EH 54. Editorial

Seguiremos insistiendo, pase lo que pase, en la necesidad de que cada persona tenga una vivienda digna y asequible y que para ello hay que diseñar, construir y rehabilitar hábitats saludables y con la mínima huella ecológica; algo que la industria convencional y las administraciones han pasado por alto, primando los intereses económicos por encima de todo.

Vivimos en una sociedad injusta que no duda en acusar de “enemigos de la ciencia”, “ecotalibanes”, “jipis retrógrados” y otros muchos apelativos, a aquellos que pedimos algo de sentido común y que los avances de la tecnología, de la ciencia y de la industria se utilicen aplicando el principio de precaución y no escatimando medios para demostrar la inocuidad de los productos y materiales que vamos a utilizar en nuestro entorno.

Por desgracia parece que nada hemos aprendido en todo este tiempo y la humanidad sigue tropezando con la misma piedra una y otra vez. La historia se repite y parece un déjà vu, un volver a empezar que ya cansa.

¿Cómo es posible que en este país no se aplique ninguna normativa para evitar que el radón entre en nuestras casas? Es incomprensible e inadmisible que la administración no haya aplicado las recomendaciones dadas en 1990 por la UE para incorporar medidas de protección. No se entiende que el Código Técnico de la Edificación no incorpore normas y medidas para evitarlo, como tampoco se entiende que la mayoría de los arquitectos no tengan ni idea de qué es eso del radón. En nuestro país más de 1500 personas mueren al año debido a este gas invisible e inodoro que se acumula principalmente en los sótanos de nuestras casas. Según la OMS1 es la segunda causa de muerte por cáncer de pulmón después del tabaco.

Seguiremos luchando contra la presión de las corporaciones sin escrúpulos, el “si no pasa nada”, la idea que arguyen los “talibanes” de la ciencia de que el progreso tiene sus daños colaterales y la inoperancia de las administraciones. Seguiremos denunciando las prácticas que atentan contra la vida humana, contra el medio ambiente y que se apoyan en la ignorancia. Seguiremos proponiendo soluciones y maneras de hacer las cosas de otra forma. Seguiremos exponiendo que la economía sin la ecología y la ética es inútil.

1.- En el año 1988 la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), que está integrada en la OMS, clasificó el radón como cancerígeno humano del grupo 1. Ver artículo en la página 28.

 

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Al sur del idealismo: la búsqueda de la autosuficiencia en La Alpujarra

Un ejemplo de vida sencilla, bioconstrucción y que apuesta por la sostenibilidad protagonizado por el escritor Chris Stewart y su familia que se instalaron en un cortijo de Las Alpujarras hace 18 años.

El ritmo enloquecido de vida que la mayor parte de las personas lleva no es impedimento para que otras muchas se planteen un cambio. Parar la máquina para disfrutar de nosotros mismos y de nuestro entorno. Intentar abandonar una existencia basada en la producción-consumo de objetos y apostar por el disfrute de la vida con sencillez. El valor de las cosas sencillas: Deleitarse con el sabor de una tostada de pan con aceite de cultivo propio o de limoneros que ofrecen su lustroso fruto durante todo el año o de la compañía de algún viajero soñador que te admira por ser tú mismo o de las ventajas de no ser esclavo del despertador. Numerosas personas han deseado o desean llevar una vida de contacto con la naturaleza; de coherencia humana, animal, tal vez, por qué no. Encontrarle un sentido al difícil arte de vivir. Esta es la historia de algunas que lo consiguen.

Entre los afilados cortados de un valle de Las Alpujarras (Granada), concretamente el que la naturaleza ha decidido formar con los ríos Trevélez y Cádiar, en el municipio de Órgiva viven de un modo sencillo personas que un día decidieron huir de cierto concepto del mundo, que no de sí mismos. Allí en lo que hace 18 años era, con todos mis respetos, un secarral del que surgían unas ruinas, entre esparto y pitas, residen Chris Stewart, Annie -su mujer- y Chlöe -la hija de ambos-. Chris y Annie, son británicos y ya casi no recuerdan qué les trajo a éstas tierras. ¿La llamada del libro de su compatriota Gerald Brenan Al sur de Granada? “Entre otras cosas, sí. Pero Brenan era un intelectual y yo no llego a tanto”, explica Stewart, que además de tener como profesión el dedicarse a vivir con la mayor libertad posible es escritor. Y a fe que no lo hace nada mal, como lo demuestra su libro Entre limones (ver recuadro).

Chris quizá no sea un intelectual pero sí es una persona acostumbrada a caminar por la vida de acuerdo con sus ideales. El hombre iba para músico y ha acabado siendo uno de los mejores escritores sobre las costumbres populares que hay en nuestro país. La carrera de músico no la comenzó mal, tampoco. O según se mire, porque fue batería de Genesis antes de Phil Collins (en los dos primeros singles) pero le echaron de la banda, aunque eso nos aleja de nuestra historia.

Chris y Annie llegaron a El Valero, así se llama su cortijo alpujarreño, en 1988. La morada se encuentra retirada del pueblo. Muy retirada. Tras cinco kilómetros de un estrecho carril de asfalto que sale de Órgiva paralelo al río Guadalfeo es necesario transitar alrededor de siete kilómetros por una escarpada pista de tierra a prueba de vértigo. Poco antes de llegar a la finca se atraviesa el río Cádiar, que puede dar un susto al que lo haga en todoterreno (mejor no intentarlo con otro tipo de vehículo) sobre todo en la época de lluvias en que ha llegado a derribar la pasarela que lo hace accesible a pié.

Foto: Óscar Rivilla

Autosuficiencia alpujarreña

El Valero es una finca de considerable extensión, 70 hectáreas, aunque muy empinadas y la mayor parte de secano, y cuando decimos de secano, decimos apenas aprovechables por las ovejas de Chris, que cada mañana y sin la necesidad de que alguien las oriente trepan hasta las cimas en busca de pastos para regresar al mediodía al cobijo de sombra cortijera. Las hectáreas habitables, en las que la familia hace vida, son dos y media. Como todo típico cortijo alpujarreño está compuesto por varias estancias. La vivienda de Chris y su familia tiene unos 120 metros cuadrados y está compuesta por varios departamentos rehabilitados. Está en perenne construcción pues el trabajo lo han realizado ellos con la ayuda de diversas amistades. Hay otro apartado del que, con los necesarios arreglos, podría obtenerse otra vivienda de similares dimensiones.

El Valero tiene una excepcional orientación suroeste lo que lo hace muy luminoso. Además, “la construcción original puede tener unos 500 años aunque se haya reconstruido encima de la  misma en numerosas ocasiones. Seguramente sea de la época en la que los árabes poblaban éstas tierras y eso se nota, por ejemplo, en la buena situación de la vivienda para captar las brisas que refrescan las estancias”, nos cuenta el propietario. “Quienes eligieron éste lugar tenían genio y las vistas… no nos hemos cansado en 18 años de ellas; esto es muy importante para el alma humana”, confiesa el inglés.

