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| Referencias |
-
Silvio Gesell, The Natural Economic Order.
Berlín, Neo-Verlag, 1929
- Silvio
Gesell. Gesammelte Werke, Band 1-6, Gauke
Velag, 1988-90
- Margrit
Kennedy. Interest and Inflation Free Money: Creating
an Exchange Médium that works for everybody and
protects the Earth, SEVA international, Okemos,
Michigan, USA. Existe versión en español:
Dinero sin inflación ni tasas de interés.
(Pedidos: GEA)
- Dieter
Suhr. The Capitalistic Cost-Benefit Structure
of Money. An Analysis of Moneys Structural Nonneutrality
and its Effects on the Economy. Springer Verlag, Heidelberg,
1989
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¿Qué
es el dinero? Vayamos primero con lo positivo. El dinero es uno
de los inventos más ingeniosos de la humanidad. Simplifica
el intercambio de bienes y servicios superando las limitaciones
del sistema de trueque, creando así la posibilidad de la
especialización, base de la civilización.
¿Por qué tenemos entonces problemas con el dinero?
Aquí es donde aparece la parte negativa. A lo largo de
la historia la circulación del dinero se ha basado en el
pago de intereses. El interés lleva al interés compuesto.
El interés compuesto lleva al crecimiento exponencial.
Y el crecimiento exponencial, si no se puede transformar de alguna
manera, es a su vez insostenible. Por ello, para comprender el
funcionamiento de nuestro sistema monetario desde sus orígenes
hasta nuestros días, una “máquina invisible
que lo arruina todo”, tenemos primero que comprender cómo
funcionan los diferentes modelos de crecimiento.
La curva A en la figura 1 representa una forma idealizada de un
modelo de crecimiento que se da abundantemente en la naturaleza,
se da en nuestros cuerpos y también en las plantas y los
animales. Nosotros crecemos bastante rápido en las primeras
etapas de nuestra vida, empezamos a ralentizar en la adolescencia
y normalmente dejamos de crecer físicamente cuando llegamos
a los veintiuno. Lo cual, por supuesto, no nos impide seguir creciendo
cualitativamente, aunque sí cuantitativamente.
La curva B representa un modelo de crecimiento mecánico
o lineal. Por ejemplo, más máquinas producen más
bienes, más carbón produce más energía,
etc. No es muy importante para nuestros análisis, aunque
debería quedar claro que incluso un crecimiento como éste
en un universo finito como el nuestro crearía problemas.
La curva C representa el crecimiento exponencial, el modelo de
crecimiento más importante y generalmente el peor conocido,
que se puede describir prácticamente como el opuesto a
la curva A, pues crece relativamente despacio al principio, comienza
a acelerarse paulatinamente para acabar con un crecimiento casi
vertical. En el mundo físico este tipo de crecimiento suele
ocurrir cuando las cosas están fuera de control, en el
caso de epidemias o enfermedades, lo que a menudo conduce a la
muerte. El cáncer, por ejemplo, sigue un modelo de crecimiento
exponencial, y siguiendo con la analogía, el interés
se puede considerar como el cáncer de nuestro sistema social
y económico.
Basado en el interés y en el interés compuesto,
nuestro dinero se dobla en intervalos regulares, es decir sigue
un modelo de crecimiento exponencial. La figura 2 muestra el tiempo
necesario para que se doble nuestro dinero, según diferentes
tipos de interés. Al 3% de interés compuesto, se
dobla en 24 años; al 6% en 12 años y al 12% en 6
años. Incluso con un interés tan bajo como el 1%,
la curva de crecimiento sigue siendo exponencial.
