Un jardín jugando al escondite

luciano12Caminar por Sevilla es una manera más de conocer lo urbano. Una calle llena de obras y ruido, un portal de un edificio que se abre a un patio… y de repente la imaginación vuela a la azotea. Es la calle Pajaritos, en pleno centro de la ciudad, donde se puede visitar un pequeño vergel en el que confluyen las ganas personales de transformar de quienes acuden y quienes lo habitan.

Acá está Luciano Furcas, quien desde el año 2000 dinamiza un proyecto de permacultura urbana con participación vecinal. Este proyecto surge de una inquietud personal que se nutre de encontrarle permanentemente significado al “aquí y ahora”, lo que en palabras de Luciano es buscar el “por qué una persona de origen rural, está viviendo en la ciudad y quiere trabajar con elementos naturales… ¿qué concurre de su experiencia personal a la transformación de la vida en esta ciudad?”.  Es día raíz de cuarto creciente de la luna fría de enero de 20071, un buen momento para trasplantar lo que aquí está sucediendo si hay tierra dispuesta, ya que hay muchos proyectos urbanos, pero la opacidad citadina invisibiliza sus efectos.

Buscando raíz: comunidad y consenso en la ciudad

Una terraza disponible, muchos conocimientos en permacultura, poca tierra, la imaginación y la ética como principales recursos estimulan a Luciano a buscar un consenso vecinal en la recuperación de los espacios comunes con el fin de cuidar la Tierra cuidando de la gente. Busca crear una fórmula legal y práctica para intervenir en un espacio vacío tan importante en lo simbólico como es esta azotea sevillana, que representa la cabeza de la casa, con vistas al patio, que es el corazón de la vida comunitaria vecinal. Se han dado pasos hacia estas nuevas formas de relación entre propiedad y cuidado que quiere crear esta vecindad en diálogo con el dueño, aunque actualmente se trata de un proyecto personal apoyado por varias vecinas. La propuesta es aprovechar los espacios comunes en todas sus posibilidades y abrirlos a compartir teatro, danza, cultivo,  comida, etc. sin fines comerciales y a través del acuerdo de la comunidad.

Durante estos años, han ido cambiando las habitantes y sin embargo la raíz del proyecto sigue creciendo; el cuidado de las personas es lo más visible, es este trabajo reproductivo el que más tiempo ha llevado. Luciano afirma que “el cuidado supone un gesto de amor igual al que la naturaleza tiene hacia nosotras, pues para que la Tierra nos dé un producto, ella lo hace sin pasarnos factura, la transmisión de esos recursos debe ser equilibrada a lo que recibimos.”

En esta casa, se comparten los excedentes, a través de distintos medios, ya sean ensaladas comunes, la recogida colectiva de ropa vieja para acolchar las plantas o el cubrir las necesidades de las demás vecinas con recursos locales. La interconexión de los distintos elementos y la complementariedad son los principios del alma de la casa, todo ello con discreción y suavidad. Así, Ruth, una artista que expresa su mundo a través de la pintura, se siente acogida a participar más en las reuniones para leer en conjunto las emociones escondidas del reciclado del agua por hacer, las visiones de las relaciones y del co-habitar este espacio común. De la misma forma que Juan Carlos aporta su toque culinario y Ángel comparte su búsqueda de trabajo digno. Esta comunidad en construcción se ocupa de aportar soluciones comunes a las inquietudes individuales y colectivas, buscando fórmulas de diseño a futuros inmediatos.

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