Desde que Chris y Annie decidieron instalarse en El Valero una de sus premisas filosóficas fue vivir de una manera sencilla intentando causar el menor impacto ambiental posible: “Hemos conseguido la autosuficiencia energética y la alimentaria en un 70%. Gracias a ello nuestra huella ecológica es muy baja, quizá el punto negro de la misma es el todoterreno”, argumenta Annie, una mujer de vivaces ojos azules, muy delgada y que siempre exhibe una rotunda sonrisa. En efecto, al vivir a 12 kilómetros del pueblo están obligados a disponer de un vehículo cuatro por cuatro o mejor dicho de dos; en invierno, cuando el río crece, hasta ser imposible vadearlo en automóvil, un coche se deja en la otra orilla y se atraviesa por una pasarela a pie para conducirlo.

Como describo la vida simple para esta familia es una cuestión de principios: lo importante es que casi cualquier persona puede vivir de este modo, con un gran grado de libertad, con una economía sencilla basada en la reducción de sus necesidades vitales y en contacto con el entorno natural. La fuente energética básica de la finca es solar fotovoltaica –sol no falta en estas latitudes- que se acompaña cuando no luce el astro rey con un grupo electrógeno, “cuyo uso no llega ni a los diez días anuales”, comenta Stewart. En total, la potencia instalada ronda los 1.100 watios. Lo suficiente para encender las bombillas -de bajo consumo-, la nevera “congelador no tenemos, esa será nuestra próxima gran adquisición para facilitarnos la existencia”, indica Chris, un aparato de música, un ordenador portátil y un video “aunque éste de poco nos sirve porque no tenemos televisión”, admite el escritor complaciente. La calefacción –en invierno la temperatura no baja de 5º C- consiste en chimenea y estufas de biomasa. Cocinan con bombonas de butano.

Foto: Óscar Rivilla

Arquitectura de la tierra

La arquitectura popular suele ser espartana, por lo general, pero en La Alpujarra granadina -también la hay almeriense, pero esa no la conozco lo suficiente- lo es más, si cabe. Los cortijos como el que describo no suelen ser de grandes dimensiones, ni mucho menos, aunque sí están conformados por numerosas estancias, “en el nuestro sabemos por el anterior dueño, el que nos lo vendió, que vivían al menos tres familias”, nos cuenta Chris. El cortijo típico alpujarreño es muy cuadrado, con techos relativamente bajos, tejados completamente planos –llueve poco por estos pagos- y con muros que poseen entre 60 centímetros y un metro de espesor; un diseño muy adecuado para resistir los embates del sofocante calor veraniego y soportar de buen grado los rigores del invierno que, como ya hemos comentado no son para tanto. A las cuatro de la tarde de un caluroso día de finale de junio pudimos comprobar in situ la bonanza de este tipo de muros y la buena orientación de la vivienda para recoger las brisas, dentro de la estancia en la que nos alojamos los invitados, el ambiente era incluso fresco. Los muros de las casas alpujarreñas, y El Valero no es una excepción, suelen estar construidos con piedra y launa, la arcilla aceitosa característica de esta comarca -El Valero tiene una veta a pocos metros de sus muros- que posee enormes propiedades constructivas, aunque según el dueño de la casa “también es muy trabajosa”. Los tejados son prácticamente planos y de abajo a arriba llevan las siguientes capas: troncos de madera de castaño, álamo o chopo; cañizo atado con guita de esparto (la guita original es de cáñamo pero en esta zona se hace con el abundantísimo esparto); una capa de cartón, retama, adelfas secas o gayomba; por último pizarra y launa. Ésta última, de color muy similar al del cemento, es muy dúctil y porosa, para Chris, demasiado, pues le obliga a que casi una vez al año deba rastrillarla y repararla, por lo que ha optado por usar cemento en las estancias habitables y tiene pensado hacerlo, si nadie le ofrece otras alternativas, en las que le queda por rehabilitar. No es tontería lo de rastrillar la launa ya que si ésta se apelmaza y cala el agua las vigas de madera pueden podrirse y con el tiempo caerse encima de quien se encuentre en el habitáculo.

Para el revoco interno de las paredes, en ocasiones se ha utilizado yeso y las pinturas son naturales, sin añadidos químicos. No utilizan barnices, pese a la abundancia de madera, pero han tratado ésta con aceite de linaza.

Una de las cosas que llama la atención del cortijo es la práctica ausencia de aristas en su diseño; predominan las líneas curvas y uno de los elementos más originales del mismo es la despensa, también realizada por Chris y uno de sus amigos ingenieros. Tiene forma de bóveda y cumple bien su papel de fresquera, además de ofrecer unas cualidades sonoras muy “refrescantes”, por aquello de las propiedades del silencio. Podía haberse mejorado eligiendo semienterrarla en un lugar fresco que dé al norte pero lo cierto es que cumple su función. Chris ha vuelto a repetir el capricho abovedado con un nuevo baño familiar que está construyendo con balas de paja, ventanas de botellas de vidrio de reciclaje y un tejado de cúpula para lograr ese clima de relajación, por si no tenían suficiente relax en El Valero, digo.

Foto: Óscar Rivilla

La relación con el agua

La Alpujarra es una tierra de contrastes. Ubicada en la cara sur del macizo de Sierra Nevada tiene un índice de pluviosidad bajo pese a que cuando visitamos el cortijo de nuestros protagonistas a finales de junio, todavía podían verse en las cumbres serranas algunos neveros, pese a que este año las nevadas no se han prodigado. No obstante la altura máxima de Sierra Nevada es el pico Mulhacén, con casi 3.500 metros de altitud. El agua, por tanto, no es escasa merced a los neveros de la sierra pero “el cambio climático se está dejando notar porque cada año llueve mucho menos y hace más calor. Esto lo notamos especialmente en el huerto”, explica Annie, la encargada de las labores hortícolas de la casa. A estos problemas hay que añadir que en la costa granadina, a no muchos kilómetros en línea recta de la falda de Las Alpujarras no paran de construir urbanizaciones y campos de golf que chupan literalmente el agua de las comarcas montañesas.

El agua y el uso racional de la misma, ha marcado la existencia de Chris, Annie y Chlöe desde que se instalaron en Órgiva, no obstante el cortijo se encuentra en un tajo entre dos ríos, uno de los cuales, el Trevélez mantiene su cauce todo el año. Cuando la pareja inglesa se instaló en su nueva residencia, por llamarla de alguna manera, ésta no tenía ni luz ni agua, ni todo lo demás. El agua que abastece a los siete cortijos habitados del valle la toman de un colector que hay arriba en la montaña. No pagan por el agua en sí, pero deben hacerse cargo del mantenimiento de la instalación y de tener siempre limpias las acequias que distribuyen el líquido elemento.

