, como la mayoría de ellos son de estatura baja, raramente sobrepasa el metro ochenta desde el suelo hasta el asiento de las vigas. La longitud viene limitada por la cantidad de suelo disponible, y las ventanas se calculan de manera que dejen pasar la cantidad de luz justa para poder andar a tientas al mediodía, pero de modo que al mismo tiempo no dejen entrar los rayos exteriores que de otra forma podrían comerse vivos a los habitantes de la casa”, describe con maestría Stewart en “Entre limones”. La gran ventaja de esta arquitectura es su bajo precio pues sólo las puertas y ventanas hay que pagarlas con dinero, lo demás es extraído, cortado y/o acarreado de la propia naturaleza.


Articulo aparecido en la revista EcoHabitar nº 15. otoño de 2007. Puedes conseguir la revista aquí.

Hippies modernos en España

hippis9Sí, es cierto, aún se hace vida hippie en España. Un rincón almeriense ha conseguido resistir al tiempo y mantenerse como verdadera reserva natural para acampantes y ecologistas.

En Almería existen aún extensiones importantes de tierra virgen debido a sus parques naturales. Zonas protegidas en las que no se puede construir a pesar de algunos empresarios del hormigón que ansían cada vez más el negocio de la inmensa costa almeriense. En estos refugios naturales de palmeras y aguas cristalinas, muchos encontraron su paraíso a finales de los años 60. En aquella época, el famoso pueblo almeriense de Mojácar concentraba grupos enteros de hippies que vivían al aire libre. Muchas personas buscaban un lugar en el que soñar con un mundo mejor, lejos de una sociedad que seguiría el rumbo capitalista hasta un extremo entonces inimaginable.

“Hoy el mundo va de culo, cuesta abajo y sin freno” 

Es la opinión de José, un ingeniero técnico malagueño, de treinta y pocos, que dejó colgada la vida urbana para hacerse habitante de una cala, hace ya 6 años. Escapó de la sociedad porque quería “ser feliz”. Hoy en día, es muy difícil encontrar en ningún lugar de España señales de este tipo de vida, pero José y su mujer la hallaron en la recóndita cala que conocen desde niños. A esta cala sólo se accede a través de un accidentado paseo en lancha. Una vez allí, bajo un sol que provoca alucinaciones, con los pies sumergidos en el agua azul, parece que el tiempo se detiene para mostrarnos un hábitat que no deja indiferente. A pesar de la aridez de la montaña, la vegetación se abre paso hasta la playa. Un chiringuito insólito hace las veces de sala de reunión para visitantes y residentes, ubicado en medio de la “selva” de plantas variadas. Mucha de la vegetación de este lugar es obra de gente como José. “Muchos de los árboles y plantas que hay aquí los he plantado yo”, asegura. Destacan los árboles de chirimoyas y los algarrobos. De hecho, en este sitio, afirma él, “todo el que lleva residiendo un tiempo, tiene ya su pequeño huerto”, una forma práctica de autoabastecimiento que complementan con el trueque. “Por aquí viene una pareja de panaderos que nos cambia pan por otros productos”, comenta José. También compra en ferias, mercadillos y en el supermercado de Las Negras. De allí trae las cervezas para su improvisado chiringuito-tetería, un local en el que vive y que reconstruyó hace 6 años. “Cuando yo llegué, esto se lo comían las pulgas, eran escombros. He tenido que matarme a trabajar para levantarlo, ponerle sujeciones para que no se caiga”. Además, compró paneles solares en una fábrica de Madrid. “Gracias a ellos cocinamos, tenemos nevera, tele…”, explica. Su mujer es artesana, “sabe idiomas y tiene sus títulos”. Juntos fabrican objetos de artesanía y llevan el local que tuvieron que poner casi a la fuerza porque, según José, “aquí venía todo el mundo y dije yo, pues que todos aporten algo”. Tienen un niño de cuatro años que ha nacido en la cala y que, dice, “va con el sol”. Dentro de poco deberá empezar la escuela, hasta entonces hace cartillas con su madre. José y su mujer desconfían de la prensa que “manipula”. El último reportaje les dejó en muy mal lugar. Y es que hay gente que no está contenta con ellos. Les culpan de la suciedad de la playa – en Turismo de San José se quejan de que “no está como sería deseable” – e incluso han recibido denuncias, por ejemplo, por tenencia ilícita de drogas, algo que les indigna, sobre todo cuando la policía insiste en registrarles: “hace quince días estuvieron aquí y yo decía, ¿qué voy a hacer yo? Si no tengo dinero, ni un Mercedes en la puerta, ni soy traficante. Que se vayan a registrar a los que tienen que registrar. Yo ni tengo dinero para drogas ni aunque lo tuviera las querría. Sólo fumo porros y eso lo sabe todo el mundo y hasta pongo una maceta en la puerta para que la vean y no busquen más, porque eso es lo único que hay”, se queja. Asegura que los que ensucian la playa son los turistas y los curiosos ocasionales “que vienen a ponerlo todo lleno de suciedad y al desparrame”, y luego no son ellos los que lo limpian tras el verano: “Limpiamos toda la playa y yo he llegado a recoger una bolsa entera de jeringuillas”. 

