|


|
En los países
del Sur, donde todavía mucha gente vive en pequeñas
comunidades, que son ecoaldeas de hecho, el objetivo principal del
GEN es ayudar a estas personas a resistir la influencia de la occidentalización,
que supone un mayor consumo de tecnología extranjera y el
aumento de la deuda, y consolidar una forma de vida que de por sí
es mucho más sostenible que la que se vive en los países
occidentales. Gracias a los nuevos conocimientos que aportan la
permacultura, la bioconstrucción, la economía solidaria,
etc., que el GEN difunde en el Sur a través de los Centros
de Vida y Aprendizaje (Leaving and Learning Centres), se pretende
aumentar también la calidad de vida de los pueblos del Sur
con un impacto mínimo sobre el entorno, a la vez que recuperan
o reafirman su autonomía y capacidad de decisión.
En el Norte, incluyendo aquí países desarrollados
y en desarrollo, la situación se invierte. La mayor parte
de la gente vive en las ciudades y de manera totalmente insostenible,
para muchos, incluso miserable. Las ciudades del Norte se han convertido
en sumideros de ingentes recursos, que en la mayoría de los
casos son traídos de lugares lejanos aumentando el gasto
en transporte y la contaminación por dióxido de carbono.
La huella ecológica de las ciudades occidentales es varias
veces superior al terreno que ocupan. Ted Trainer, investigador
australiano de la Universidad de Nueva Gales del Sur, afirma en
un artículo que si todos los pueblos del mundo vivieran como
vivimos en Europa o Estados Unidos, se necesitarían ocho
Tierras para satisfacer tanta demanda de recursos. En los países
ricos estamos utilizando unas cinco hectáreas de tierra productiva
por persona para satisfacer nuestras necesidades, cuando si tuviéramos
que dividir toda la tierra productiva del planeta por la población
mundial, apenas nos corresponde una hectárea.
Desde la Red Europea de Ecoaldeas (GEN-Europe) se está difundiendo
y apoyando el modelo de ecoaldea como una posible y valiosa alternativa
al sistema actual. Numerosos colectivos en toda Europa se han esforzado
en los últimos años en hacer coherente su forma de
pensar y su forma de vivir, creando las primeras ecoaldeas o simplemente
transformando comunidades y pueblos ya existentes en ecoaldeas.
Un centenar de ejemplos se hallan dispersos por la geografía
europea, de ellos, apenas media docena en España. Cada vez
más personas se sienten atraídas por esta forma de
vida, más respetuosa de la gente y del entorno, y buscan
lugares y proyectos en los que involucrarse. Los más atrevidos
se lanzan a la aventura buscando en el mundo rural un lugar donde
instalarse y crear una ecoaldea o unirse a un proyecto existente.
Las dificultades son enormes, pues los proyectos actuales son pocos
y sin apenas ayudas.
Pero ¿qué decir de los que por diversas razones no
pueden ni quieren abandonar la ciudad y, no obstante, siguen interesados
en adaptar su vida a un modelo más sostenible? ¿Es
posible crear ecoaldeas en la ciudad?
Algunos ejemplos de ecoaldeas urbanas
No sólo es posible, existen varios ejemplos de ecoaldeas
urbanas en distintas ciudades europeas. Christiania en Copenhague,
Ufa-Fabrik en Berlín, Wilhelmina Terrein en Ámsterdam
y Understenshöjden en Estocolmo, entre otras, forman parte
del reducido elenco de ecoaldeas urbanas. En todos estos casos se
trata de grupos de personas que viven en un mismo lugar dentro de
una ciudad y que comparten una misma visión, aunque sus experiencias
vitales hayan sido diferentes. En los dos primeros ejemplos se trata
de viejas ocupaciones que con el paso de los años se han
“legalizado”. Christiania se fundó en 1971, tras
la ocupación de unos antiguos cuarteles militares. En la
actualidad, unas mil personas viven ahí, compartiendo un
sistema de democracia directa y autogestión. Lo mismo se
puede decir de la Ufa-Fabrik, que existe desde 1979, después
de que un grupo de personas ocupara los terrenos de unos viejos
estudios cinematográficos. Unas 50 personas residen permanentemente
en el lugar, aunque el número de visitas anuales supera las
200.000. El caso de Wilhelmina es paradigmático. Se trata
de un antiguo hospital que iba a ser demolido. Gracias a la activa
labor de un grupo de personas se consiguió que las autoridades
cedieran el edificio y el terreno adyacente para iniciar un proyecto
social y de vida. En la actualidad casi cien personas de muy diversa
procedencia viven en régimen de alquiler (muy barato) en
edificios renovados y cuidados jardines, en un lugar en el que han
creado diferentes empleos: una guardería, una fábrica
de futones, un taller de juguetes, una tienda de decoración…
y en el que se han asentado diferentes organizaciones sociales,
ambientales y de desarrollo. Por su parte, Understenshöjden
comenzó como un proyecto de eco-urbanización (cohousing),
que poco a poco fue evolucionando hacia una ecoaldea al desarrollar
con mayor intensidad sus características sociales. Cuarenta
y cuatro familias, distribuidas en catorce casas de una y dos plantas,
viven en el lugar.
