Bowles, el viajero y el arquitecto

ecoturismoNotas para pensar  en turismo,  arquitectura  y ecología.

La industria turística, como es bien sabido, es ya la más importante del mundo, y seguirá siendo así hasta que las arenas del tiempo se agoten y el sol cese de brillar. Un instante no tan lejano como usted piensa.

Sin embargo, poco o nada se habrá hecho por trasladar la cuestión a un terreno científico. Las Facultades que se crearon ex profeso en los últimos años se han centrado casi exclusivamente en la atención al visitante o turista, y en el modo altamente comunicativo e inter-subjetivo de satisfacer sus deseos más superficiales e inmediatos.

Se atribuye a Paul Bowles, en su obra The Sheltering Sky de 1949, la siguiente e importante distinción: Mientras que el turista por lo general se apresura a Volver a casa tras unos pocos días o semanas, el viajero no pertenece ni a éste lugar, ni al próximo ni tampoco al anterior, se mueve con parsimonia durante años, yendo de una parte del mundo a otra, sin saber si algún día Volverá ni adónde”. 

Traducido este fragmento a términos de Ecología, el turista vendría a significar un depredador. En cambio el viajero, fundiéndose con la Naturaleza, se ocuparía de regenerar su hábitat temporal, tanto física como culturalmente, igual que hacían los antiguos monjes giróvagos de Asia. La Vida es la Vía, se dice en el Dao que luego se tornó Zen y llegó caminando hasta Machado.

“Nuestra exangüe disciplina Arquitectónica ha sido, como en el Burlador de Sevilla, una suerte de convidado de piedra que, al no intervenir apenas en el proceso turístico, se limitaba a recoger algún eco de vagas ensoñaciones folklóricas, no necesariamente españolas sino también africanas, centroeuropeas, polinesias, filipinas o caribeñas, semblanzas de etnicidad y paraísos artificiales con alcohol y viandas a bajo precio en cuanto a lo confesable”, nos dice el profesor José María Cabeza cuando reflexiona sobre la presencia, la interacción entre el turismo y la arquitectura. Este texto está llamando la atención sobre la necesidad de poner voz, en este campo, a aquello de lo que la Arquitectura de hoy no habla: el Medio Ambiente; tan precario y exiguo que uno está tentado de sustituir la palabra “medio” por “miedo”, y proferir así el “miedo ambiente”, que sería una especie de versión cósmica del deportivo “miedo escénico”. Se trataría de hacer frente a esta trivial panoplia de historicismo moderno y artisticidad secularizada que caracteriza la arquitectura que sirve al turismo, mediante el carácter igualitario y la objetividad de la Ciencia. Operar mediante ese sistema de Composición que hemos dado en llamar Diseño Científico y, en lo particular, Técnica Bioclimática.

La realidad aún hoy, después de tantos años de prédica, es que el descomunal tamaño de la industria turística y su proporcional impacto son un porcentaje no pequeño del impacto de la actividad humana. Huella que con frecuencia se imprime en parajes muy sensibles.

Paradójicamente, en los foros sobre el tema, es más frecuente oír lamentos del impacto que el cambio climático tendrá sobre el turismo de playa o el esquí, o Venecia, que reflexiones acerca del impacto que tiene el turismo sobre el clima! ¿Será miopía o cinismo? (recordemos a Kennedy, “No te preguntes lo que América puede hacer por ti…”).

El impacto que mencionamos tiene dos fuentes principales: el transporte y la edificación. Aunque se debate sobre porcentaje atribuible a cada factor, está claro es que son los dos grandes responsables de consumo de energía y recursos, emisiones asociadas y, por lo que se refiere a los edificios, impacto material en el paisaje y el recurso suelo.

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