Puesto que en nuestros cuerpos sólo hemos experimentado
el modelo de crecimiento natural, que termina con un tamaño
óptimo (curva A), resulta difícil para el ser humano
comprender el impacto real del modelo de crecimiento exponencial
en el mundo físico. Este fenómeno se puede mostrar
de una manera más ilustrativa con la famosa historia del
penique de José: si José, el padre de Jesús,
hubiera invertido un penique el día en que Jesús
nació, con un interés del 5%, y Jesús hubiera
vuelto al mismo banco en 1990 -fecha de la reunificación
de Alemania-, con el dinero acumulado por los intereses hubiera
podido comprar 134 mil millones de bolas de oro del tamaño
de la Tierra, de acuerdo con el precio oficial del oro en estos
momentos. Esto muestra matemáticamente que el pago continuado
de intereses durante un largo periodo de tiempo es prácticamente
imposible y explica por qué se dan a intervalos regulares
crisis económicas y sociales.
Tres errores acerca del dinero
1. Una razón determinante de por qué nos resulta
tan difícil comprender el impacto real del mecanismo de
intereses en nuestro sistema económico es que éste
funciona de manera oculta.
La mayoría de nosotros supone que sólo pagamos intereses
cuando pedimos prestado dinero. Por tanto, si lo que queremos
es no pagar intereses, basta con no pedir dinero prestado. Lo
que la gente no sabe es que casi todos los precios de las cosas
que compramos contienen una cierta cantidad de interés.
La proporción exacta varía de acuerdo a la relación
entre el trabajo y los costes del capital incluidos en los bienes
y servicios que compramos. Así por ejemplo, en la recogida
de la basura, el 12% del precio es para el pago de intereses (una
cantidad baja, porque la inversión de capital es relativamente
pequeña en comparación con la necesidad de mano
de obra que es alta), mientras que en el agua potable alcanza
el 38% y hasta un 77% en la compra de una vivienda pública
(figura 3). De media pagamos un 40% de interés en todos
los precios de bienes y servicios que compramos o usamos. En la
época medieval, la gente tenía que pagar un diezmo
de los ingresos al señor feudal. Ahora de cada euro gastado,
la mitad es para el señor capitalista.
2. Otro error extendido en relación con nuestro sistema
monetario es el siguiente: puesto que todo el mundo paga intereses
cuando pide dinero prestado, y recibe intereses cuando lo presta,
todos recibimos el mismo trato dentro de este sistema.
De nuevo, lo anterior es en la práctica falso. De hecho
la diferencia entre los que se benefician del sistema y los que
salen perjudicados es muy grande. Si dividimos la población
de Alemania Occidental en diez grupos de 2,5 millones de familias
cada uno y los ordenamos en función de los intereses recibidos
(figura 4), vemos que el 80% de la población paga más
intereses de los que recibe, el 10% recibe un poco más
de lo que paga, y el restante 10% recibe más del doble
de lo que paga (aproximadamente unos 34.200 DM de media por familia),
cantidad que por supuesto ha perdido el 80% restante.
Esta situación resulta ser una de las razones fundamentales
de por qué los ricos son cada vez más ricos y los
pobres más pobres. En cifras absolutas, lo anterior supone
una transferencia diaria de unos 500 millones de marcos de los
que trabajan a los que poseen el capital (datos de Alemania Occidental,
1985). Los mismos resultados se obtendrían en los demás
países. De hecho, en la mayoría de los países
el porcentaje de los que se benefician del actual sistema es incluso
menor.
En otras palabras, con nuestro actual sistema monetario estamos
permitiendo que opere un mecanismo oculto de redistribución
que constantemente mueve dinero de aquéllos que tienen
menos a aquéllos que tienen más de lo que necesitan.
De esta manera, por una parte grandes cantidades de dinero se
concentran en manos de cada vez menos personas y grandes compañías
multinacionales y, por otra, los países del “Tercer
Mundo” nunca serán capaces de desprenderse de la
deuda, ya que lo que tienen que pagar supera en varias veces la
cantidad de dinero que se les ha prestado.
El mecanismo de interés e interés compuesto no sólo
lleva a un crecimiento económico de carácter patológico,
sino que atenta además contra derechos constitucionales
individuales presentes en todas las democracias. Si la constitución
de un país garantiza un acceso igualitario de todo individuo
a los servicios gubernamentales -y el sistema monetario se puede
considerar uno de estos servicios-, entonces sería ilegal
contar con un sistema en el que un 10% de la gente continuamente
recibe más de lo que pagan por dicho servicio, mientras
que un 80% recibe menos de lo que paga.