 

Diseño y Autosuficiencia

IMG_0576Guillem Ferrer fue el alma del diseño de calzado Camper. Durante 14 años su reto fue producir productos sanos para las personas y respetuosos con la naturaleza, hasta que se dio cuenta de “que no necesitamos más zapatos, lo que necesitamos es caminar en otra dirección”.

Hace casi tres años decidió dar un frenazo, bajarse del tren y replantearse su vida para “llevar una vida sencilla y compartir una cultura de la simplicidad.  No quería seguir viviendo sin saber quien soy… Para mí espiritualidad quiere decir conocerse a sí mismo. Desde entonces he estado viviendo la mayor parte del tiempo entre el bosque y el huerto haciendo lo que yo llamo viaje interior, el mejor viaje que uno pueda hacer en la vida…

Soy un campesino durante una parte del día, y desde que me levanto hasta que me acuesto, un activista que impulsa el cuidado de la tierra, alma y sociedad. Vivo en la montaña, en una casa que funciona con el Sol, hecha con criterios de bioconstrucción, utilizando materiales locales y reciclados; reciclo en un pequeño estanque todas las aguas grises y negras. Cada día hago mi propio pan, bebo el agua de la lluvia, produzco mi propio aceite y miel, y la mayor parte de la comida que cocino y como, viene del huerto ecológico que cultivo…es un peregrinaje hacia la autosuficiencia. De Gandhi aprendí: Sé el cambio que tu quieres ver en el mundo”.

Lo visité en su casa de Mancor de la Vall y después de charlar un rato de esto y aquello, le pregunté cómo le nació la conciencia. Me habló de los agradables recuerdos de su infancia en el campo hasta los diez años. Sus abuelos tenían una “teulera”, una pequeña fábrica artesanal de cerámica para hacer tejas, ladrillos… Ir con el carro, el ritmo reposado, los frutales… Después la ciudad, primero Inca, luego EEUU, Puerto Pollensa, Palma… Japón, país al que vuelve a menudo… la cultura japonesa…, hasta que decide volver al origen y construirse su casa en el campo. El contacto con el bosque propicia la transformación.

Me cuenta que el periodista y escritor Jordi Bigues es su mentor ecológico, le conoció cuando propuso a Camper  la filosofía de hacer zapatos que funcionaran como árboles y la empresa como un bosque; él le introdujo en los temas ecológicos, desde entonces son amigos: ”para eso están los negocios, para hacer amigos y servir a la comunidad”.

El diseño de Sa Pedrissa

Fué su amiga Sybilla la que le inició y le presentó a  Julio Campos y Lidia Carpio, agroforestadores, que lo introdujeron en la permacultura. Julio le habló de un sabio japonés que hacia una agricultura muy natural; en 1999 invitaron a Fukuoka a la isla. Allí, además de la agricultura del no hacer, les habló de lo cercano al desierto que es el paisaje mediterráneo. “A la naturaleza le falta vitalidad, y esta falta de vitalidad se transmite a la comida y a través de la comida a las personas. No veo variedades en los campos. Es como si la naturaleza fuera muy simple y los nutrientes también son muy simples. Tengo un plan para hacer una olimpiada verde, una campaña de repoblación forestal por el Mediterráneo con bolitas de arcilla. España, sobre todo padece un problema grave de desertización.”  