En la vivienda, las aguas se separan tras su uso. Las negras van a parar a una fosa séptica en la que los residuos se descomponen de manera biológica. Las grises se reutilizan en el riego de huertos y jardines. Por ello, el jabón líquido que utilizan para lavar los platos por ejemplo, es ecológico. Se trata de intentar no contaminar esas aguas que luego alimentarán las verduras que han de comerse. A veces, la cuestión del agua es un asunto de escala. Una gran infraestructura puede ser antiecológica e inhumana y la misma a escala humana puede resultar beneficiosa. Al menos así se desprende de la anécdota que nos contaba Chris una tarde, mientras admirábamos la puesta de sol tras los afilados cerros que rodean el cortijo: “allí, –nos dijo señalando un pequeño embalse que hay situado en la confluencia de los ríos que rodean la vivienda- querían levantar una presa de 50 metros. Arreciaron las protestas y se construyó de 15. Pasamos de la práctica desaparición de nuestras casas a esta bendición”, comenta el inglés refiriéndose entre otras cosas al nuevo ecosistema creado. Aunque uno que es muy crítico, piensa si esto no fomentará que más ríos sean cortados por el hormigón armado acabando con sus ecosistemas originales.

Foto: Óscar Rivilla

Piscina integrada

Hablando de ecosistemas acuáticos y del uso racional del líquido elemento, uno de los puntos más llamativos de El Valero es la piscina, que tiene toda una historia. La casi obsesión familiar por relacionarse respetuosamente con el agua les ha llevado a llevar a cabo un gran proyecto de baño -el clima permite utilizar la piscina seis meses al año- con un tratamiento ecológico y cíclico del agua y del proceso. La sencilla complejidad del mismo y el gusto por el detalle ha producido que se les vaya de presupuesto, pero con ciertos ajustes, este proyecto puede desarrollarse en piscinas de gran tamaño. Esto puede ser muy interesante para los ayuntamientos a la hora de transformar sus actuales piscinas en ecológicas.

La energía que mueve todo el proceso de depuración de la piscina es solar. Entre sus olivos y naranjos Chris Stewart posee un panel solar capaz de autodirigirse en busca de la mejor colocación para recibir la mayor cantidad de rayos solares. Una maravilla de la técnica. El vaso de la piscina es de generoso tamaño y de diseño ovalado, sin  aristas. Está pensado de tal manera que constantemente el agua supura por los bordes y se dirige a un estanque donde plantas acuáticas con especiales propiedades depurativas hacen lo propio con el líquido elemento. De ahí pasa prácticamente limpia a un pozo en el que una noria, diseñada ex profeso por un técnico amigo de los dueños de la casa, alza el agua hasta un depósito también artesano con forma de alambique, en cuyo interior hay un filtro de arena que termina de dejar el agua impecable para que siga su camino natural hasta el vaso de la piscina. Este proceso se realiza unas ocho horas diarias durante los seis meses propicios para el chapuzón. Llama la atención la sobriedad del proyecto, el cuidado de cada detalle para evitar contaminar el agua y reciclar constantemente la misma. Todo ello con emisión 0 de CO2, que se dice ahora.

Foto: Óscar Rivilla

Simple felicidad

Con cinco gatos, dos perros y un loro que, como el propio Stewart reconoce, sólo tiene ojos para Annie, a la que sigue a todas partes, a todas. Esos son los habitantes de El Valero, los reconocidos, claro. Luego están los jabalíes que la noche anterior husmearon en el huerto o la culebra que a la mañana siguiente se coló en la piscina, así de natural es la vida que hace feliz a “los Stewart”: “Para nosotros es muy importante transmitir que se puede vivir disfrutando de las cosas sencillas sin el materialismo que vemos en la sociedad actual” Es que Chris Stewart es un hippy. “Estoy orgulloso de ser hippy. Los españoles tienen la palabra o el concepto equivocado. La vida que vivimos aquí es la conclusión lógica de aquel movimiento, que era ecologista”, afirma.

En efecto, hoy la familia vive como piensa y este es un privilegio de pocos porque lo “normal” suele ser pensar como se vive. Los libros van viento en popa para el autor británico y esto les ha proporcionado una economía desahogada. Pero eso no se nota en su modo de vida, todo lo que identifica en la casa que allí reside un escritor es un despacho, que antes era la estancia de los animales,  cuyas paredes están literalmente forradas de libros (parte del suelo también) y una extraña antena en forma de cuadrilátero que es fundamental para garantizar la conexión por adsl. Las cosas han cambiado mucho en cuanto a tecnología se refiere y hoy Internet es la conexión con el mundo. Conexión que por estas altitudes también tiene su particularidad. En un pináculo a pocos metros de la vivienda se alza un repetidor “casero” que funciona, como no, con una pequeña placa solar que recoge la señal telefónica y la difunde a los cortijos del valle, un sistema inalámbrico subvencionado por la Junta de Andalucía.

Y así es la vida por aquí, en casa de Chris Stewart y compañía, rodeado de limoneros naranjos, almendros, olivos centenarios, y huertas con tomates, lechugas, ajos, cebollas, berenjenas o fresas. ¡Ah! y la alfalfa para las ovejas del inglés alpujarreño, que qué sería él sin sus ovejitas.


“Nos habíamos desecho de todo lo que había de cómodo y previsible en nuestras vidas y nos habíamos lanzado al vacío”. Así explica Chris Stewart en su libro “Entre limones. Historia de un optimista” (Editorial Almuzara, septiembre 2006) su llegada con Annie a El Valero y el comienzo de una nueva vida. Cuenta el escritor que cuando le enseñó fotos a su madre de su nueva morada ésta quedó horrorizada por su aspecto hasta el punto de calificarla de establo. “Es que la arquitectura alpujarreña es sencilla y cuadriculada; su encanto reside en la simplicidad: (…) Consiste en volver a colocar de manera más o menos ordenada los materiales que, o bien crecen a mano, o se encuentran dispersos al azar por los alrededores. Las proporciones vienen dictadas por una sencilla ecuación: la anchura equivale a la capacidad máxima de soporte de una viga de castaño, de chopo o de eucalipto, cubierta con una espesa capa mojada de launa (…) y normalmente equivale a aproximadamente tres metros y medio. La altura depende del nivel hasta el cual puede levantar piedras un alpujarreño y, como la mayoría de ellos son de estatura baja, raramente sobrepasa el metro ochenta desde el suelo hasta el asiento de las vigas. La longitud viene limitada por la cantidad de suelo disponible, y las ventanas se calculan de manera que dejen pasar la cantidad de luz justa para poder andar a tientas al mediodía, pero de modo que al mismo tiempo no dejen entrar los rayos exteriores que de otra forma podrían comerse vivos a los habitantes de la casa”, describe con maestría Stewart en “Entre limones”. La gran ventaja de esta arquitectura es su bajo precio pues sólo las puertas y ventanas hay que pagarlas con dinero, lo demás es extraído, cortado y/o acarreado de la propia naturaleza.


Articulo aparecido en la revista EcoHabitar nº 15. otoño de 2007. Puedes conseguir la revista aquí.

