Todos somos conejillos de Indias

toxicos en el hogar

Una epidemia oculta envenena EE.UU. Las toxinas están en el aire que respiramos y en el agua que bebemos, en los muros de nuestras casas y los muebles. No podemos escapar en nuestros coches. Están en las ciudades y los suburbios. Afligen a ricos y pobres, jóvenes y viejos. Y hay un motivo por el cual nunca se lee al respecto en el periódico o se ve un informe en las noticias por la noche: no tienen nombre ni antídoto.

El culpable de ese asesino silencioso es el plomo. Y el vinilo. Y el formaldehido. Y el asbesto. Y Bisfenol A. Y bifenilos policlorados (PCB). Y miles de innovaciones más, presentadas por las industrias que otrora nos prometieron “un mundo mejor gracias a la química” pero que en su lugar produjeron un caldo tóxico que ha convertido a cada estadounidense en un conejillo de Indias y ha convertido EE.UU. en un inmenso experimento antinatural.

Hoy todos somos sujetos del mayor conjunto de ensayos con drogas de todos los tiempos. Sin nuestro conocimiento o consentimiento estamos probando miles de productos y compuestos químicos sospechosos de toxicidad, así como nuevas sustancias cuya seguridad en gran parte no se ha demostrado y cuyos efectos en los seres humanos son casi desconocidos. Los propios Centros para el Control de Enfermedades (CDC) han comenzado a monitorear nuestros cuerpos en busca de 151 productos químicos potencialmente peligrosos, detallando la variedad de contaminantes que almacenamos en nuestros huesos, músculos, sangre y grasa. Ninguna de las compañías que introducen esos nuevos productos químicos se ha tomado la molestia de decirnos que formamos parte de su experimento. Ninguna de ellas se ha tomado la molestia de pedirnos que firmemos formularios de consentimiento o ha explicado que saben poco de los efectos secundarios a largo plazo de los productos químicos que han introducido en nuestro medio ambiente y en nuestros cuerpos. Tampoco tienen la menor idea de los efectos sinérgicos de la combinación de tantos nuevos productos químicos en un cuerpo humano en cantidades desconocidas.

 

Cómo entraron las toxinas industriales en los hogares estadounidenses

La historia de cómo se convirtieron los estadounidenses en sujetos de ensayo involuntarios comenzó hace más de un siglo. El personaje clave fue Alice Hamilton, la “madre” de la medicina ocupacional en EE.UU. quien comenzó a documentar la forma en que los trabajadores de fábricas de pinturas con pigmentos de plomo, productoras de baterías y minas de plomo estaban sufriendo terribles parálisis, temblores, convulsiones y muertes después de verse expuestos a polvo de plomo que flotaba en el aire, revistiendo sus bancos de trabajo y sus ropas.

Poco después, niños expuestos a pintura de plomo y polvo de plomo en sus casas también fueron declarados víctimas de esa letal neurotoxina. Muchos entraron en convulsiones y en coma después de gatear en pisos en los que se había asentado polvo de plomo provenientes de pinturas, por haber tocado juguetes pintados con plomo o por haber mordido cunas pintadas con plomo, repisas de ventanas, muebles y entarimados.

En lugar de ser sincera con el público, la industria del plomo a través de su grupo empresarial, la Asociación de Industrias del Plomo, comenzó una campaña de seis décadas para encubrir los horrendos efectos de su producto. Cuestionó a médicos que informaron a los departamentos de salud sobre niños envenenados con plomo, distrajo al público mediante anuncios que afirmaban que el uso del plomo era “seguro” y se opuso a la regulación de la industria por el gobierno local, todo al servicio de los beneficios obtenidos al colocar un veneno en la pintura, la gasolina, las instalaciones de plomería e incluso juguetes, pelotas de béisbol y equipos de pesca.