Muchos de los grandes líderes religiosos y políticos,
como Moisés, Mahoma, Lutero, Ghandi, y la mayoría
de las iglesias y grupos espirituales a lo largo de la historia
han intentado reducir esta injusticia social prohibiendo el pago
de intereses. Ellos comprendieron que este pago era una de las
principales causas de injusticia social. Sin embargo, no supieron
dar con una solución práctica para mantener el dinero
en circulación, y este defecto del sistema nunca se corrigió.
La prohibición del pago de intereses entre los cristianos,
establecida en Europa por ciertos papas durante la Edad Media,
se limitó a desplazar el problema a los judíos.
Y aunque los judíos tampoco podían pedirse intereses
unos a otros, sí que podían hacerlo con los gentiles.
En los casos en que sí aceptaban intereses de otros judíos,
tenían la obligación de saldar deudas cada siete
años. Los bancos islámicos, que siguen la ley musulmana,
no pueden pedir intereses a sus clientes. En su lugar se hacen
socios en los negocios a los que prestan dinero. Que esto sea
una solución mejor o no, depende de los socios, pero lo
cierto es que crea un lazo más directo entre el acreedor
y el deudor.
3. Un último malentendido sobre nuestro sistema monetario
tiene que ver con el papel de la inflación. Para mucha
gente, la inflación aparece como algo inevitable del sistema
monetario, pues no existe ningún país en el mundo
que no tenga inflación.
Pocos se dan cuenta de que la inflación es otra forma más
de imposición que los gobiernos utilizan para resolver
los problemas derivados de su propio endeudamiento. Entre 1950
y 1985 el PNB de Alemania se multiplicó por dieciocho,
mientras que el pago de intereses de su propia deuda se multiplicó
por 51 (véase la figura 5). El gobierno suele ser el principal
demandante en el mercado financiero, luego también es el
que paga las mayores tasas de interés. Cuanto mayor es
la distancia entre el crecimiento de los ingresos gubernamentales
y el de la deuda, más evidente es la necesidad de inflación.
Acuñar más dinero permite al gobierno reducir su
deuda. Por el contrario, el 80% de la población que ya
paga más intereses de los que gana, con la inflación
paga todavía más. Ya que estas personas no pueden
poner su dinero en inversiones “resistentes a la inflación”,
como sí hacen los del 10% que más gana.
Dos efectos más del actual sistema monetario: la carrera
de armamentos y la destrucción del medio
Además de la injusticia social que resulta ser el continuo
aumento de la distancia entre los ricos y los pobres en las naciones
industrializadas y en desarrollo, existen dos problemas más,
asociados con el sistema de intereses que deben tenerse en cuenta:
la carrera de armamentos y la explotación de la naturaleza.
1. La presente concentración de dinero en manos de cada
vez menos personas o de multinacionales crea una presión
constante para inversiones en gran escala, por ejemplo, centrales
nucleares, enormes presas hidroeléctricas y armamento.
Desde un punto de vista puramente económico, el comportamiento
políticamente contradictorio de los Estados Unidos y Europa,
instalando por una parte armas cada vez mayores y mejores contra
Rusia, y enviando por otra mantequilla, trigo y tecnología,
es perfectamente compatible: la producción militar era
un área en la que el “punto de saturación”
se podía posponer indefinidamente mientras el “enemigo”
fuera capaz de desarrollar armas tan buenas y en un tiempo tan
rápido como ellos. Y los beneficios en el sector militar
eran mucho mayores que los que se podían conseguir en otros
sectores de la economía. Mientras que las inversiones en
economía civil ofrecen rendimientos del 2 al 5%, el sector
militar da a menudo rendimientos del 50%.