Nº 53 de EcoHabitar. Editorial

¿Realmente, hay grandes corporaciones del sector de materiales de construcción convencional, la que se denomina sostenible, que estén realizando esfuerzos por un cambio hacia una construcción ecológica y saludable? Es una pregunta que me gustaría debatir en el seno del sector de la bioconstrucción, pues es posible que no todo lo que estamos viendo sea un Green washing y no sería justo tachar de “oportunistas” esfuerzos que se están realizando. Es evidente que estamos ante una tarta, la construcción ecológica-verde-sostenible, que cada vez será más apetecible y habrá de todo: compromisos serios y algunos que querrán buscar un atajo.

¿Asistimos a un cambio de actitud por parte de algunos de estos gigantes forzados por un incremento de la sensibilidad del consumidor o hay algo más?

“Una mezcla de políticas y reglamentos que priorizan la eficiencia energética y el diseño verde, el aumento de herramientas voluntarias de certificación para edificios verdes, la reducción de costes de los materiales verdes, la mayor sensibilidad del consumidor y, por consiguiente, una mayor demanda; el hecho de que los edificios verdes confieren ventajas de mercado cuantificables origina un crecimiento real y un mercado con un evidente futuro”, ha comentado Eric Bloom, analista de investigación de Navigant, consultora especializada en mercado verde .

Según esta consultora, el mercado de materiales ‘verdes-ecológicos-sostenibles’ va a pasar de 116 mil millones de dólares a 254 mil millones de dólares en el 2020 en el mercado mundial1.

Estos materiales verdes, según la consultora, van desde materiales tradicionales, que están siendo revalorizados por su bajo impacto medioambiental, hasta las tecnologías más avanzadas que permiten un mejor rendimiento de los edificios pasivos y activos.

Nuestro sector, la bioconstrucción, ha sido hasta ahora una aldea gala irreductible, garante de unos principios muy concretos y de una forma de hacer las cosas que podríamos resumir en tres puntos: construcción-arquitectura local, construcción-arquitectura respetuosa con el planeta y una construcción-arquitectura saludable, ello nos ha permitido sobrevivir, crecer y desarrollarnos de una forma significativa ante los embates, incluso en momentos de crisis, de una industria gigantesca y descomunal que es capaz de zamparse ella sola el 30% del consumo energético del planeta y para la que nosotros somos pequeñas hormiguitas indetectables.

Pero este gigante comienza a ser consciente de que los tiempos que se avecinan van a ser diferentes y que, haciendo números, las cuentas no salen si seguimos con las recetas que hemos venido aplicando en el pasado más reciente. Vemos, por ejemplo, la fiebre de compra de fabricas de cal por parte de las cementeras con el ánimo de rebajar sus enormes emisiones de CO2. Es aquello de “a la ecología por la economía”.  El concepto de arquitectura saludable, por tomar otro ejemplo, comienza a oírse en la publicidad de algunas compañías como un elemento de valor, lo que evidencia un cierto cambio de actitud.

Como pioneros debemos abrir el debate y trabajar para que sea un cambio hacia la sostenibilidad de verdad. Preguntas tales como: cuál va a ser el futuro de nuestro sector; si estamos ante un nuevo reto; debemos seguir siendo pequeñas hormiguitas galas; o cómo afrontar este nuevo paradigma, no deben faltar para poder abordar un futuro mejor.

1.- Ver informe en: http://www.navigantresearch.com/research/materials-in-green-buildings

¿Qué es diseño?

En su forma más general, diseño es el arte de lo posible. En términos más técnicos, diseño es el proceso consciente y deliberado por el cual elementos, componentes, potenciales, tendencias, etc. se disponen de forma intencionada en el continuo espacio-tiempo con el fin de lograr un resultado deseado. En su expresión más potente, diseño es imaginar y alumbrar nuevos mundos. Podríamos decir que el diseño es una actividad muy humana.

En última instancia, todo diseño se origina en la fuente creadora de todo lo que es. Sea como consecuencia de la necesidad, la especulación, el deseo o la fantasía, surge una visión, un impulso creativo que aparece en la mente como un flash intuitivo de conocimiento, o tal vez como imágenes difusas. Es, con todo, un impulso cargado de energía, ¡que debe ser perseguido! A través de la contemplación, y de una mayor definición y familiaridad con los parámetros y el propósito, el impulso creativo se hace más preciso. A través de varios ensayos de prueba y error –la verificación de hipótesis y prototipos, los inevitables ajustes que vienen del feedback, las diferentes variaciones sobre un tema–, finalmente, el impulso creativo toma forma. Si se prosigue en su conclusión, algún día este impulso creativo aparecerá al mundo como una expresión tangible de realidad, una realidad que empezó como una luz tenue en la imaginación de alguien. ¿Se podría llegar a decir que el diseño es la función de la actividad humana? Obviamente, si el diseño consiste en usar el poder y el ingenio de la mente humana en una fuente universal de creatividad para alcanzar resultados deseados, es de suponer que la calidad y el carácter de las mentes individuales que hacen el diseño tendrán algún efecto en los resultados. ¿Qué influye en las decisiones de diseño de una persona? Es evidente que la creatividad personal puede ser alimentada y cultivada, pero en este punto lo que realmente guía y da forma a la articulación y manifestación del diseño en cada paso del proceso es el conocimiento y experiencia de cada uno, incluyendo aspectos difíciles de medir como valores, visión del mundo e, incluso, el sentido que cada persona da a su vida. Confiada y segura en una base firme de teoría y praxis, la intuición es entonces libre para elevarse a alturas virtuosas.

El Diseño de Ecoaldeas es una forma de diseño muy especial. Aquí, el resultado deseado es una forma de asentamiento humano que no sólo ha de ser sostenible, sino un entorno habitable, de apoyo, donde los seres humanos pueden prosperar hacia una plenitud personal y planetaria, que les permite realizar así su pleno potencial. Éste sería, a día de hoy, el reto de diseño más complejo en el mundo, y cuya aplicación a gran escala es necesaria con más urgencia.

Convertirse en un diseñador de ecoaldeas competente y capacitado es una búsqueda para toda la vida, ya que se requiere un amplio espectro de habilidades, conocimientos y comprensión. La Educación para el Diseño de Ecoaldeas es la forma más consumada del aprendizaje multi- y transdisciplinar, pues todo es pertinente, desde la física a la fontanería, del feng shui a las ordenanzas municipales, de la biología evolutiva a la arquitectura, de la ingeniería civil a la asociación de plantas y, sí, también las finanzas. El diseñador de ecoaldeas avanzado ha de ser un generalista ágil, capaz no sólo de acceder de forma simultánea a numerosas y diversas disciplinas, sino también de polinizarlas, haciendo nuevas conexiones y relaciones entre ellas. En este sentido, la idea de un diseñador de ecoaldeas “experto” –tan exaltado en la excesivamente especializada economía reduccionista– es una idea ligeramente contraria, pues cada uno de nosotros se halla en diferentes etapas de un largo proceso de acumulación e integración de un conocimiento tan valioso como diverso.