Como sucedió con Joe Camel en el caso del tabaco, así el pequeño Niño Holandés de National Lead Company se convirtió en un instrumento icónico de mercadeo para Dutch Boy Lead Paint, atrayendo a los estadounidenses para que llevaran un producto peligroso a las salas de juego de sus hijos, a las guarderías y a los juegos infantiles. La compañía también lanzó una inmensa campaña publicitaria que asoció el plomo con la salud en vez de con el peligro. Incluso produjo libros para colorear para niños, alentándolos a pintar sus habitaciones y sus muebles usando pintura basada en plomo.

Solo después de que miles de niños resultaran envenenados y de que en los años 60 grupos activistas como los Young Lords y los Black Panthers comenzaran a utilizar el envenenamiento con plomo como un símbolo de opresión racial y de clase, los profesionales de la salud pública y el gobierno empezaron a controlar a empresas de pinturas como Sherwin-Williams y Ethyl Corporation, que producían plomo tetraetilo, el aditivo de plomo en la gasolina. En 1971, el Congreso aprobó la Ley de Prevención del Envenenamiento con Pintura de Plomo que limitó el plomo en la pintura utilizada en las viviendas públicas. En 1978, la Comisión de Seguridad de Productos para el Consumo finalmente prohibió el plomo en todas las pinturas vendidas para uso del consumidor. Durante los años 80, la Agencia de Protección del Medio Ambiente emitió reglas que condujeron a la eliminación del plomo en la gasolina en 1995 (aunque todavía continúa en el combustible para la aviación).

Los CDC estiman que en millones de hogares de EE.UU. los niños todavía están expuestos a cantidades peligrosas de plomo de pintura vieja que produce polvo cada vez que se clava un clavo en una pared para colgar un cuadro, se instala un nuevo enchufe eléctrico o una familia renueva su cocina. Estiman que más de 500.000 niños de entre uno y cinco años tienen “elevados” niveles de plomo en su sangre. (Ningún nivel se considera seguro para los niños). Los estudios han vinculado la pérdida de puntos en el cociente de inteligencia, los desórdenes de déficit de atención, problemas de conducta, dislexia, e incluso posiblemente altas tasas de encarcelamiento con pequeñas cantidades de plomo en los cuerpos de los niños.

Por desgracia, cuando se creó el caldo químico de EE.UU. no se puede decir que la industria del plomo estuviera sola. El asbesto es otro ejemplo clásico de una toxina industrial que terminó formando parte de las casas y los cuerpos de la gente. Durante décadas, trabajadores en aislamientos, mecánicos para frenos, obreros de la construcción y muchos otros en cientos de oficios fueron víctimas de incapacitantes y letales enfermedades pulmonares de asbestosis o de cáncer pulmonar y del fatal cáncer llamado mesotelioma al aspirar polvo producido durante la instalación de calderas, aislamiento de tuberías, arreglo de coches con guarniciones de frenos de asbesto o la pulverización de asbesto sobre vigas. Una vez más, la industria supo temprano los peligros de su producto y trabajó asiduamente para encubrirlos.

A pesar de los crecientes conocimientos médicos sobre sus efectos (y los crecientes intentos de la industria por minimizar o suprimir dichos conocimientos), el asbesto se introdujo rápidamente en las casas estadounidenses y se incorporó a productos que iban desde los aislamientos para calderas y tuberías en los sótanos hasta las baldosas y masillas. Se utilizó para hacer paredes de asbesto cemento, tejas, tablas de planchar, guantes de cocina y calentadores de platos. Pronto un peligro del ámbito laboral se convirtió en una amenaza para todos los consumidores.

Actualmente, sin embargo, esas devastadoras toxinas industriales convertidas en domésticas, que destruyeron la salud y costaron la vida a cientos de miles de personas, parecen casi extrañas en comparación con el caldo de toxinas potenciales y reales que ingerimos regularmente en el aire que aspiramos, el agua que bebemos y los alimentos que comemos.