Cualquiera de estos modelos es válido y aplicable en cualquier
ciudad española. La ocupación es posible si el grado
de cohesión y conciencia social es alto y se tienen objetivos
claros, aunque a medio plazo sea imprescindible conseguir “legalizar”
la situación para evitar el desgaste que supone la incertidumbre
del desalojo. Para que un modelo sea válido no se puede dedicar
todo el tiempo a resistir, es necesario en un momento u otro pasar
a una nueva fase de construcción de una alternativa.
La compra de un terreno urbano es también una buena posibilidad
si se tienen los medios para hacerlo. A partir de ahí, la
permacultura puede ayudar en el diseño, las casas pueden
ser autoconstruidas y con materiales naturales, se puede crear un
centro social que favorezca los encuentros y la convivencia. El
problema en este caso es superar todos los obstáculos legales
a la hora de conseguir permisos. En España, la ecoaldea Valdepiélagos
constituye un buen ejemplo de ecoaldea periurbana.
Con todo, para muchas personas, probablemente para la mayoría,
ni una ni otra opción son posibles. Faltos de tiempo y del
compromiso necesario para la ocupación, faltos de dinero
para la compra y ejecución de una ecourbanización,
y obligados a permanecer en la ciudad, andan perdidos en su búsqueda
de alternativas sostenibles al sistema actual.
Una ecoaldea es ante todo un espacio de convivencia
Por ello, es fundamental extender el concepto de ecoaldea urbana
en una línea que sea factible para esos millones de personas
que viven en la ciudad, cuya intención no es ocupar nada,
ni irse al campo, ni construir una ecourbanización. La clave
está en reconocer que una ecoaldea es sobre todo un espacio
de convivencia en el que se comparten cosas, un espacio en el que
se desarrolla la comunidad, y que ese espacio no es necesariamente,
o no solamente, un espacio físico. En definitiva, cualquier
grupo de personas que viviendo en un barrio de una ciudad se reconozca
como grupo con un objetivo común, con un firme deseo de compartir
cosas (tiempo, recursos, valores, afectos, etc.) y de avanzar en
la consecución de un mundo más sostenible, puede ser
una ecoaldea. El problema no es que ese grupo haya de compartir
el espacio físico con otras personas de la misma ciudad o
barrio, el verdadero problema es que el espacio urbano lo hemos
ido perdiendo poco a poco en beneficio de un ente abstracto que
responde a la lógica de la producción, la especulación
y el uso del tiempo como algo que no se puede perder. Reapropiarse
del espacio urbano, ocupar la calle y los espacios públicos,
perder el tiempo con la gente, debería ser la primera tarea
de quien quiera formar una ecoaldea en la ciudad.
Crear o robar a la ciudad espacios para la convivencia, para el
juego y las relaciones, para celebrar fiestas y ritos, pero también
para procesar problemas y conflictos o llorar ausencias, es un primer
paso imprescindible para transformar las ciudades y barrios en ecoaldeas.
A partir de ahí, se puede llegar tan lejos como se esté
dispueto.
Autosuficiencia alimentaria en la ciudad
La autosuficiencia en las ciudades no es más difícil
que en el campo. Muchos descampados se pueden convertir en productivos
huertos aplicando técnicas de permacultura y agricultura
ecológica. Además de producir alimentos sanos, pueden
servir como lugar de aprendizaje y experimentación para niños
y jóvenes y lugar de encuentro con la sabiduría de
los ancianos. La ciudad de La Habana, en Cuba, es un buen ejemplo
de cómo es posible, cuando la necesidad aprieta, aprovechar
patios y jardines para cultivar toda la verdura que una familia
necesita en un año. En climas moderados, un pequeño
balcón, al que se pueda adaptar un invernadero, tiene espacio
suficiente para garantizar las necesidades de hortalizas de una
familia.
Por si esto fuera poco, en muchas ciudades de Estados Unidos y recientemente
en Europa, se está empezando a poner en marcha lo que se
llama Agricultura Apoyada por la Comunidad. La idea es simple: un
grupo de personas encarga a uno o varios agricultores de los alrededores
que produzca alimentos para ellos, a cambio de una cantidad de dinero
que estas personas entregan al agricultor al principio del año.