Existen diferentes metodologías relacionadas con el Diseño integral de Ecoaldeas. Algunas de las más importantes son el Diseño Permacultural, el Diseño Ecológico, el Diseño Regenerativo, el Diseño de Sistemas Totales (Whole Systems Design) y el Diseño Salutogénico (que genera salud) de Daniel Wahl. Aunque todas son complementarias en concepto y alcance, cada uno de estos diseños tiene sus propios principios normativos y sus propias formas de aplicación en las distintas etapas o niveles del proceso. Igualmente importante en una visión integral del Diseño de Ecoaldeas es la aproximación multi-capa de Ian McHarg desarrollada en su libro “Proyectar con la naturaleza”, y el enfoque atemporal y orgánico de Christopher Alexander, con su ”Lenguaje de patrones”. Un estudiante serio y dedicado hará bien en familiarizarse con todas estas metodologías, pues cada una tiene un lugar especial en el diseño.

El plan de estudios EDE se presenta como un diseño de ecoaldeas integrado. La teoría ha evolucionado hacia una estructura de cuatro dimensiones reconocidas plenamente en el Diseño de Ecoaldeas. Estas cuatro dimensiones son: Ecológica, Social, Económica y Visión del Mundo (Cultural-Espiritual). El EDE se organiza de esta manera para enfatizar la importancia –de hecho, la necesidad– de considerar por igual cada una de estas dimensiones durante el proceso de diseño. Si el objetivo, como he comentado, es un tipo de asentamiento donde los seres humanos puedan florecer y alcanzar su plenitud personal en condiciones de prosperidad sostenible, será entonces de vital importancia que todas las dimensiones estén presentes y funcionen bien. De esta manera, tras exponer todas estas consideraciones, los veinte módulos de las cuatro dimensiones de la formación del EDE, se convierten en una excelente introducción a la complejidad del Diseño de Ecoaldeas.

El arte y la ciencia del diseño e implementación de asentamientos humanos verdaderamente sostenibles es una empresa multidimensional, polifacética y holística que abarca toda la experiencia humana. Como tal, un diseñador de ecoaldeas experto y competente tendrá un acceso conceptual a la visión y al propósito como un todo desde el que poder identificar, circunscribir, y manejar numerosos y diversos subsistemas que contribuyen o dan forma a ese todo. Este baile estratégico, esta habilidad de comunicar y poner la atención desde el todo hacia las partes y de las partes hacia el todo, es un criterio fundamental de maestría en el diseño integral de ecoaldeas. En contextos filosóficos, este movimiento interpretativo de ida y vuelta se denomina círculo o espiral “hermenéutica”, otro ejemplo claro de la naturaleza transdisciplinar del diseño integral de ecoaldeas. En todos los aspectos, la clave está en maximizar las relaciones beneficiosas (dentro, entre y a lo largo de las escalas).

Existe, por tanto, un curso formal de estudios y un camino de ascenso hacia niveles cada vez más avanzados de diseño. Diseñar una ecoaldea es una las tareas más complejas, colorida y multidimensional que una persona puede llevar a cabo, por lo que es necesario prepararse de manera rigurosa. Fórmate cuanto puedas, realizar un curso de Diseño de Ecoaldeas es un buen punto de partida, pues el aprendizaje que se adquiere está basado en la comunidad, en la experiencia, en lo táctil y lo contextual. Toma lo que has aprendido y sigue practicando. Al principio, empieza con sistemas de pequeña escala y, a medida que vayan evolucionando, registra los errores realizados. Aprende de los errores, haz cambios y continúa creando sistemas cada vez más autónomos, más eficientes energéticamente, más diversos y productivos. Mantén el equilibrio de las cuatro dimensiones mientras practicas diversas metodologías. Tal vez tengas suerte y algún día tengas la oportunidad de aprender con alguien con experiencia en el diseño e implementación de una ecoaldea.

Piensa que, de la misma manera que en un cuadro los primeros trazos son determinantes en la imagen final que aparecerá en el lienzo, las primeras decisiones que tomes en el caso de un diseño integral determinarán poderosamente la forma y viabilidad de la comunidad. Asegúrate bien de que empiezas de una forma adecuada, porque otras personas vivirán con las consecuencias de tus decisiones durante varias generaciones. Sólo este hecho justifica la necesidad de una formación avanzada.

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Recuerdo cuando tuve la oportunidad de diseñar y presentar mi primer curso de Diseño de Ecoaldeas, en Fairhaven College, en la primavera de 2001. Hice un gran esfuerzo en organizar las diez semanas de tal manera que toda la información relevante fuera llegando en el momento adecuado y terminar con el diseño de un proyecto. Diseñé el curso de tal forma que simulara un proceso de diseño integral: visión de conjunto y antecedentes históricos, dinámicas para crear comunidad, excursiones al lugar y ejercicios de observación, lluvias de ideas, diagramas de afinidad, consenso grupal para los criterios de diseño, diagramas de burbujas, análisis por sectores, articulación del programa, lecturas, presentaciones y ponencias, es lo que creía esencial para el proceso de diseño y así presenté el curso. Aun así, hubo un estudiante en particular, uno de los más brillantes del grupo, que se sentaba en el círculo con impaciencia, buscando la oportunidad de preguntar cada semana: “Pero, ¿cuándo vamos a empezar con el diseño?”. Y cada semana, independientemente de donde estuviéramos, le respondía: “¡Pero esto es parte del diseño!”. Claro, mi amigo equiparaba “diseño” con dibujar planos. Espero que su participación en mi proceso le convenciera de que el diseño es mucho más que eso. En realidad, diseñar es un proceso continuo que nunca se completa del todo.

Max Lindegger, uno de los más importantes diseñadores de ecoaldeas del mundo, es claro en este punto cuando afirma que “la observación es el elemento más importante en la creación de un buen diseño ecológico. Y requiere tiempo”. La observación incluye investigar un trozo de tierra y su historia, reunir datos útiles y diversos, hablar con vecinos y veteranos, y  seguramente permanecer sentado en diferentes lugares durante un buen rato y con los sentidos bien abiertos. Lindegger dice sobre esta fase que “estamos ‘observando’, pero aún no estamos ‘diseñando’. Si pasamos demasiado pronto a la acción, abreviando la fase de observación, saltándonos una importante fase des diseño, nos arrepentiremos después”.