Hace unos 13 años compró una finca de 18 cuarterades (14 hectáreas), en el término municipal de Mancor de la Vall, (Mallorca). La finca está situada en el Puig de Massanella, en las estribaciones de la Serra de Tramuntana, con una amplia y preciosa vista sobre el valle, puede verse Inca y al otro lado, en días claros, el mar de la bahía de Alcudia. Se hizo construir una casa lo más integrada y respetuosa con el entorno; la construcción duró dos años. Una casa hecha con la colaboración de muchas personas. Quería una casa ecológica, hecha con criterios de bioconstrucción, materiales no contaminantes y locales, que funcionara con el Sol, que se reciclaran todas las aguas grises y negras con huertos y  vergeles, completado todo ello con una piscina natural.

En el diseño y  la construcción de la casa propiamente intervinieron Toni Esteva, aparejador y  “l’amo” en Toni un constructor de “marjades” (muros de piedra para las  terrazas y bancales, que tanto abundan en Mallorca).

En el proceso también intervinieron Toni Marín, fundamental y Miracles Delgado que además de estructurar espacios con diversas plantaciones alrededor de la casa; realizó el sistema de reciclaje de aguas grises y negras por lagunaje con plantas, entre las que destacan los papirus, y con Albert Torrents la piscina natural que depura el agua con plantas. Previamente Mariano Bueno hizo los estudios geobio-lógicos pertinentes, de toda la finca y de la vivienda.

 

Tipis. Conciencia nómada y refugios para el desapego

tipisSintoniza con la armonía y el espíritu del bosque, las tradiciones y el estilo de vida de los nativos americanos.  Se encuentra en La Selva, entre el Maresme y el Montseny, entre Hostalric y Massanet de la Selva en Girona. Este espacio o poblado de tipis permanece abierto, como refugio para el desapego desde la primavera hasta el otoño, de marzo a octubre.

El bosque de tipiwakan acoge y abriga todo tipo de recepciones y actividades alternativas que puedan realizarse en un tipi, como pueden ser turismo, talleres intensivos, encuentros  convivencias, ceremonias, siempre con el permiso y el respeto al medioambiente. Naturaleza y alma unidas en un ambiente de fusión cultural y vocación artística.

Este proyecto ha sido creado por Samuel y Vicky que, sin ser nativos, respetan y transmiten su cultura y forma de vida armónica y ecológica. Junto con Shanai, una belleza de pastor alemán que se añadió, con toda naturalidad, a seguir el mismo camino. Su nombre integra a Shana-a, que significa en dialecto indio, oso gris y Asai hace referencia al centro budista Dojo-Asai de Girona, lugar donde fue encontrada.

Realidad, inicio, fin

Vicky y Samuel cuentan que ya, cuando empezaron este proyecto en el año 2003, en su idea inicial cabía, se concebía un poblado con integridad y vida propia, es decir autosuficiente. Con capacidad de acoger del mismo modo a grupos que a individuos, con ganas de disfrutar de la naturaleza, superar el stress y los factores que en la ciudad suelen distanciarnos. Buscando la INTEGRACIÓN, con la edad, con la religión, la clase social. “Nos interesó desde siempre desafiar lo que entendemos por prejuicios sociales, que a nuestro entender sólo condicionan. A través de este espacio y nuestras actividades, queremos también promover el establecimiento de una comunicación  natural entre las personas, un reencuentro con los demás desde otro lugar, más directo, sin etiquetas” Y porque el espacio donde se produce este encuentro así lo permite: “Estar bajo los árboles, en el bosque, con los animales, en un círculo (la forma del tipi es circular piramidal) junto al fuego, el ambiente no puede ser mas motivador para que se produzca el desarme, o lo que llamamos desapego, dar un paso hacia la esencia…indudablemente esto se refleja entre nosotros, iguales.. “

Vicky, procedente de Río Negro, Patagonia Argentina, aporta su experiencia y conocimiento de las culturas nativas de su tierra los mapuches. Se vino a Barcelona en 2001 dejando atrás sus estudios y trabajo en administración de empresas, para estudiar pintura mural. Su creatividad queda reflejada en las pinturas que decoran los tipis y en las artesanías. Su maestría  en artes manuales y su heredado saber sobre psicología hacen que su interés se centre en la sanción. Donde los límites entre arte, ritual y terapia no existen. Las habilidades organizativas y gran capacidad autodidacta de Samuel, nacido en Zaragoza, pero que creció desde pequeño en la isla de Menorca, junta con sus dotes de relacionarse, las de compartir su conocimiento y habilidades, juntos hacen que fluya la buena relación que tienen entre sí y con el proyecto. Las águilas, que sobrevuelan el poblado con frecuencia conviven, tanto simbólica como espiritualmente y afirman sus acciones como una señal de buen augurio o presagio.

