El “no muy saludable” lado de la modernidad

La vida cada vez más artificial que llevamos, consecuencia de la necesidad de tener actividades encadenadas al compás del tiempo, nos conduce a llenarnos de artefactos electrónicos. Relojes con batería y teléfonos móviles son artefactos “necesarios” e “indispensables” para el “Homo Tecnologicus”actual. Sin embargo, surge una gran incógnita: ¿Será posible que estos artefactos tengan un impacto en nuestra salud?

Las células del cuerpo humano están previstas para funcionar como un ente eléctrico que trabaja en un campo magnético de baja amplitud (el de la Tierra), e interactúan constantemente con diversas fuentes electromagnéticas naturales. No obstante, nuestra civilización (cada vez más tecnológica) se ve también inmersa en un universo de fuerzas electro-magnéticas artificiales invisibles de una intensidad nunca antes vista hasta ahora. Estos campos eléctricos, magnéticos y/o electromagnéticos, a pesar de ser producidos por artefactos “externos” a nosotros ¿podrían interferir con nuestras actividades biológicas internas?

Existen muchas investigaciones científicas acerca de los impactos celulares de esta nueva forma de contaminación: el electrosmog. En efecto, las fuerzas electromagnéticas repercuten sobre varios sistemas fisiológicos: así se puede observar, clínicamente (y con mayor frecuencia en la población actual) un incremento de síntomas como cefalea (70%), dificultad de concentración (56%), trastornos del sueño, astenia, mareo (20%) y hasta infertilidad, gran parte de ellos relacionados estadísticamente con el uso de las nuevas tecnologías.

Sin embargo, estas pruebas científicas sólo muestran las lesiones celulares, es decir orgánicas resultantes, siendo que éstas constituyen la etapa final de la interacción entre dos mundos: el orgánico versus el invisible. En ese campo de observación, la biofísica ofrece herramientas de medición para evaluar cuán importante puede ser ese trastorno progresivo e irreversible del frágil equilibrio dinámico de la vida.

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