Los elementos químicos cotidianos multiplican el riesgo de que los niños padezcan en el futuro cáncer

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El entorno cotidiano en el que nos movemos supone un riesgo para mujeres embarazadas y niños debido a la gran cantidad de elementos químicos  tóxicos que puede haber en los hogares medios españoles.  A nadie se le pasaría por la cabeza que el aire de una casa pueda estar más contaminado que una céntrica calle de una gran ciudad y, sin embargo, así es. Productos de limpieza, pinturas, materiales sintéticos… todos ellos pueden desprender sustancias químicas que, unidos a los tóxicos que ingerimos a través de la comida o que nos penetran por la piel a través de los productos de aseo,  generan un efecto cóctel muy peligroso para la salud, especialmente de bebés en gestación y niños que son más sensibles a niveles bajos de algunos contaminantes.  Para informar a la población de todos estos elementos invisibles que tanto perjudican y ofrecer alternativas, la Fundación Vivo Sano acaba de publicar el libro ‘Hogar sin tóxicos’, de Carlos de Prada, un paso más de la campaña Hogar sin tóxicos para que la ciudadanía cuente con una guía de consulta fácil y completa sobre la seguridad de los productos cotidianos.

Diferentes estudios presentados a lo largo del tiempo llevados a cabo por investigadores españoles y extranjeros muestran que prácticamente toda la población tiene en su organismo infinidad de compuestos que pueden ser tóxicos. Estos elementos proceden de químicos (miles) que se añaden a productos de todo tipo para mejorar sus propiedades: conservación, olor, moldeabilidad, textura, mayor resistencia al fuego, propiedades antimanchas o hidrófugas…  son sustancias que, aunque sus nombres no suenan a la mayoría de la gente, es un hecho que todos tenemos ya en nuestros cuerpos en mayor o menor medida: ftalatos, bisfenol A, retardantes de llama, compuestos perfluorados…

Alfredo Suárez, director de la Fundación Vivo Sano, apela a la propia responsabilidad para tomar conciencia de esta realidad. “No hay que caer en la  falsa creencia de que lo que está en el mercado sólo por el hecho de ser legal, es seguro, puesto que la mayoría de las veces las sustancias químicas se han medido en solitario (no en combinación con otras, como de hecho suelen estar) y evaluando su peligrosidad en adultos, y no tanto en niños, ancianos o incluso mujeres gestantes, que son los más vulnerables a todos estos efectos, ni considerando el efecto cóctel que se produce al mezclarse con otras sustancias”, argumenta.

 

La pista del tóxico

“Si pudiéramos seguir la pista de un elemento químico que esté en el aire tras emanarse por ejemplo de un producto de limpieza, veríamos cómo en el ambiente se mezcla con otros elementos puede convertirse en otra cosa, y de nuevo cuando respiramos y llega a nuestro interior, sufre otra serie de transformaciones y puede convertirse en otra sustancia diferente. No somos muchas veces conscientes de la complejidad de la química que puede haber en un hogar y que puede pasar a nuestros cuerpos por diferentes vías”, sostiene Carlos de Prada.

Los ambientadores, los productos de limpieza, las pinturas, los plásticos, los aparatos eléctricos o electrónicos, los insecticidas domésticos, las maderas tratadas con productos químicos, y otras muchas cosas, pueden contribuir a llenar el ambiente del hogar con sustancias preocupantes, sea con compuestos volátiles (gaseosos) como sustancias presentes en el polvo doméstico y que podemos inhalar.

A veces medidas sencillas como una buena ventilación pueden ayudar a reducir la presencia de algunas de estas sustancias en el aire que respiramos en casa. La gente a veces piensa que si ventilamos está entrando más porquería de la calle, en lugar de limpiar el ambiente, y es justamente al revés. Además se pueden adoptar otras medidas como optar por productos alternativos a la hora de realizar la limpieza, pintar, eliminar insectos etc. E incluso hay plantas que absorben algunos contaminantes, subraya.

 

Disminuir la exposición

“Los hogares modernos pueden tener varios focos de toxicidad por la presencia de materiales y productos sintéticos, que desprenden tóxicos químicos. No se repara en que el PVC puede desprender ftalatos (que a veces integran un 30% de su peso) o que una madera conglomerada puede hacerlo con formaldehido, un gas que puede ser irritante e incluso favorecer el cáncer. Sin alarmarse más allá de un punto, es evidente que hay que estar informado y que hay que adoptar medidas para reducir la presencia de sustancias preocupantes”, dice Carlos de Prada.

“El consumidor puede sentir una gran impotencia porque parte de la formulación de los productos queda oculta bajo lo que se denomina el secreto comercial, con lo cual no se sabe exactamente qué es lo que contiene lo que estamos comprando”, dice Carlos de Prada. Pone como ejemplo el ingrediente “fragancia”, que nunca se detalla, y que puede referirse a más de 3.000 sustancias diferentes, muchas de las cuales pueden ser perjudiciales en mayor o menor medida. “Sin embargo, el no querer ser conscientes de esta realidad no mejora nada, muy al contrario, elimina las posibilidades de remediarla”, asegura el autor de Hogar sin tóxicos.

«La táctica de avestruz no sirve aquí. Aunque mucha gente diga eso de “mejor no saberlo”, se equivocan. Es mejor saberlo y, con la cabeza fría, actuar para reducir la presencia de contaminantes en nuestro entorno más inmediato”, añade.

La comida también supone una fuente de exposición a químicos como los pesticidas, o en el caso de los pescados, a metales pesados como el mercurio. “Aunque esta situación pueda abrumarnos y nos parezca imposible de abordar, la realidad es que pequeños gestos pueden conseguir grandes resultados. El objetivo es disminuir la exposición”, concluye Alfredo Suárez.

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