2. Los mismos problemas están presentes en el campo de
la inversión ecológica. Consideremos por ejemplo
una inversión en colectores solares. Si sólo nos
da un rendimiento del 2%, sería estúpido, desde
el punto de vista económico, invertir en esta tecnología
de calentar agua, por muy ecológica y sensible que sea,
cuando el banco nos da un 6% de rendimiento. El banco a su vez,
para ofrecer tales tasas de interés, tiene que invertir
en proyectos seguramente no muy ecológicos. Por tanto,
en la medida en que toda inversión tiene que competir con
el propio poder del dinero para hacer dinero en los mercados financieros,
la mayoría de las inversiones ecológicas, cuya finalidad
es crear sistemas sostenibles (es decir, que detienen el crecimiento
cuantitativo en su nivel óptimo, como muestra la curva
A en la figura 1), no tienen ninguna posibilidad de salir adelante.
La solución
A comienzos del s.XIX un comerciante alemán llamado Silvio
Gesell desarrolló una solución práctica para
eliminar los problemas causados por el interés. En lugar
de pagar a la gente una recompensa (interés) para que ponga
el dinero en circulación, Gesell sugirió que la
gente pagara una pequeña multa si no lo hacían.
Su idea era utilizar el dinero como un servicio público
en lugar de un bien privado.
Un ejemplo
Entre 1932 y 1933, la pequeña ciudad austríaca de
Wörgl comenzó uno de los primeros experimentos que
ha servido de inspiración para todos aquellos preocupados
con la cuestión de la reforma monetaria hasta nuestros
días. Al cabo de un año, 12.600 “chelines
libres” (es decir, chelines libres de interés) circularon
463 veces de media cada uno, creando así bienes y servicios
por valor de 2.547.360 chelines (12.600 x 463). En una época
en la que la mayoría de los países de Europa tenían
serios problemas con un número decreciente de empleos,
Wörgl redujo su tasa de desempleo en un 25% durante ese año,
los ingresos por impuestos aumentaron en un 35% y las inversiones
en obras públicas en un 220%. El municipio recaudó
también 1.512 chelines (un 12% del total en circulación)
como tasa por el uso del dinero. Este dinero se utilizó
exclusivamente con fines públicos, de manera que nadie
en particular se lucró con él, sino la comunidad
como un todo. De todas formas, el ritmo de circulación
del dinero estaba más determinado por la necesidad real
de intercambiar bienes y servicios que por la existencia de dicha
tasa. Si el municipio hubiera pedido prestados los 12.600 chelines
en el mercado financiero, hubieran tenido que devolver de 3 a
4 veces dicha cantidad en un periodo de entre 10 y 20 años.
Cuando, más tarde, otras 300 comunidades de Austria comenzaron
a interesarse en adoptar este sistema, el Banco Nacional de Austria
vió peligrar su monopolio e hizo todo lo posible para acabar
con esta situación. La acuñación de dinero
local se prohibió en todo Austria.
Posibilidades prácticas para nuestros días
Puesto que el 90% de las transacciones monetarias no son más
que números en un ordenador, las modalidades de pago actuales
harían que una “tasa de uso” del dinero fuera
técnicamente mucho más simple de implementar que
antes. Todo el mundo tendría dos cuentas: una cuenta corriente
y una cuenta de ahorro. El dinero en la cuenta corriente, que
está continuamente a disposición del propietario,
sería considerado como dinero en efectivo, y perdería
valor a razón de un 6% anual. Cualquiera que tuviera en
su cuenta corriente más dinero del necesario para el pago
de los gastos ordinarios en un mes, se vería instado, para
evitar el pago de la tasa de uso, a transferir la cantidad no
gastada a una cuenta de ahorro. Desde allí, el banco estaría
obligado a prestar este dinero a aquellas personas que lo necesitaran
durante un tiempo determinado, y por eso el dinero de la cuenta
de ahorro no estaría sometido a penalización.
El propietario del dinero no recibiría ningún interés
en su cuenta de ahorro, pero tampoco perdería valor. Igualmente,
la persona que recibiera un crédito no pagaría intereses,
pero sí pagaría una prima de riesgo y las cargas
bancarias usuales comparables a las que los bancos imponen en
la actualidad. Lo que supone un 2.5% de los costes del crédito.