 

Can Masdeu. Modelo de ecoaldea “rurbana”

MesaJuntosEn diciembre de 2001 fue ocupada Can Masdeu, una vieja masía en el Parc de Collserola, Barcelona. Tras más de 50 años de abandono, esta antigua leprosería veía esperanzada el comienzo de una nueva etapa en la que, bajo el empuje de un joven y diverso grupo de personas, iba a ser restaurada como vivienda y centro social.

Como era de esperar, los propietarios de la finca, el Hospital de St. Pau, e indirectamente la Generalitat, pronto presentaron una denuncia por usurpación y daños. El juez de instrucción decretó una orden de desalojo y la policía se presentó en la casa con intención de llevarla a cabo. Lo que no esperaban ni juez ni antidisturbios fue la numantina resistencia de los ocupantes de la casa, colgados en sitios inverosímiles y apoyados por cientos de personas acampadas en el valle. Tras varios días de resistencia, el juez anuló la orden de desalojo argumentando que “el derecho a la vida esta por encima del derecho a la propiedad”.

La resistencia de los ocupantes de Can Masdeu ante el intento de desalojo fue sin duda ejemplar, pero fue entonces y sólo entonces, una vez que la policía se fue y los dejó solos, a expensas de futuros juicios y decisiones políticas, cuando comenzó realmente la verdadera resistencia. Pues, de qué otra manera se podría calificar el decidido intento de este grupo de personas por construir una forma de vida alternativa que, yendo más lejos de la crítica fácil del sistema, dedica tanto tiempo y energía en la búsqueda de la autosuficiencia, en la gestión autónoma del lugar, en la colaboración con los vecinos del barrio, en la integración en todo tipo de redes por las que circula información, recursos y afectos… Si algo nos debe quedar claro a estas alturas es que resistir es construir, crear alternativas, crear ilusión y hacerla realidad. Y en esto, los habitantes de Can Masdeu se han revelado unos auténticos expertos.

Huertos comunitarios al servicio del barrio

Desde el primer día de ocupación, los habitantes de Can Masdeu se fijaron dos objetivos prioritarios: velar por la conservación del carácter natural del valle y recuperar su uso y gestión comunitarios. El valle de Can Masdeu se sitúa en uno de los tres barrancos pertenecientes a 9 Barris, una barriada periférica en la vertiente barcelonesa del Parc de Collserola. Se trata de una zona de gran valor agroforestal que asegura la biodiversidad y la conexión entre los diferentes ecosistemas naturales de la zona. Algo que parece importar poco a sus propietarios, que en los últimos años han llevado a cabo varios intentos de especulación con el terreno, que sólo han podido ser paralizados gracias a la existencia de un fuerte asociacionismo local. Los habitantes de Can Masdeu, unidos al resto de asociaciones locales, exigen la recalificación del valle, para que pase de zona de equipamientos a zona agrícola, y acabar así con cualquier intento futuro de urbanizar este espacio natural.

 

 

Universo Amarok. Música con energías renovables

amaroc1Quince años transitando por los terrenos de la música alternativa, explorando en los campos de la New Age, la electrónica, el Folk, la étnica, el rock  progresivo, y la música mediterránea.

Robert Santamaría, es el compositor, productor, y multiinstrumentista. Él mismo es quien da aliento al grupo, componiendo los temas que distribuye entre sus componentes y rescriben sus partituras. Director de los estudios de grabación Beringia, utiliza  energía solar fotovoltaica para registrar sus creaciones. Amparado en el corazón del bosque de la sierra del Monseny,  hace emerger  ritmos  del espíritu de la montaña con la esperanza puesta en que de las notas fluya solamente la simplicidad que contienen, igual que una gota de rocío mantiene el secreto del alba, en las notas de Santamaría florece la esencia de la Tierra. El duende de este bosque es Amarok, /Lobo en esquimal/ aullido sensible a la comunicación a través del sonido, a la frecuencia que se transmite directamente con las emociones, al conocimiento que inevitablemente participa secuenciándolas en historias con un impulso ancestral, con la idea de unir el pasado con el futuro. La desesperación y la esperanza.

