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La dificultad
del consenso. Del poder de unos al poder para todos
Este artículo
pretende responder en parte a una pregunta que me han hecho muchas veces
en talleres de consenso: ¿por qué resulta tan difícil
tomar decisiones por consenso? Es evidente que el desconocimiento de lo
que significa realmente el consenso y de las técnicas y herramientas
que lo facilitan es ya una respuesta. Durante un tiempo ha sido mi única
respuesta. Pero tras enseñar en los últimos años
estas técnicas a muchos grupos de personas y comprobar que les
sigue resultando difícil llegar a acuerdos consensuados, me he
planteado si no habrá razones más profundas que hacen extraordinariamente
difícil tomar decisiones consensuadas.
Estas reflexiones me han llevado a considerar el tema del poder como dificultad
fundamental para el consenso. Resulta interesante comprobar que la mayoría
de la gente vive el poder como algo ajeno y que infunde respeto, cuando
no temor por la posibilidad de sufrir sus consecuencias en forma de agravios,
abusos o injusticias. El poder está entonces en los padres, en
la fuerza física del otro, en las manos del jefe de la empresa,
en la policía, en los dirigentes de los gobiernos, en las instituciones,
en ciertos organismos internacionales… Su poder está en su
capacidad para disponer lo que otros deben hacer y que inevitablemente
hacen, sea porque consideran legítimo este poder y sus decisiones,
sea por evitar las consecuencias de un enfrentamiento que consideran desigual.
Todos somos conscientes del poder que otros ejercen sobre nosotros, de
cómo nos afectan las decisiones que otros toman por nosotros, de
las injusticias que se cometen sobre nosotros. Contra un poder abusivo
nos rebelamos, tratamos de hacer valer nuestros derechos, nos unimos con
nuestros semejantes en una lucha común contra la opresión.
Enfrentarse a los abusos de poder es sin duda necesario, sobre todo cuando
se dan en relaciones jerárquicas que se aceptan por necesidad pero
no por convicción (como ocurre con el trabajo), pero ¿qué
ocurre cuando formamos parte de un grupo de iguales, en el que todas las
decisiones se toman en asamblea con la regla de una persona, un voto?
¿Por qué sigue habiendo abusos de poder? ¿Quién
tiene el poder en un sistema aparentemente tan igualitario? No basta decir
que la culpa de todo la tiene la regla de la mayoría, que pone
el poder en una parte del grupo en detrimento del resto. Las minorías
también pueden abusar haciendo un uso indiscriminado del derecho
de veto. En realidad, en este caso no cabe seguir poniendo excusas echando
la culpa a algo o alguien siempre ajeno a nosotros. En un grupo de iguales
el poder está en nosotros, en cada uno de nosotros. Somos nosotros
los que queremos que las decisiones se tomen de acuerdo a nuestro criterio
o intereses, somos nosotros los que con mayor o menor ahínco defendemos
nuestras posiciones y criticamos las de los demás, somos nosotros
los que sutílmente amenazamos o camelamos al grupo para imponer
nuestros valores, opiniones o creencias. El poder está en nosotros
y lo utilizamos de muchas maneras, con la palabra y el silencio, con la
defensa activa y abierta de nuestra posición y con el aparente
distanciamiento y la queja, con las alianzas visibles y con otras invisibles.
En un grupo de iguales todos tenemos poder (lo que no quiere decir que
todos tengamos la misma capacidad de influir en el grupo). Y eso es lo
malo.
¿Es malo tener poder? Que el poder se distribuya por igual entre
todos los miembros de un grupo no sólo no es malo, es necesario.
Necesitamos este poder individual para evitar cualquier deriva totalitaria,
cualquier situación de abuso. Un grupo que toma las decisiones
por consenso da a todos sus miembros la posibilidad de defenderse de una
injusticia que el grupo puede estar cometiendo, tal vez sin advertirlo.
El problema no está en disponer de este poder individual. El problema
está en nuestra incapacidad para ir más allá de este
irrenunciable poder individual, que casi siempre mostramos en forma de
poder “contra” algo o alguien, hacia un poder colectivo que
sería ante todo un poder “para” hacer algo en beneficio
de todos. La pregunta inicial de por qué nos resulta tan difícil
tomar decisiones consensuadas se plantea ahora en estos términos
¿por qué no somos capaces, o nos cuesta tanto, canalizar
nuestro poder individual hacia una búsqueda colectiva de posibles
soluciones a los conflictos de intereses que existen en todo grupo y nos
resulta sin embargo tan fácil utilizarlo para defender posiciones
que consideramos irrenunciables a sabiendas de sus efectos claramente
destructivos sobre el grupo y en último término sobre nosotros
mismos? ¿Por qué nos empeñamos en mantener una posición,
un valor o un ideal que, por muy importante que sea para nosotros, no
es algo compartido, sino fuente de conflicto que nos debería llevar
a buscar una solución entre todos, antes de permitir la destrucción
del grupo del que somos parte y aceptar resignadamente el dolor y el sufrimiento
que tal destrucción nos produce? ¿Por qué es tan
popular y actual una frase como “antes morir que dar mi brazo a
torcer”?
No creo que sea fácil responder a estas preguntas. Se repite hasta
la saciedad que necesitamos ser flexibles y tolerantes. Flexibles para
modificar nuestra posición, tolerantes para respetar la de los
demás. Pero la intención de la pregunta no está recogida
en esa respuesta. La pregunta se refiere a un poder que tenemos y que
raramente convertimos en poder colectivo, de un poder de unos que no alcanza
a ser un poder para todos. Es evidente que algo del egoísmo e individualismo
que caracteriza la civilización actual está en la base de
nuestra incapacidad para lo colectivo. Pero ni siquiera una actitud así
es consistente. Porque si de lo que se tratara en última instancia
fuera realmente obtener lo mejor para cada uno de nosotros, cualquier
conducta que potencie lo colectivo tiene, a la larga, consecuencias individualmente
más beneficiosas, ya que como individuos nos veríamos favorecidos
por la prosperidad y riqueza del colectivo del que somos parte, mientras
que una actitud intrínsecamente egoísta, que pueda incluso
llevar a la destrucción del grupo, supone también un daño
irreparable para cada uno de nosotros como individuos.
Una respuesta completa a la anterior pregunta es por supuesto imposible
en el marco de este corto artículo. Influyen muchos factores que
van desde la propia historia personal hasta la psicología de los
procesos de grupo. Lo que quería resaltar es que todas las personas
que forman parte de un grupo de iguales tienen por ello en sus manos un
valioso poder, un poder que si utilizamos con una visión amplia
y constructiva se convierte en una poderosa fuerza colectiva capaz de
conseguir cualquier cosa. Si todos los que formamos parte de un colectivo
fuéramos conscientes de ello, fuéramos conscientes de lo
limitado que es el poder de cada uno y de las ventajas del poder para
todos, entonces, sin duda, sería más fácil alcanzar
consensos.
© José
Luis Escorihuela "Ulises y EcoHabitar. Prohibida la reproducción
sin autorización expresa
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