De esta manera, muy poco cambiaría en la práctica.
Los bancos funcionarían como de costumbre, excepto que
tendrían más interés en dar préstamos,
porque también ellos estarían sometidos a la tasa
de uso, como todo el mundo.
Para prevenir la acumulación de dinero en efectivo, una
forma de hacerlo sería retirar una serie determinada de
billetes cada año, o todos los billetes cada dos años
sin previo anuncio.
La base de esta reforma consistiría en ajustar lo más
exactamente posible la cantidad de dinero creada y la cantidad
de dinero necesaria para poder realizar todas las transacciones
en el intercambio de bienes y servicios, dentro y fuera de un
área geográfica dada, una región o una nación.
El dinero seguiría entonces unas pautas de crecimiento
físico “natural” (curva A, en la figura1) y
nunca más, un crecimiento exponencial. Cuando se hubiera
creado el dinero suficiente para posibilitar todas las transacciones
deseadas, ya no sería necesario producir más.
Resultados que se podrían esperar
Dentro de un amplio contexto de transformación global de
valores y pautas de comportamiento, así como junto a otros
cambios en relación con la propiedad de la tierra y el
carácter de los impuestos, el cambio del sistema monetario
actual podría servir para pasar de un crecimiento cuantitativo
a un crecimiento cualitativo. Cuando la gente pudiera libremente
elegir entre guardar su dinero en una cuenta de ahorro en la que
mantendría su valor, o invertirlo en un hermoso mueble,
una obra de arte o en una casa sólidamente construida,
objetos que igualmente mantendrían sus respectivos valores,
bien pudiera ocurrir que prefirieran optar por dichas inversiones,
lo que sin duda enriquecería sus propias vidas. Además,
cuanto mayor demanda hubiera por estos bienes de contrastada calidad,
más se producirían.
De esta manera, se produciría una revolución total
de valores, que sin duda tendría efecto sobre las cuestiones
ambientales. Las inversiones en tecnología ecológica
podrían competir en el marco de una forma de vida sostenible
con dinero estable, que se prestaría sin esperar beneficios
innecesariamente grandes. Así, plantar un bosque pronto
sería económicamente posible —en lugar de
cortar el bosque y poner el dinero en el banco—, y sin duda
la mejor solución “económica” actualmente.
Mientras que en la actualidad el interés es una ganancia
privada, la tasa de uso del dinero sería una ganancia pública
relativamente pequeña (ver ejemplo de Wörgl), que
permitiría reducir la cantidad de impuestos necesarios
para llevar a cabo las tareas públicas.
Incluso el volumen de la actividad económica se podría
ajustar más fácilmente a las necesidades reales.
Puesto que no serían necesarios grandes rendimientos para
pagar los intereses, la presión actual para una producción
y consumo en exceso se reduciría considerablemente. Los
precios disminuirían en un 40%, porcentaje actualmente
destinado a cubrir los costes del capital. En teoría, el
80% de la gente podría trabajar la mitad para mantener
su estándar de vida actual. El 10% de la población
que ahora vive de las rentas no perdería su dinero, pero
dejarían de hacer dinero con su dinero y tendrían
que vivir de su capital, a menos que lo invirtieran en diferentes
negocios.
Las dos cuestiones críticas son: ¿Comprenderán
aquéllos que se benefician del sistema actual que la rama
en la que están sentados se alimenta de un árbol
enfermo y ayudarán a plantar un árbol nuevo y sano
antes de que el viejo se derrumbe? ¿Comprenderán,
antes de que sea demasiado tarde, aquéllos que actualmente
pagan mucho, que existe una alternativa para el cambio y que tienen
que trabajar juntos para llevarla a la práctica? En este
momento concreto, la introducción de un nuevo sistema monetario
cooperativo podría dar lugar a una situación en
la que todo el mundo saliera ganando. Contribuiría a desarrollar
por fin una economía mundial y una civilización
sostenibles.
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