Pueblo recuperado de Caraxó. Escuela de vida autosuficiente

DCF 1.0Okupas hace 13 años, hoy son propietarios de algunas de las 20 casas abandonadas que configuran el pueblo recuperado de Caraxó, situado en los profundos valles gallegos de Orense. Llegaron de la ciudad con lo puesto y se adaptaron a la dureza del alejado valle, resistiendo desde la trinchera ante las numerosas inclemencias y dificultades que allí les aguardaban. Más su empeño y firmeza les ha llevado a la madurez y al cambio, lo que les ha permitido disfrutar hoy de un proyecto que comienza a dar sus frutos gracias al aprendizaje de la agricultura y ganadería ecológicas y a la demanda de las cooperativas de ecoconsumidores gallegas.

Nos adentramos en el valle por carreteras cada vez más estrechas y alejadas de las poblaciones cercanas, hasta llegar por sendas forestales al pueblo recuperado de Caraxó. Allí nos espera Charo, pionera en la recuperación del pueblo y alma entregada a la  lucha de las causas menos comprendidas por el sistema. Nos recibe en el exterior, mientras coloca al sol las hortalizas ecológicas que prepara en cajas para llevar a la Cooperativa de Consumo Ecológico de Orense, Daiqui, que les compra toda la mercancía y les apoya para abrir su mercado.

20 tejados en ruinas

Charo nos recibe sonriente, es una mujer joven y llena de energía, luchadora, maneja bien su discurso  y se entrega a todo aquello que siente la necesidad de impulsar. Le pregunto por los inicios del proyecto y arranca la conversación entre risas, como si el recordar le hiciese cosquillas en el alma: “llegamos en el año 1993, éramos 3 personas que nos dedicábamos a la artesanía y a la música. Teníamos una lista de unos 200 pueblos abandonados de Galicia e íbamos recorriéndolos. Al llegar aquí tuve un flash, a pesar de que este era de los pueblos abandonados que peor estaban; tenía entonces 23 años”.

Entre los 20 tejados en ruinas que conforman el pueblo, eligieron la casa que aún no se había caído para vivir, y desde ese núcleo comenzaron a trabajar. “Okupamos esta casa que era la que mejor estaba, éramos 3 personas y durante los primeros meses no vimos a nadie acercarse al pueblo. Cuando  ya llevábamos unos 9 meses, comenzaron a aparecer los antiguos moradores picados por la curiosidad de que estaba pasando con su propiedad”.  

El pueblo de Caraxó había sido abandonado hacía 50 años, pues cuando FENOSA llevó la luz al Valle, Caraxó continuó a oscuras. Así que el progreso atrajo a los lugareños hacia las zonas donde pasaba el tendido y edificaron el pueblo de Sotelo. Un último aldeano resistió solo durante años en Caraxó, apodado “el santo”, pero la vejez y sus impedimentos le sacaron definitivamente de la aldea.

“Empezaron a venir a vernos, nos movíamos sin coche, a dedo, no nos paraban –recuerda Charo- pero al vernos tan a menudo, enviaron a “el santo”, así llaman al último lugareño, para saber quiénes éramos y a qué nos dedicábamos. Se hizo nuestro amigo y nos orientó sobre los caminos, los antiguos canales del agua, la manera de calentar la leña, de recogerla, de aprovechar los recursos que él tan bien conocía… Se hizo amigo. Luego llegó más gente hasta formar un grupo de 7 personas”.

 

 

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