Amarok, 15 años transitando por los terrenos de la música alternativa, explorando en los campos de la New Age, la electrónica, el Folk, la étnica y el rock  progresivo, y la música mediterránea.

Mas La Vinyota

Amarok se instala en “Mas La Vinyota ” en el 1993,  casa de piedra alimentada  únicamente por placas de energía solar fotovoltaica. A veces se les condensan problemas derivados de las baterías monobloc que no son conmutables. Energía que alternan con una pequeña turbina hidráulica, que de más de un apuro les ha sacado. En su interior la madera distribuye la mayoría de los  espacios. Los Estudios Beringia situados al suroeste disfrutan de un muro radiante que hace que a la acústica del espacio se añada el calor respaldado por un solarium-invernadero, en el que las tomateras, calabaceras y calabacines crecen  al compás de la mejor música. En la lejanía del sur se intuye el horizonte del mar, espejo  de su inconfundible tímbrica mediterránea. La placa solar fotovoltaica actúa de vela blanca  que gira donde mejor calienta el Sol, como una veleta en el sentido horario.

Robert afirma que para poder grabar su música no necesita de mucho consumo energético, ya que no requiere de aparatos que necesiten calor, ineficientes para ser alimentados por energía solar. Lo que más consume es la amplificación que utiliza muy de vez en cuando en los ensayos para escucharse entre ellos. La grabación está basada en una pista por instrumento, solapados al escucharlos juntos, y de la edición y arreglos de volumen  para enfatizar algunos momentos de protagonismo de ciertos sonidos, voces e instrumentos.

Nuria Aragón: la pasión por la pureza

sibila2No dispone de agua, ni luz, pero sus ojos arrojan kilowatios de brillo. Vive fuera del orden y del tiempo, más allá de las pautas sociales, en medio de pinos centenarios y viñas sin podar.  Su vida es una colección de renuncias, una búsqueda de contacto íntimo y constante con la naturaleza, como antesala de los reinos  del espíritu. En esa búsqueda ardiente no duda en prescindir de cuanto la despiste

Leyenda, susurros y cuatro confusas pistas me llevado hasta su casita de lona, en medio de un paraje salvaje, al este de la provincia de Ávila, en el término municipal de Hoyo de Pinares.Tras caminar dos kilómetros por  pista, un gran portón con el letrero en colores, “Finca Amor y Vida”, indica que algo se está fraguando en medio de ese entorno despoblado. Nuria anduvo tiempo buscando un lugar sin carretera, ni edificaciones, sin antenas, ni líneas eléctricas. Al final condujo sus pasos hasta ese terreno agreste y remoto, frecuentado por sus amigos los zorros, ardillas y jabalís. Los papeles de la compra le costaron un buen préstamo que aún la ata al mundo. Ahora ofrece la finca a la gente que quiera compartir su sueño, si bien no es fácil reunir los requisitos precisos. Nuria vuela muy alto.

Sana locura

No sabemos dónde se encuentran los límites de su autoexigencia. Ahora ha prescindido del pelo. ¿Lujo de belleza, postrero reclamo seductor, última herencia del pasado? Cual monja budista su cabeza calva, unida a la sobriedad circundante, parece que la colocaran en la cumbre de la renuncia, en posición de adelantado ascetismo. Aún en medio de esa osada desnudez no tirita su optimismo. Ninguna de estas privaciones lastran su eterno tono de alegría, merman su sonrisa discreta pero perenne. Lejos de apagarla parece la fortalecieran y ensancharan aún más.Tornillo suelto o férrea voluntad por trascender los condicionamientos humanos, prendida de locura o de infinito…La historia nos demuestra que ambos delirios a menudo se concitan. Sin embargo esa sana locura de Nuria le empuja a escribir decenas de diarios, varios libros, a construir casas, le remonta a los tejados y le predispone a una constante ayuda al prójimo. No confunde lejanía del mundo con la ociosidad: juega con sus niños, recoge frutos, echa una mano a quien recién se instala en el campo… Cunde un día, que como ella nos apunta, “no queda atrapado por las agujas del reloj y se rige por la espontaneidad del momento”.