Una preocupación especial es una variedad de hidrocarburos clorados, incluido el DDT y otros pesticidas que se fumigaron libremente en todo el país, y a pesar de que se prohibieron hace décadas se han acumulado en los huesos, los cerebros y los tejidos grasos prácticamente de todos nosotros. Sus cercanos primos químicos cancerígenos, los bifenilos policlorados (PCB), se encontraban en innumerables productos domésticos y de consumo -como el papel carbón de copia, adhesivos, pinturas y equipos eléctricos– desde los años cincuenta hasta los setenta. Todavía estamos pagando el precio de esa bacanal industrial, ya que esos compuestos insípidos se han convertido en contaminantes permanentes del entorno natural y, como resultado, de todos nosotros.

El mayor experimento descontrolado en la historia

Mientras las casas antiguas con pintura de plomo y tejas de asbesto plantean riesgos, hay productos químicos más aterradores que amenazan en nuevas construcciones en el último mini auge de la construcción en EE.UU. Cada vez más nuestras casas se hacen con fibras ligeras y materiales sintéticos reforzados cuyos efectos en la salud humana nunca se han estudiado de forma adecuada, ni individualmente y menos todavía en las combinaciones a las que todos estamos sometidos en la actualidad.

El f ormaldehido, un producto químico incoloro utilizado en los depósitos de cadáveres como conservante, también se encuentra como fungicida, germicida y desinfectante por ejemplo en la madera contrachapada, madera comprimida, paneles de madera dura y en las “tablas de madera comprimida de mediana densidad” utilizadas comúnmente para los frentes de cajones y gabinetes o la parte superior de muebles. A medida que el material envejece, se evapora por la casa como un conocido vapor cancerígeno, que se acumula lentamente en nuestros cuerpos. El Instituto Nacional del Cáncer en los Institutos Nacionales de Salud sugiere que los propietarios de casas “que compran productos de madera prensada, incluyendo material de construcción, ebanistería, y muebles… deberían informarse del contenido de formaldehido de esos productos”.

Lo que hay dentro de nuestros nuevos muros podría ser aún más peligroso. Aunque los ignífugos utilizados comúnmente en sofás, sillas, alfombras, cortinas, productos para bebés, e incluso televisores, sonaban como una buena idea cuando se introdueron ampliamente en los años 70, ahora resulta que plantean peligros ocultos que comenzamos a comprender. Los investigadores han vinculado, por ejemplo, uno de los ignífugos más comunes, el éter difenil polibrominado, con una amplia variedad de efectos potencialmente indeseables para la salud, incluyendo enfermedades de la tiroides, problemas de la memoria y del aprendizaje, desarrollo mental y físico retardado, bajo cociente intelectual y el inicio temprano de la pubertad.

Otros ignífugos como el Tris (1,3-dicloro-2-propyl) fosfato se han relacionado con el cáncer. Como han documentado los CDC en un estudio continuado de la acumulación de materiales peligrosos en nuestros cuerpos, ahora se encuentran ignífugos en la sangre de “casi todos”.

Estos productos químicos en particular tampoco son excepcionales. Ocultos en el armario bajo el fregadero, por ejemplo, hay limpiacristales y antimanchas que contienen agentes cancerígenos conocidos o presuntos. Lo mismo se puede decir de los cosméticos de tu caja de maquillaje, de tu botella de plástico para el agua o de los envases de alimentos para el microondas. Hace poco se ha identificado el Bisfenol A (BPA), un químico sintético utilizado en una serie de productos plásticos, incluidas algunas mamaderas, adhesivos de epoxi, el forro de latas de atún, e incluso en recibos de tarjetas de crédito, como otra toxina común crecientemente encontrada dentro de todos nosotros.

Estudios recientes indican que sus efectos son tan variados como inquietantes. Como ha escrito Sarah Vogel del Fondo de Defensa del Medio Ambiente: “Una investigación reciente sobre la exposición a dosis muy bajas de BPA sugiere una asociación con efectos adversos para la salud, incluyendo cáncer de mama y de próstata, obesidad, problemas neuroconductuales y anormalidades reproductivas”.

