Principios de Swadeshi. Hacia una economía de permanencia

IndiaAquí estamos: más de dos siglos nos separan de la Revolución Industrial, en una especie de “tierra de nadie” económicamente hablando, que primero se dio en llamar post-capitalismo, para ser bautizada después como economía digital, o más modernamente ahora economía global.

Como quiera que se la dé en llamar, lo cierto es que el propósito de nuestra economía sigue siendo, como lo fue en los albores de la Revolución Industrial, maximizar el consumo como único medio para maximizar el bienestar individual y colectivo. Dicho en otras palabras: cuanto más consumimos, mejor va la economía. Pero es evidente que algo falla en este planteamiento, porque si cada vez somos más habitantes en el planeta y, para que exista bienestar individual y colectivo, todos tenemos que consumir más, o por lo menos lo mismo, una de dos: o los recursos son capaces de regenerarse a la misma velocidad que se consumen, o estamos sentados en una bomba de relojería.

Hoy más que nunca, las contradicciones de nuestra economía obligan a buscar nuevos modelos sostenibles, y en esa búsqueda, tal vez en Occidente deberíamos dejar de mirarnos el ombligo y aprender de otras civilizaciones. Un ejemplo de economía alternativa lo hallamos en el modelo que Mahatma Ghandi propugnó para una India libre del colonialismo británico: Swadeshi. Satish Kumar, director de Schumacher College y experto en el legado filosófico de Ghandi, define Swadeshi como una economía de permanencia, un concepto que encierra no sólo una profunda transformación económica, sino también política y social.

En nuestra moderna economía “global”, las sociedades se organizan en megalópolis cuyos habitantes se emplean en el sector de los servicios, en particular unos servicios que se articulan en torno a las ya archifamosas tecnologías de la información y las comunicaciones. Los individuos que hacen posible esta economía son, en su mayor parte, asalariados de segundos, y a veces hasta de terceros, como ocurre en la subcontratación. Alquilan su capacidad intelectual a empresas privadas o estatales para la provisión de unos servicios que con frecuencia son consumidos en cualquier otra parte del mundo. Son servicios “globales”. Pero lo cierto es que, en este modelo económico, los individuos tienen muy poca o ninguna autoridad sobre su trabajo, sobre los servicios que ayudan a generar. Desde el momento que son “empleados” por otros, no pueden decidir la forma en que se organiza su trabajo. Como tampoco pueden decidir la forma en que se cultivan los alimentos que consumen, la forma en que se confeccionan las ropas que llevan,  o la forma en que se construyen las viviendas donde residen. Dependen totalmente de la producción exterior para alimentarse, vestirse o resguardarse. La economía global conduce así a sociedades dependientes, que sólo saben consumir pero que son incapaces de fabricar nada, y por lo mismo, completamente vulnerables. En esta economía, los individuos cada vez tienen menos libertad para decidir sobre sus vidas. Ghandi fue el primero en percatarse de esto, en un tiempo en que las naciones cultas de occidente alababan los logros de la industrialización.