¡Somos Gaia! Unidos en un planeta vivo en crisis

Ojalá se pueda leer el nombre Gaia cada día más. ¿Pero de quién se trata, qué significa el concepto detrás de esta palabra? Gaia es en inglés el nombre de la diosa griega Gea. Más que una simple diosa, Gea contiene el todo. Gea es el planeta vivo. Según la mitología griega, el universo empezó en el Caos, desde el Caos surgió Gea y era ella que daba luz al mundo. El poeta Hesíodo (siglo VII A.C.) llamaba a Gea “la madre de todo”. Gea es el arquetipo femenino que da luz a la vida. Es un concepto tan antiguo como la conciencia humana. La Gaia de hoy, la Gea de la antigua Grecia y la Pachamama de América se refieren a la misma madre de todo.

Gaia: un hipótesis revolucionaria

Mucho del resurgimiento de Gaia en nuestro tiempo se debe al trabajo del científico inglés James Lovelock. Siguiendo el consejo de su amigo el escritor William Golding, autor de “El señor de las Moscas”, Lovelock eligió el nombre de Gaia para una hipótesis revolucionaria en los años setenta. Lovelock estaba trabajando para la NASA en uno de los primeros proyectos de investigación de Marte. Su trabajo era diseñar experimentos y aparatos para buscar vida en el planeta rojo. Analizando datos sobre las atmósferas de varios planetas, Lovelock se daba cuenta de que sólo la atmósfera de la tierra tiene un gran desequilibrio químico en la composición de gases como dióxido de carbono, nitrógeno y oxígeno.

Las atmósferas de los otros planetas están en un equilibrio químico con poco potencial de reaccionar y cambiar. Lovelock tenía la intuición de que quizá la vida misma es la causa de este desequilibrio, quizá existe una conexión íntima entre la vida y la tierra que mantiene las condiciones favorables para la continuación de la vida.

Gaia. James Lovelock

James Lovelock

Parece una buena hipótesis científica y, desde su primer pronunciación, se ha desarrollado una teoría con mucha evidencia a favor, pero la institución de la ciencia ha intentado desacreditarla muchas veces. Una teoría tan holística, que reúne la vida y la materia del mundo en una conexión íntima y cooperativa, no conviene con el intelecto frío de las ciencias. Este intelecto frío es el creador de un universo sin sentido que está en rumbo hacia la muerte de la entropía máxima.

La simbiosis y la cooperación

También, es creador de un mundo de materia muerta inhabitado por formas de vida que evolucionaron por casualidad genética, destinado a competir hasta su extinción en la lucha de la selección natural derivada de un Darwinismo malentendido. Aún nadie quiere negar la existencia de competición en la Naturaleza, sin embargo lo que reúne a los individuos como partes de un todo único, el planeta vivo, es la simbiosis y la cooperación. Las especies que sobreviven son las que saben adaptarse a la ecología de su hábitat, que saben colaborar con otras especies hacia conexiones simbióticas en el mantenimiento de la salud del ecosistema. Para sobrevivir hay que saber cómo participar de manera apropiada en los ciclos naturales que mantienen la salud de la biosfera entera, la salud de Gaia. La teoría Gaia ofrece unas lecciones muy importantes sobre estos ciclos naturales y la salud del planeta.

Una de las fechas claves para el nacimiento del movimiento ecologista en el mundo fue la publicación del libro “Primavera Silenciosa” de Rachel Carson, en 1962. Alertaba al mundo sobre la acumulación de residuos tóxicos en la tierra, el agua y el aire. Los datos químicos, que mostraban la presencia de estas sustancias químicas peligrosas, fueron recogidos con un instrumento ultra sensible desarrollado en 1957 por James Lovelock.

Rachel Carson

La capa de ozono

También fue Lovelock quien hizo los primeros experimentos mostrando la conexión entre la desaparición de la capa de ozono y los clorofluorocarbonos usados, por ejemplo, en la refrigeración. Su teoría Gaia, desarrollada en colaboración con la microbióloga Lynn Margulis, nos mostraba que los microbios juegan un papel importantísimo en el mantenimiento de los procesos de auto-regulación de los ciclos biológicos, químicos y geológicos, que mantienen la vida en la tierra.