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Ojalá que todos esos ingenieros y constructores del “destino manifiesto”, que durante años han atravesado mi Norteamérica nativa creando precipitadamente cuadrículas bidimensionales abstractas dondequiera que iban, hubieran tenido la oportunidad de escuchar y seguir el consejo de Max. Desafortunadamente, muy poco del modelo de asentamientos en Norteamérica fue de hecho diseñado. En lugar de eso, nos encontramos con conjuntos mecánicos de parcelas y edificios desplegados superficialmente en el paisaje, según el prescriptivo y limitante dictado de reglamentos de ordenación territorial. Ha sido algo más parecido a rellenar bloques según un guión aburrido y estándar, que una explosión creativa de placemaking adaptada a cada lugar. En la escala de los asentamientos, no hay ninguna relación coherente entre las diferentes parcelas individuales, ningún sentido de un tema unificador, ningún vestigio de herencia cultural, ninguna relación con las ecologías subyacentes, ningún escape del utilitarismo sin sentido y, con una triste falta de atención a crear espacios públicos, tampoco hay ningún sentimiento de identidad cívica o de comunidad. Este es el brutal paisaje al que han dado forma los especuladores, los diseñadores sin formación ni conocimientos. El mandato dominante ha sido maximizar el beneficio para la inversión privada, no crear espacios que pudieran ser bellos, memorables, vivibles, o que valiera la pena cuidar.

¿Será quizás porque he sido testigo de una belleza y gracia tan esplendorosas en el vibrante placemaking de otras partes del mundo que he desarrollado esta pasión por la perspectiva de un diseño bueno, sano e inteligente? El modelo de asentamientos de Norteamérica, no diseñado y energéticamente despilfarrador, pronto se revelará cada vez menos funcional a medida que nos adentramos en la era del descenso energético. Es de esperar una renovación total. Se requerirán habilidades de diseño sofisticadas, a emplear en múltiples escalas, para poder dar marcha atrás, reducir, relocalizar y realinear lo hecho con los patrones y procesos naturales. Buckminster Fuller pronosticó esta situación hace cuarenta años, cuando llamó a una “revolución del diseño”, en la creencia de que el único camino de la humanidad tecno-industrial para superar su dilema era diseñar cómo salir de su estado.

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Nunca subestimes el poder del diseño. El imperativo por la sostenibilidad podría conducir a todo un nuevo renacimiento de la ciencia del diseño. Para prepararnos, deberíamos concentrarnos en la formulación y transmisión de una epistemología efectiva del diseño e introducir habilidades prácticas de diseño en todos los programas educativos. Y poder ofrecer así a muchos graduados informados la posibilidad de comenzar a caminar el sendero del diseñador capacitado.

Pero esto sólo es el principio. Mientras el mundo se estabiliza hacia un futuro de un nuevo nivel de reducción de carbono, podemos empezar a pensar y diseñar en términos de más allá de la sostenibilidad. Si el potencial de una cultura está íntimamente –algunos dirían determinadamente– relacionado con la calidad y características de los entornos donde la gente desarrolla su vida, entonces, ¿no será posible, a través del poder del diseño, crear entornos concebidos holísticamente, donde la gente puede desarrollarse y alcanzar todo su potencial? ¿No podemos, de hecho, influir en la misma evolución de la consciencia a través de los espacios que diseñamos? Con este objetivo por delante, podemos utilizar la paleta completa: proporciones en geometría sagrada; despertar, persuadir y, por qué no, estimular suavemente el sistema nervioso a través de interacciones vibrantes de colores, tonalidades, texturas, formas, sonidos y olores; una sutil secuencia de eventos, transiciones y acercamientos; jerarquías de espacios sociales distribuidos entre nodos policéntricos; uso juicioso del punto y contrapunto, de la perspectiva y la percepción profunda; un adorno elegante hasta el más fino detalle; reafirmación de la herencia cultural y biorregional a través de motivos vernáculos; simbolismo arquetípico del inconsciente colectivo; reconocimiento y participación de energías y fuerzas invisibles; imitación y mejora de los patrones, estructuras y procesos de la Naturaleza; celebración permanente de la vida a través de la belleza; oportunidades selectivas para visualizar la magnificencia y grandeza; imitación de la representación disposicional del pensamiento en el cerebro mediante la creación de agrupaciones dentro de agrupaciones, etc. En verdad, a la hora de alumbrar nuevos mundos, las posibilidades son ilimitadas, sin fin. Diseño es la forma en la que los seres humanos participan en la co-creación del Universo.


Bibliografía:
Alexander, Christopher; Ishikawa, Sara; y Murray, Silverstein  et al. (1977) A Pattern Language. Oxford University Press; New York.

Fuller, R. Buckminster (1969) Utopia or Oblivion: The Prospects for Humanity. Bantam Books; Toronto.

Lindegger, Max (2002) “Permaculture for Ecovillage Design,” in Jackson, H. and K. Svensson, eds., Ecovillage Living: Restoring the Earth and Her People. Green Books; Devon, U.K.

Mare, E.C. (2004) “Theoretical Framework for the Ecovillage Design Education.” Village Design Institute; Seattle.

McHarg, Ian (1967, 1992) Design With Nature. John Wiley & Sons, Inc.; New York

Mollison, Bill (1988) Permaculture: A Designer’s Manual. Tagari Publications; Tyalgum, Australia.

Van der Ryn, Sim and Stuart Cowan (1996, 2007) Ecological Design. Island Press; Washington, D.C.

Wahl, Daniel C. (2006) “Design for Human and Planetary Health: A TransdisciplinaryApproach to Sustainability,” in WIT Transactions on Ecology and the Environment, Vol. 99. WIT Press; London.


Por E. Christopher Mare, Village Design Institute www.villagedesign.org

Traducción: Ana Pardo y Ulises.


Artículo aparecido en el nº 41 de la revista Ecohabitar aquí

Nº 50 de EcoHabitar. Editorial

EH50Me parece un autoengaño mayúsculo creerse la idea de que vamos a cambiar el mundo creando una sociedad más justa, parar el deterioro medio ambiental, el calentamiento global, la desaparición de las especies y todas las trastadas que el ser humano está haciendo, con pequeños gestos individuales. Creo que fomentar esta idea es un mecanismo del propio sistema capitalista para seguir perpetuándose eternamente. La base del problema, bajo mi modo de ver, es creer que un sistema político-económico, que cree que el bienestar está en el crecimiento y que este hay que basarlo en el consumo, lo vamos a parar cambiando las bombillas de nuestra casa o utilizando un coche eléctrico súper eficiente.

La urgencia del problema no da para esto. Quizás, si al comienzo de la revolución industrial hubiésemos implementado un código de obligatorio cumplimiento para no desarrollar una cultura del despilfarro, la transición o evolución hacia una súper civilización tecnificada verde hubiese podido ser una realidad, pero lo que ahora nos piden los hechos es algo mucho más radical y urgente o no llegaremos a tiempo.

Cansado ya de tanta “ciudad inteligente”, concepto que a un servidor le parece confusa y ambigua y que, salvo contadas excepciones, solo se centra en aspectos de puro marketing, sigo siendo de la opinión de que la tecnología no hará que las ciudades sean más inteligentes, y parece que en foros, congresos y eventos son el eje central de discusión, enarbolando esta idea como el paradigma del no va más. Aburre tanta smart city, tanto ciudad eficiente o ciudad súper-eficiente. Lo que hará que las ciudades sean más inteligentes será la inteligencia colectiva, que sus habitantes sean conscientes de lo insostenible de la ciudad actual como organismo vivo dependiente y parasitario y de la necesidad de un cambio radical hacia un organismo autónomo y capaz de sobrevivir sin esquilmar su entorno; cuando sus propios habitantes actúen de forma colectiva, dentro de una idea del procomún y que ellos mismos sean más inteligentes. Creo que la idea de la smart city no deja de ser otra excusa para seguir haciendo lo que venimos haciendo desde la eternidad.