El agricultor vive con ese apoyo, sin preocuparse de los vaivenes
del mercado, y a cambio suministra a esas personas verduras frescas
y hortalizas cultivadas ecológicamente.
De esta manera, no sólo es posible conseguir alimentos sanos,
sino cualquier otro producto que necesitemos. Lo primero es simplificar
nuestra vida y reducir nuestras necesidades de tecnología
sofisticada, que normalmente lleva implícita una gran cantidad
de energía en su elaboración. Tras esta primera revisión,
podemos buscar aquello que realmente necesitamos entre los artesanos
de los alrededores, apoyando la fabricación artesanal y la
pequeña industria. Los Grupos de Autogestión del Consumo,
GAC, como los que ya existen en varias ciudades, pueden ser muy
útiles para establecer relaciones con grupos de artesanos
y pequeños fabricantes, consiguiendo de ellos productos hechos
con materiales sanos y en condiciones laborales justas.
Reciclado y ahorro de energía
El ahorro de energía, utilizando colectores solares para
el agua caliente, cocinando con el sol siempre que sea posible,
aislando bien las viviendas, utilizando al mínimo los aparatos
que consumen electricidad, desplazándose a pie o en bicicleta
en lugar de utilizar el coche, etc.; el ahorro y limpieza del agua,
no arrojando productos sólidos ni tóxicos por los
desagües; el reciclaje de la basura, incluida la materia orgánica
para hacer compost… Todo ello son ideas que ya se están
poniendo en marcha por los ayuntamientos, pero que están
todavía muy lejos del ideal. En permacultura se dice que
en la naturaleza todo se recicla, que no existe el concepto de basura
porque los “desechos” de cualquier sistema son utilizados
por otro. Nosotros estamos muy lejos de esta situación, pero
para los candidatos a formar una ecoaldea urbana ésto debería
ser una prioridad. Muchos de los objetos que tiramos a la basura
se podrían llevar a un centro de intercambio, que habría
en cada barrio, en el que la gente depositaría todo lo que
le sobrara en casa, a la vez que se podría llevar todo lo
que necesitara. Los centros que acumularan demasiado podrían
ceder sus existencias a otros centros donde hubiera más demanda.
Hacia una economía urbana solidaria
Fomentar el intercambio, el trueque, el apoyo económico solidario
de proyectos es así mismo fundamental para convertir un barrio
en una ecoaldea urbana. En ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza…
existen asociaciones de financiación solidaria, grupos de
apoyo a proyectos, GAP, que funcionan todavía muy por debajo
de sus posibilidades.
Para quienes desean formar una ecoaldea urbana existen varias posibilidades
a la hora de gestionar su economía, que van desde compartir
todos los recursos hasta compartir solamente recursos para algunos
proyectos, pasando por la existencia de diversas cajas comunes,
etc. Todo mejor que tener el dinero en el banco engordando la cuenta
de sus principales accionistas, quienes no muestran ningún
escrúpulo en multiplicar sus beneficios a través de
inversiones especulativas o de simple y pura explotación
en países del Sur. También es fundamental fomentar
el autoempleo, las cooperativas y crear pequeños negocios
que favorezcan la circulación interna del dinero y una justa
redistribución de la riqueza.
Todo un mundo de posibilidades
Un grupo de personas suficientemente amplio, viviendo en un barrio
de una ciudad, todavía puede hacer muchas más cosas,
casi tantas como su imaginación se lo permita. Podrían
crear una escuela para sus hijos en la que se siguiera un determinado
modelo pedagógico (Montessori, Waldorf, Paideia, etc.). Los
profesores podrían cobrar su salario parte en dinero y parte
en especies, viviendo en el centro social, recibiendo la cesta de
hortalizas, utilizando el club de trueque, etc. Se podría
crear un centro natural de salud, formado por especialistas en medicina
natural y holística, en diversas psicoterapias, en yoga y
otras técnicas de relajación y crecimiento espiritual,
etc. Se podrían organizar todo tipo de celebraciones, actividades
lúdicas y de entretenimiento.
Se trataría en definitiva de recuperar la comunidad, de romper
con nuestro cómodo individualismo, aceptando que el espacio
de la convivencia es difícil, lleno de temores y conflictos,
pero sabiendo que los inevitables conflictos que surjan son una
posibilidad para seguir creciendo y que las recompensas son muchas.
Creo sinceramente que tenemos que dar este paso, nuestra existencia
como seres humanos está en juego.
|