Nuestra propia investidura

No tanto predicar contra la contaminación, sino intentar que nuestros días discurran con la menor huella ecológica posible. No tanto criticar esta  civilización tan individualista y materialista, sino comenzar a cocrear, en la medida de nuestras posibilidades, enclaves compartidos, responsables. Las ecoaldeas, los asentamientos comunitarios y sostenibles aumentan el sentimiento de adhesión a una comunidad global y son capaces de imbuir en nuestro interior algo de ese propósito superior.

 La vida es una constante llamada al compromiso, pero la vida amenazada redobla si cabe esa necesidad de abrazar responsabilidades. Al XIX Encuentro ibérico de Ecoaldeas vinieron de toda la península, también de comunidades y ecoaldeas de Europa y América. Se acercaron con sus testimonios inspiradores, con su variado bagaje de experiencias prácticas, con su corazón henchido de cercanas alboradas. La cita era en la comunidad de “Amalurra” en Arzentales en la comarca vizcaína de las Encartaciones, en los últimos días de Agosto. El objetivo, arrojar miradas juntos al mañana, intercambiar información, alentar nuevas y prometedoras realidades… Más allá de todo ello, seguramente lo más necesario afianzar nuestro sentimiento de pertenencia a un movimiento global, acogedor, integrador y tan cargado de esperanza.

 Nos congregamos casi cuatrocientas personas persuadidas de que el otro mundo no es sólo posible, sino que aquí y ahora lo estamos ya construyendo. El ancho movimiento de las ecoaldeas está por doquier ganando reconocimiento como ejemplo de sostenibilidad práctica, sin embargo la noticia apenas arañó un reducido espacio en los medios de comunicación locales. Seguimos más preocupados por lo que se derrumba que por lo que emerge, por lo que tiene los días contados, que por lo que manifiesta señales indelebles de futuro.

 Varios centenares de neorrurales, soñadores, ecoaldeanos, agentes comunitarios…, compartiendo experiencias y visiones no acaba de ser noticia en los grandes medios. Bioconstrucción, energías alternativas, naturismo, permacultura, procesos grupales, “arte de compartir”, nuevas formas de democracia horizontal…, no terminan de ser temas serios que atraen la atención de los consejos de redacción. ¿Cómo hacer más sonoro el eco de aquellas palabras, de aquellos cantos, cómo hacer para dar a conocer que un nuevo mundo está ya surgiendo, lejos de la pancarta, del estruendo, de las investiduras más o menos fallidas?

 Fueron cuatro días intensos. Cantamos, danzamos, celebramos, conspiramos… El “aurresku” y su ceremonia de despedida nos cogieron con la palabra aún en los labios, palabra a medio camino entre la realidad y la utopía, entre los cimientos y la primera balconada de balas de paja. La Red Ibérica de Ecoaldeas (rie.ecovillage.org) es un movimiento ya maduro, coordinado a su vez con la Red europea y con la Red planetaria. El GEN (Global Ecovilage Network) nació en el año 1995 y está presente en los cinco continentes. Cuenta con un importante historial y bagaje experimental y tiene rango de organismo consultivo en la ONU. Su razón de ser es el apoyo y fomento de la evolución de los asentamientos sostenibles en todo el mundo. Tal como reza en su página oficial (gen.ecovillage.org): “Entre los miembros de la Red se incluyen grandes redes como: Sarvodaya (2.000 aldeas activos sostenibles en Sri Lanka), la Federación de Damanhur en Italia y Nimbin en Australia, pequeños ecoaldeas rurales como Gaia Asociación en Argentina y Huehuecoyotl, México, los proyectos de rejuvenecimiento urbanos como Los Angeles ecoaldea y Christiania en Copenhague, sitios de diseño de permacultura, como Crystal Waters, Australia, Cochabamba, Bolivia Barus, Brasil, centros educativos como Findhorn en Escocia, centro de tecnología alternativa en Gales, Earthlands en Massachusetts, entre otros…”

Resta seguramente convencernos de que nos habíamos distraído en exceso con teatros políticos e investiduras, que por lo demás no terminaban de llegar; que lo que restaba era la investidura de nosotros mismos como auténticos generadores de transformaciones, no precisamente en los escenarios palaciegos donde se concentran los focos, sino en los más discretos y alejados de los media, donde se mide nuestro anhelo solidario, nuestra fuerza de voluntad y creatividad. Hablar del nuevo mundo o hacer el nuevo mundo; en realidad he ahí la disyuntiva clave en la que nos hallamos las gentes inquietas, los servidores de todas las latitudes. Pegados al televisor, a la “teleserie” interminable de la confrontación política, a la disputada investidura o pegados a la Madre Tierra e “investirla” de todo nuestro amor, nuestra ternura y compromiso. El otro mundo sostenible, justo, solidario, comunitario…, puede ser motivo de conversación o puede ser eje de nuestras vidas. Puede estar en medio de nuestras tertulias de café o puede situarse como razón de vida.  La Tierra no puede esperar mucho más y en algún momento habremos de responder a esta cuestión impostergable.

En “Amalurra” dijimos que sí, que era ya la hora de apagar el televisor, de no esperar ya más a que las soluciones vengan de fuera; que era preciso tornar nosotros/as en auténticos agentes de transformación, sobre todo en exponentes, en testimonio de que la nueva relación de amor con la Tierra, las correctas relaciones entre los humanos son posibles aquí y ahora. Entre las verdes colinas de las otrora castigadas Encartaciones, hicimos un  ancho círculo y nos miramos a los ojos. En silencio nos  dijimos que ya no había nada que esperar, que el tiempo era llegado y los medios, las herramientas habían acudido a nuestras manos. Elevamos un canto, balbuceamos un rezo y formulamos nuevos códigos de funcionamiento horizontal y participativo. Después sólo restaba distribuirnos los mapas, las  geografías, las tareas… No juramos sobre leyes pasajeras, encendimos un fuego sagrado y sellamos alianzas más allá del tiempo.

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