La formación de la mayoría de las nubes, por ejemplo, depende de un gas emitido por algas unicelulares, las cocolitaforas. Las nubes reflejan una gran parte de la energía solar que llega a la tierra, ayudando así en la autoregulación de la temperatura de la atmósfera. Desde hace ya treinta años James Lovelock sigue avisándonos del peligro del calentamiento climático causado por el uso de combustibles fósiles, la causa principal del incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. Este gas y varios otros, emitidos por nuestras industrias y el ganado, producen el efecto invernadero.

El calor de este verano, los incendios y las inundaciones en muchos lugares del mundo son indicios de este cambio climático. Es cierto que no se trata sólo de un proceso de calentamiento de la atmósfera. Cada año de la última década experimentamos a escala mundial nuevos extremos de calor y frío, de huracanes, lluvias, sequías, inundaciones, nevadas y tormentas más fuertes. En vez de hablar de un ‘cambio climático’ quizá la palabra más apta sea ‘caos climático’. Nuestro uso irresponsable de la energía fósil y nuestras tecnologías derrochadoras y contaminadoras están amenazando el equilibrio dinámico de los sistemas de apoyo de la vida en el planeta. Gaia está enferma. La tierra tiene fiebre y es culpa nuestra.

La extinción

Estamos en medio de la fase de extinción más grande desde que desaparecieron los dinosaurios. Si queremos asegurar un futuro para la humanidad, tenemos que frenar la pérdida de biodiversidad. Estamos perdiendo, según estimaciones conservadoras, aproximadamente 120 especies cada día. La pena es que con cada una de estas especies perdemos, para siempre, el valor intrínseco que tienen todas formas de vida, su diversidad genética, sus calidades particulares, su manera de ser, y su papel importante en el equilibrio dinámico de su ecosistema.

La recuperación de un ecosistema después de cambios drásticos y su adaptación a estos cambios depende de su biodiversidad. Tenemos que entender que el equi- librio ecológico de Gaia y, por lo tanto, también nosotros mismos, dependemos de la biodiversidad. Si queremos minimizar los efectos del caos climático, que esta acercándose, tenemos que acabar rápidamente con el uso de energía fósil y crear nuevas tecnologías ecoeficientes, sin contaminación y con el uso de energías renovables. El camino hacia la sosteniblidad, la participación apropiada de la humanidad en los ciclos de auto-regulación de Gaia, es un camino de aprendizaje en que cada uno de nosotros tiene que colaborar con su comunidad.

La transformación de la civilización

Estoy hablando de nada menos que una transformación total de nuestra civilización, que se caracteriza por ser una sociedad derrochadora y últimamente auto-destructiva, convirtiéndola en una civilización en simbiosis y colaboración con la comunidad de la vida. Es un cambio enorme, sin precedentes en la historia de la humanidad. Vivimos en un tiempo muy especial, como nunca antes, el futuro de lo que es humano depende de nosotros. Cambios y transformaciones tan grandes sólo son posibles si están empujados por un cambio en la conciencia humana.

Más que una nueva teoría científi ca, el resurgimiento de Gaia es la vida misma despertando a la civilización moderna del sueño de un literalismo científico, que hace sentirnos separados de la Naturaleza. Desde el anima mundi, el alma del mundo, Gaia se despierta para que la humanidad vuelva a ser consciente de su conexión íntima con toda la comunidad de la vida. Si nos damos cuenta de que somos miembros, pero no somos dueños de esta comunidad, podemos empezar a aprender a participar apropiadamente en ella. Gaia nos ruega la participación apropiada en sus ciclos de auto-regulación que mantienen el equilibrio dinámico y la salud de la biosfera.

Junto con el nombre de Gaia resurge una lección muy importante del subconsciente colectivo de la humanidad: todo está fundamentalmente interrelacionado e interconectado. La separación entre la humanidad y la naturaleza, que percibimos gracias al dualismo dogmático de nuestra civilización de ciencia y tecnología, en realidad no existe. Como participantes en los procesos de la vida, somos partes integrantes de la Naturaleza y del universo entero. Por eso tenemos una cierta responsabilidad individual y colectiva de participar en el proceso de la sostenibilidad. Tenemos que integrar de nuevo las actividades humanas en los ciclos naturales de Gaia.


Este artículose publicó en el nº 4 de EcoHabitar, invierno de 2005.

bool(true)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *