Un año en comunidad

O sea, un anal comunitario, dicho de otro modo. Irrisorio, irrelevante. ¿Qué persona que haya visto “La comunidad” (Alex de la Iglesia, 2000), o asistido destemplado y cruzado de brazos a la reunión de vecinos en el portal, o votado y rebotado asuntos de la Comunidad Europea, se toma en serio lo comunitario? Y sin embargo es esencial, determinante.

Coincide este momento con la resaca independentista post-verdad de los nacionalistas catalanes y, causal o casualmente, me resulta ineludible mostrar la dimensión política de mi experiencia comunitaria. Presentaré a Benedict Anderson, que definía Nación comocomunidad política, imaginada como inherentemente limitada y soberana, para entender el poder vivido aquí.

Y tirando de la línea temporal, con esta breve parte, voy a compactar un holograma del todo, que ilustre los 80, los 90, los 2000 y los 2010 hasta el presente. En el paso de 8º a BUP nos preguntaron en los grupos de tiempo libre del cole si queríamos seguir: yo dije que sí “para vivir toda la vida como en un campamento (de verano, no de refugiado)”. Y así ha sido el 2017.

Una década después, en Africa, decíamos quien pasa un día escribe un libro, quien una semana, un artículo y, quien vive un año ya no escribe más. Pasé tres comunitarios años y no escribí porque la ambigüedad y la complejidad de aquella realidad no es para ser narrada, sino vivenciada. Pero aquí y ahora está este artículo, porque un año no basta para penetrar esta realidad, pero sí para abrazarla.

El cambio de milenio prometía nuevo paradigma tipo eich of acuarius, pero otro tipo (el de interés), el Euro, Bush, la burbuja inmobiliaria y la invasión del teléfono móvil no han hecho más que ahondar la esquizofrenia entre el deber de buen consumidor y el derecho de buena persona. La lucha a muerte entre el capitalismo y la conciencia se concilia un poco en este espacio común.

Y ya en esta década, superado el ecuador vital, el dualismo, el duelo y el mismo error compulsivo; rendido ante la insistente abundancia de oportunidades de la vida, ante la generosidad irreversible de la tierra, el sol, las aguas y el invisible viento, aquí he encontrado suficiente silencio, humo(r) y humildad para recordar que no son las altivas velas, sino el viento invisible quien impulsa a navegar.

Y, ¿qué tiene que ver el culo con las témporas? Pues que he co-sido (concepto de mi abuela camisera) o hemos inter-sido (concepto de Thit Nach Hahn), comunidad sociocráticamente poderosa, imaginativamente resolutiva, congruentemente comedida y realmente soberana. Y que he disfrutado como en los campamentos de chaval (gracias Itaka). Y que rodearnos de abrazos ha suavizado las corazas. Y que, efectivamente, donde hay amor no hay miedo. Y que esto es esencial y determinante. Y que, sin embargo, estoy de paso, dejando estelas de Machado espero, no chemtrails de polución.

Dos corolarios: uno sobre la (bio)diversidad y otro sobre la vir(¿t,d?)ualidad. La resiliencia, tanto en ciencias ambientales como en psicología, ha hecho suyas tanto el factor vitalidad (fertilidad y salud) como el factor diversidad (de especies y de recursos) que la activan. En sociología diría yo que la vitalidad se refleja en la capacidad de liderazgo y seguimiento colectivo, y la diversidad en varianza de estilos corresponsabilizados. Esta comunidad es resiliente porque comparte liderazgos y consiente seguimientos, y porque los combina en equilibrio con diversidad de gentes afines en responsabilidad. La estadística descriptiva no es significativa: he cocinado unos 750 menús (2/día, como la media de una madre normal); barrido y fregado como un hombre normal (8000m2/año); jugado con niños como si fueran el mío; y tenido el mismo ocio y negocio que en cualquier otra ocasión. El cotidiano a gran escala puede parecer muy distinto pero en lo doméstico es igual. Parecemos distintas, somos iguales. El cambio sucede, y los sucesos por venir se anuncian por sus ecos. Respetar la diversidad, los pareceres y los ritmos de los sucesos es resiliencia social esencial.

Por otro lado, nos intercambiamos una media de 80 whatsapps grupales diarios y, extrapolando, otros 20 por barba entre a pares y a círculos internos; seguro que mínimo 500 en total; más otros 20 emails y 40 llamadas/día. Dependemos del dispositivo móvil. También nos juntamos y nos rondamos y sobremesamos y tocamos nuestras puertas para entrar y dejar información, bienes o cuidados. Hablamos mucho. Y formalizada en reunión, seguro que una al día de media. Hacemos seguimiento de impacto a través de actas, botellas y tareas. Y todo esto sin Community Manager (CM). Porque entre el gestor de red social virtual y el Facilitador de Proceso grupal real (FP) hay una diferencia determinante: un rol lo tenemos cubierto y el otro no. Pero así bienvivimos y no al revés (con CM pero sin FP). Para interceptar la virtud de lo virtual y deshacer el dualismo con lo real pienso que hoy es determinante presentar a ambos: “Hola, soy CM y sé organizar, objetivar y extrapolar los feedbacks para hacer efectiva la comunicación grupal”. “Encantada, yo me llamo FP y sé comprender, sostener e interpolar las emociones para hacer afectivo el proceso grupal”. “Cómo molas!”. “Jo, pues tú!”. “Do you wanna??”. “Come, let’s go”. Sin forzar, para que fecunden la Uni(Di)versidad de la Transición (ciclo virtuoso bidireccional y no-dualista entre lo virtual y lo real, el efecto y el afecto, la palabra y el significado vivo). Seguiría la conversación por aquí con el amigo transitado, transitivo, transgresor y transigente alejoetc.wordpress.com.

Supongo que no esperabas un anal comunitario tan sesudo y racional. Te puedo asegurar que el lado laxante surge espontáneo y normal. Un año de comunidad es más apropiado que este artículo para comprender y conciliar el interés que te ha hecho leer hasta el final. Regálatelo. Pide exced(l)encia, negocia, arriesga, toma lo tuyo; vive en comunidad un año al menos, no esperes más. El paradigma transita por aquí. Si quieres, asómate a arterrabizimodu.org. Gracias. A vivir! No esperes más!

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