Evgeny Morozov, en un artículo del País, daba un repaso a una serie de detractores a la ciudad inteligente: “El consenso que se está imponiendo —según el cual la “ciudad inteligente” debe ser eficiente, libre de fricciones y gestionada por empresas de alta tecnología— resulta polémico. Críticos como el diseñador y artista británico Usman Haque defienden las virtudes del desorden, aduciendo que las iniciativas destinadas a evitar conflictos mediante analistas de macro datos son incompatibles con el urbanismo. En su libro de 2013 Smart Cities Anthony Townsend, otro vehemente detractor de las “ciudades inteligentes”, señala que son sus habitantes los que deben tener capacidad para hackearlas y modificarlas; de lo contrario, estarán tan infestadas de virus y resultarán tan limitadoras como nuestros programas informáticos.

Adam Greenfield, también ensayista sobre temas tecnológicos, ha escrito hace poco Contra la Ciudad Inteligente, un incisivo panfleto en el que advierte de que la propia etiqueta “ciudad inteligente” sirve de tapadera retórica para la privatización de los servicios públicos”.

Posiblemente la ciudad más inteligente no es la que más chips y sensores lleve. Alguien nombró la ciudad Medellín, en Colombia, como una de las ciudades “más inteligentes” del mundo. Hace años, se producían en la ciudad innumerables asesinatos de bandas, pero sus problemáticas favelas se reintegraron en la ciudad, no con smartphones, sino con instalaciones deportivas financiadas con fondos públicos y un teleférico que las conecta con la ciudad. Ahora se cita con frecuencia a Medellín como ejemplo de “urbanismo social” y, el año pasado, fue nombrada ciudad más innovadora del mundo por el Urban Land Institute.

Toni Marín
Director de EcoHabitar

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Nº 49 de EcoHabitar. Editorial

EH49wNos llaman fundamentalistas porque defendemos espacios libres de tóxicos en contra de una injusta legislación promovida por una industria sin escrúpulos que ensucia el planeta y hace enfermar a las personas.

Hay que trabajar duro para que acabe una vez la impunidad de algunas grandes corporaciones, auténticas organizaciones criminales, que continúan sin adquirir ningún compromiso después de haber sembrado enfermedad y muerte, aún sabiendo que lo que fabrican y colocan en el mercado es perjudicial para la salud.

Desde la década de los 40, en que se comenzó a fabricar en España por Rovira y Cia el fibrocemento con fibras de amianto, el genocidio laboral  va a costar, según los estudios, entre 40 y 50 mil muertos hasta 2030. Una cifra muy elevada teniendo en cuenta que, junto al daño irreparable para las familias, existe un coste en tratamientos médicos que asume en su totalidad la sociedad. Un negocio redondo ya que, además, cuando tu producto es declarado ilegal en tu país, te marchas a otro de los llamados emergentes y montas allí tu fábrica.

La heredera de Rovira, Uralita (hoy Ursa), jamás asumió ninguna responsabilidad y no fue hasta el 2002 cuando se prohibió en España, 20 años después de que se prohibiera en los países del norte, y que siguió fabricando este veneno, aún sabiendo que durante todo este tiempo estaban sembrando muerte a su alrededor1.   

La industria es muy poderosa y no duda en comprar médicos, políticos, sindicalistas, publicistas y periodistas con tal de contrarrestar lo que creen que va en contra de sus intereses, aunque estemos hablando de sufrimiento y muerte de muchas personas. Una industria que funciona igual que las organizaciones criminales pero que muchas veces juega con ventaja, ya que, gracias a sus magníficas relaciones, son impunes.

Pocas veces pagan por sus crímenes y uno de los pocos casos ha sido la condena a 18 años de cárcel por un tribunal italiano, a S. Schmidheiny, propietario y ejecutivo de una “gran empresa multinacional” del amianto.

El Presidente del tribunal, el juez Ogge, comparó a Schmidheiny con Hitler. El juez comparó la estrategia de Eternit2 con la estrategia nazi de deportar judíos a Madagascar (1939 a 1941), un plan que más tarde fue reemplazado por las deportaciones a los campos de exterminio.

Hay muchos aspectos escalofriantes en toda esta trama y lo que venimos a contar aquí es que todo lo que viene ocurriendo desde la década de los 40 se repite hoy de una u otra forma, ya sea con el traslado a otros países de productos prohibidos en Europa o con la fabricación de productos que, aún sabiendo que son perjudiciales, se siguen autorizando: PVC, ftalatos, formaldehídos y multitud de compuestos químicos que entran, de una forma u otra en nuestros hogares.

Esta oscura industria encabezada por empresas como URSA, Saint Gobain, Rokwool, y algunas otras que lideran los ránking en el sector de materiales de construcción, se erigen, como si nada ocurriera,  en adalides de lo que se viene a denominar arquitectura sostenible. Vaya ironía.

Toni Marín
Director de EcoHabitar

 

1.- Los tribunales demostraron  que en la conferencia de Neuss celebrada en Alemania en 1976, S. Schmidheny, ante una audiencia de unas 30 personas todos ellos gerentes de sus empresas Eternit en Europa, dijo que él sabía que el asbesto era nocivo y peligroso para la salud, que ellos debían ser conscientes de ello, pero que si otras personas se hacían también conscientes, tendrían que cerrar o tomar medidas económicas al respecto.

2.- El mayor fabricante de fibrocemento de Europa.


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Nº 48 de EcoHabitar. Editorial

portada48_72dpiDe los compromisos acordados estos días pasados en la Conferencia de París por el Cambio Climático COP21 y CMP11 no sabemos que va a ocurrir al final ya que, como depende de que cada gobierno ratifique lo acordado, hay posibilidades de que salga algo que pueda ser satisfactorio pero que luego en los parlamentos se tire para abajo, como puede ocurrir en EE.UU por ejemplo.
Hay varios factores que reman y con fuerza hacia el lado del abismo, sobre todo intereses económicos y políticos, que constantemente han puesto trabas en conferencias anteriores durante estos últimos 20 años a un acuerdo global a favor de tomar medidas contra las emisiones de gases invernadero. Aunque hay un compromiso, firmado en Lima en diciembre del pasado año, de abandonar el 100% de los combustibles fósiles para mediados de siglo; la experiencia de tantos años luchando contra las presiones de las corporaciones que sustentan los sistemas políticos, no dejan de desanimarnos.

La Cumbre de Copenhague también despertó tantas o más expectativas que París y acabó, con un decepcionante debate entre países ricos y pobres sobre a quién le correspondía afrontar el problema, en un tira y afloja.

