Es
esencial para el bienestar de los habitantes y para el medio ambiente.
Desde el punto de vista de la bioconstrucción, es fundamental conocer
la calidad biológica de los material, determinada por una serie
de parámetros de sostenibilidad:
• No deben ser tóxicos, ni para los usuarios ni para el medio
ambiente.
• Su nivel de radiactividad deben ser bajo, con concentraciones
escasas de gas radón y sin emitir partículas alfa, beta
y gamma. A su vez han de ser permeables al campo de radiación natural
(que no alteren el campo magnético natural de la tierra).
• No deben acumular electricidad estática.
• Debe tener capacidad de aislamiento, determinada por su estructura
interna con aire ocluido en su interior.
• Deben poseer inercia térmica o capacidad de almacenar calor
o frío, para compensar así los contrastes de temperatura
entre el día y la noche, creando un clima interior estable, muy
adecuado en zonas continentales.
• Deben ser transpirables (permeables al vapor, con capacidad de
difusión), e higroscópicos (capaces de absorber, retener
y evaporar la humedad).
Además de estas características, es importante conocer sus
condiciones de uso y colocación, recuperables o reciclables.
En Arquitectura sostenible es fundamental conocer los tipos de impacto
medioambiental en los que incidimos al elegir un material concreto.
• Debemos elegir materiales que no transmitan elementos tóxicos
o contaminantes al agua y potenciar los mecanismos que permitan su ahorro,
la reutilización del agua de lluvia o la depuración de las
aguas grises.
• Debemos adoptar soluciones que reduzcan la emisión de los
gases causantes del efecto invernadero y desechar el uso de materiales
de aislamiento que incorporen CFCs o HCFC; como el poliestireno extrusionado
y el poliuretano, que deterioran la capa de ozono e incrementan los niveles
de C02. Los materiales que emiten compuestos orgánicos volátiles,
gases de difícil combustión, formaldehídos, radiaciones
electromagnéticas o gases tóxicos, también deben
ser desechados, ya que deterioran el ambiente interior de los edificios
y perjudican la salud de sus ocupantes.
• El gasto de energía que supone un material se asocia a
toda su vida útil: desde la energía consumida en su producción
o proceso extractivo y transporte, hasta su destrucción. El consumo
de energía tiene una doble repercusión medioambiental: por
un lado se consumen recursos limitados y de lenta regeneración
y, por otro, se emiten a la atmósfera sustancias nocivas como el
C02. El uso de energías renovables es una solución completa,
ya que éstas actúan sobre ambos parámetros.
Asimismo, existen otras opciones para reducir el consumo de energía,
como la elección de aparatos de bajo consumo energético,
el uso de aislantes térmicos, la adopción de procesos de
fabricación de bajo consumo energético o la cogeneración.
• La mayor parte de los recursos naturales son finitos o su proceso
de reposición es muy lento y pueden llegar a agotarse. Además,
debemos preferir aquellos cuyos procesos de extracción sean más
respetuosos con el entorno y los de larga vida útil. Las materias
renovables son las que tienen un ritmo de crecimiento proporcional al
nivel de consumo y, una vez usadas, vuelven a estar disponibles en un
periodo inferior a cien años. Es preferible utilizar materiales
procedentes de recursos renovables, como la madera de los bosques gestionados
de forma sostenible. La reutilización y el reciclaje son también
opciones válidas.
• Los residuos generados por los materiales de construcción
al final de su ciclo de vida, pueden originar serios problemas medioambientales
ya que suelen almacenarse en vertederos, con la consiguiente emisión
de sustancias nocivas en su degradación, siendo difícil
su separación por su heterogeneidad. Por tanto, utilizar materiales
reciclables o que contengan otros que lo sean, es un aspecto a tener en
cuenta.
La valorización de materiales procedentes de la demolición
y el derribo de edificaciones debe realizarse de dos formas, ya sea mediante
la reutilización directa sin ninguna transformación, más
deseable medioambientalmente (por ejemplo: los sanitarios procedentes
de un derribo) o mediante el reciclaje, que tras alguna transformación
convierte el material en otro producto, por ejemplo: los áridos
de hormigones reciclados. La última opción es la más
aplicada, aunque supone un coste energético asociado al proceso.
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