El teflón, o ácido perfluorooctanoico, el revestimiento antiadherente resistente al calor que nos han vendido como imprescindible en las ollas y cacerolas, es uno más de la lista de sustancias que pueden estar envenenándonos sin que apenas nos demos cuenta. Además de permitir que los huevos fritos se deslicen directamente al plato, el teflón se encuentra dentro de todos nosotros, según el Consejo Consultor Científico de la Agencia de Protección del Medio Ambiente, y “probablemente es cancerígeno en los seres humanos”.

Estos materiales sintéticos son solo algunos de los miles que ahora están firmemente arraigados en nuestras vidas y nuestros cuerpos. La mayoría se han introducido en nuestro mundo y en nuestro aire, agua, casas y campos, sin que se hayan estudiado sus potenciales riesgos para la salud y sin prestar mucha atención a su forma de interactuar con los entornos en los que vivimos o con nuestros cuerpos. Los grupos que producen esas sustancias milagrosas –como las industrias petroquímica, plástica y de la goma que incluyen a grandes compañías como Exxon, Dow, y Monsanto– argumentan que, a menos que podamos probar definitivamente que los productos químicos que se filtran lentamente en nuestros cuerpos son peligrosos, no tenemos ningún “derecho”, y ellos no tienen ninguna obligación, de removerlos de nuestros hogares y sitios de trabajo. La idea de que deberían demostrar que sus productos son seguros antes de exponer a toda la población a ellos parece un concepto exótico.

En los años 20, la industria petrolera dio el mismo argumento con respecto al plomo como aditivo de la gasolina, a pesar de que ya se sabía que era una toxina peligrosa para los trabajadores. Portavoces de compañías como General Motors insistieron en que era un “regalo de Dios”, irremplazable y esencial para el progreso industrial y la vida moderna, tal como la industria del plomo argumentó durante décadas que el plomo era “esencial” para producir buenas pinturas que protegieran nuestras casas.

Como las industrias del petróleo, del plomo y del tabaco del Siglo XX, la industria química, a través del Consejo de la Química Estadounidense y de firmas de relaciones públicas como Hill & Knowlton, luchan con uñas y dientes para impedir la regulación y poner freno a legislación que las obligaría a ensayar los productos químicos antes de colocarlos en el medio ambiente. Mientras tanto, los estadounidenses siguen siendo conejillos de Indias en ensayos avanzados de cientos, si no miles, de productos químicos comúnmente utilizados y que en gran parte no se han probado. No cabe duda de que es el mayor experimento incontrolado de la historia.

Para comenzar a controlarlo se requerirían indudablemente grandes esfuerzos de la base para resistir a las corporaciones abusivas, políticos valerosos, miles de millones de dólares y excelentes investigadores. Pero antes de que se puedan emprender pasos serios, antes de que incluso podamos identificar esta epidemia, tenemos que tomar conciencia de que existe.

Un vertedero tóxico solía ser un lugar financiado especialmente o un sitio de eliminación de desechos nucleares. Sin embargo, cada día que pasa, todos y cada uno de nosotros somos vertederos tóxicos y no hay a la vista ningún financiamiento especial ni ningún plan de eliminación de las toxinas. Mientras tanto, somos “biopeligros” parlantes y ni siquiera lo sabemos.


David Rosner y Gerald Markowitz son coautores y coeditores de siete libros y 85 artículos sobre una variedad de peligros industriales y ocupacionales, incluyendo Deceit and Denial: The Deadly Politics of Industrial Pollution y recientemente: Lead Wars: The Politics of Science and the Fate of America’s Children, (University of California Press/Milbank, 2013). Rosner es profesor de historia en la Universidad de Columbia y codirector del Centro de Historia de la Salud Pública en la Escuela Mailman de Salud Pública de Columbia. Markowitz es profesor de historia en John Jay College y en Graduate Center, City University de Nueva York.
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

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