Por otra parte, existen indicios de que habría posibilidades de un avance en conseguir algo que nos encamine hacia una sociedad libre de carbono.

Es cierto, por lo menos en los papeles, que Francia, elegida como sede para esta COP 21, hará todo lo posible para que la Unión conserve su puesto puntero en la lucha contra el cambio climático. El presidente de la República, J.F. Hollande, anunció en su discurso en la conferencia medioambiental de Polonia que defendería una posición ambiciosa, centrada en el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 40% en 2030 y un 60% en 2040 (respecto a 1990), en el marco de las próximas discusiones europeas. Otro objetivo fundamental es limitar el aumento de la temperatura global en menos de 2º C.

La idea es prometedora y si se llevaran a cabo las propuestas podríamos estar ante un compromiso que cumpliese las expectativas más ambiciosas, aunque los tres principales puntos de desacuerdo en la negociación son la financiación para mitigación y adaptación al cambio climático en los países más vulnerables; la diferenciación o no entre países ricos y pobres y la ambición del acuerdo más allá de una mera declaración de intenciones; lo que está claro es que casi todos han aceptado que no existen dudas sobre los impactos del cambio climático y la responsabilidad humana en él, debido a nuestros hábitos de producción y consumo insostenibles.

Alianza por el Clima1, la entidad que convocó las marchas del 29 de noviembre pasado, instaron a los Gobiernos a cerrar un acuerdo ambicioso que ponga rumbo a un futuro donde no se emitan a la atmósfera gases de efecto invernadero.

Es que lo tenemos a huevo: hasta el Papa Francisco ha dedicado una Encíclica al cambio climático considerando que combatirlo es “una cuestión moral” y del “bien común” y los líderes islámicos le han secundado con una declaración, apelando al compromiso climático de los 1.600 millones de musulmanes.

¿Quién queda por tenerlo claro?

Toni Marín. Director de EcoHabitar

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Sociocracia de la competición a la cooperación

“El término “sociocracia” se refiere a un modo de Gobernanza y de toma de decisiones que permite que una organización se comporte como un organismo vivo, capaz de auto organizarse.

Para hacer esto posible, la  sociocracia permitirá a todos los componentes de la organización  ejercer el poder soberano sobre la gestión de la totalidad, como es el caso de los organismos vivos”.

G. Enderburg y John Buck

La palabra “Sociocracia” fue acuñada por Auguste Comte, filósofo francés de principios del siglo XIX,  considerado uno de los padres de la Sociología. Este término a través de su etimología griega significa: “la Gobernanza del  “Socios”, es decir del lazo entre personas que mantienen relaciones significativas entre sí.

Gerard Enderburg pionero de la Sociocracia actual, experimentó con este método en su empresa en Holanda; este “experimento” fue determinante en la gestión que esta empresa hizo de la crisis de los 70, y su éxito se comunicó con rapidez en los ámbitos empresariales de aquel pais. Poco a poco se ha ido introduciendo como una herramienta de desarrollo organizacional en empresas de todo el mundo.

En la actualidad comienza a explorarse y aplicarse en otro tipo de organizaciones (cooperativas, empresas sociales, municipios, ong, ecoaldeas, comunidades, etc…), siendo, cada vez más un método capaz de dar soluciones a los diversos problemas que surgen en las organizaciones.

El método de Círculos Sociocráticos se basa en dos grandes principios y cuatro reglas derivadas de los  descubrimientos de la ciencia de la cibernética que incluyen: la teoría de los sistemas, los conceptos relacionados con las estructuras disipativas y el fenómeno de auto-organización.

Prigogine, químico Belga y Haken, físico alemán demostraron a finales de los años 70 que para autoorganizarse, un sistema necesitaba dos condiciones:

Primero: los elementos del sistema deben ser equivalentes; es decir, no debe haber un control de los unos sobre los otros. Podemos objetar a esto que un sistema donde no hay un control mutuo se vuelve rápidamente caótico. Hace falta pues que otra condición intervenga para permitir al sistema autoorganizarse. Esta segunda condición es la existencia para los elementos de una fuente de energía externa. En una organización esta fuente de energía externa se expresa en su fuerza motor, la visión, los valores, el propósito de la organización.

Por Mauge Cañada

Un espacio para la vida hecho a mano

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La obra consiste en dotar a la construcción inicial, una vivienda autoconstruida con bloques de termoarcilla, de un mejor comportamiento térmico a través de una superficie acristalada orientada al sol, además de dar cerramiento al porche existente, protegiéndolo del viento y otorgando mayor compacidad a la construcción.

De esta forma se genera un espacio luminoso y se mejora el aislamiento de buena parte de la vivienda. Las soluciones adoptadas han permitido autoconstruirlo por una sola persona de forma sencilla y con pocas herramientas.

El lugar donde se ubica, cercano a la sierra de Madrid, tiene inviernos fríos y fuertes vientos, pero a la vez, muchos días de sol durante todo el año. En invierno, gracias a las superficies traslúcidas, se produce calor por efecto invernadero, llegando a obtener más de diez grados de diferencia con el exterior, tanto de día como de noche, solo gracias al cerramiento ligero y a la captación solar. Este calor producido se conduce por la casa a través de los huecos de paso y se almacena en parte en los muros de bloques de termoarcilla que tienen mayor inercia térmica, favoreciendo la regulación térmica durante la noche.

Por Daniel Barrio

¿Los LED producen luz sucia? Calidad de luz y electropolución, parte 2

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La luz pulsada puede provocar ataques epilépticos. Por eso, en las discotecas se han prohibido los estroboscopios, esos dispositivos que conectan y desconectan rítmicamente la luz que emiten y causan dichos ataques con esos “destellos” periódicos.

Por las mediciones de las altas frecuencias sabemos que las ondas de radio pulsadas a 100 hercios de los teléfonos inalámbricos o los 217 hercios de los móviles deberían considerarse particularmente sensibles. ¿Cómo podemos afirmar entonces que una luz pulsada similar no supone riesgo alguno para la retina y el sistema nervioso y no causa trastornos? ¿Es posible que algunas molestias oculares, indisposiciones, dolores de cabeza, etc., que se sienten al trabajar ante una pantalla de ordenador o al leer bajo una luz de LED vengan causados por la luz pulsada? En ámbitos científicos esta problemática es prácticamente desconocida, pues los LED se han popularizado desde hace poco tiempo. Los procesos armoniosos, tales como los conocemos de las bombillas incandescentes son, en este caso, la excepción.

Al contrario, los dispositivos electrónicos convierten los voltajes de alimentación senoidales (representados por la línea roja en la figura 6) de la luz emitida en impulsos agudos con forma de aguja (línea azul). Todas las frecuencias que provienen de la red eléctrica, las unidades de alimentación, los atenuadores y los componentes electrónicos de las lámparas se transforman proporcionalmente, como se ha señalado, y reaparecen en la luz de algunos LED.

Por Joachim Gertenbach