Amalurra la convivencia responsable

Con su proyecto de Hotel Rural intenta trascender lo “alternativo” para formar parte de la sociedad común y mayoritaria.

Una de las peculiaridades de la comunidad AMALURRA, nombre vasco que significa Madre Tierra, es que está liderada por una persona, una mujer. Quizás este hecho lleve a los más puristas de lo “alternativo” a un juicio precipitado, desde el descrédito de las jerarquías o la organización vertical. Pero cuando penetramos en el entramado esencial de este modelo entendemos que estamos delante de un experimento humano basado en el amor y evolución personal, perfectamente válido puesto que empiezan por el principio, ellos/ellas mismos/mismas. Su proyecto de hotel rural y albergue rural introduce otra provocación: pasar de lo minoritario y críptico, que casi por definición significa una comunidad, para vibrar al unísono con la sociedad en su totalidad.

El embrión de la Comunidad fue un grupo de mujeres que se reunía en Bilbao una vez por semana para profundizar en el mundo de las emociones porque “somos seres sintientes y sin embargo a menudo no sabemos lo que sentimos” fueron las palabras que Irene Goikolea pronunció en aquella primera reunión. Irene es la coordinadora del grupo e impulsora del proyecto, ella se inspiró en la figura de Regina (1).
El esfuerzo de desbloquear los sentimientos les llevó a tomar decisiones personales drásticas, como rupturas y cambios de actitudes que despertaron el reproche y la desaprobación de sus allegados y conllevó una imagen pública deteriorada y calumniada que reflejaba más la incomprensión de los de fuera que la realidad del grupo. De hecho hoy cuando todo aquello está superado y los frutos de su trabajo visibles, el ambiente sereno, alegre y limpio que se respira entre ellos/ellas, corrobora sus aciertos y ha eliminado de raíz toda duda sobre sus objetivos.

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Trabajar con los espejos
El objetivo central del grupo, bajo el liderazgo de Irene fue sanar la vida cotidiana, “entendemos que la sanación se da en el presente. Partiendo de ese momento íbamos a concientizar el pasado, sus vivencias, la infancia, las amistades, la familia….”
“Sanar la vida cotidiana significa aceptar nuestros orígenes, nuestro pueblo, nuestra tradición, nuestra condición humana (entendida como nuestra parte más negativa), aceptarlo no solo mentalmente sino celularmente, a base de todas estas experiencias cotidianas vividas más conscientemente. Porque pensamos que esta es la base para plantearse unas relaciones más saludables tanto con las personas como con el entorno, como con nuestro espíritu. Gracias a todo esto es posible una comunidad entendiendo la comunidad como el encuentro diario de todo esto”.

 

Buscar la manera de hacer comunidad
“A los dieciocho años hice mi primer intento de comunidad y fracasó. Yo provengo de una generación en la que muchos tuvimos el ideal de la comunidad y debido a tantos intentos que quedaron frustrados mi generación dejó de creer en este ideal, pero hay que buscar la manera, porque si es algo que ha estado en nuestro corazón, es un ideal posible”.
Sin embargo incluso Irene había olvidado ese sueño, pero los mismos pasos, la propia implicación fue marcando el rumbo hasta llegar a plantearse de nuevo este objetivo de la comunidad. El grupo inicial, que se ha mantenido prácticamente intacto después de abandonos, reincorporaciones y nuevas incorporaciones posteriores, no sospechaba cuando iniciaron su andadura hace nueve años que su aprendizaje les llevaría a vivir en el campo como comunidad. Durante años, las 14 parejas, catorce niños y siete adolescentes que en estos momentos viven en AMALURRA (cuatro parejas más se incorporarán en breve), se limitaron a reunirse todas las semanas (los hombres formaron su grupo también guiado por Irene, con lo que suponía para ellos superar el arquetipo y aceptar un liderazgo femenino) para avanzar en su desarrollo personal.
“Muchos de nosotros éramos gente comprometida en diferentes ámbitos con el ideal de cambiar el mundo, pero al ver que no podíamos cambiarlo, decidimos tratar de cambiar nosotros mismos. Vimos nuestros prejuicios uno por uno y nos quedamos en chasis. He basado todo el trabajo en estas bases: Hacer las paces con todo”. Como explica Irene la clave de este trabajo pasa por aceptarse, integrando todas las partes, las que nos gustan y las que intentamos esconder y a partir de ahí estamos en condiciones de aportar, en caso contrario transmitiremos algo falso, una máscara que tarde o temprano entrará en conflicto con nosotros/nosotras mismos/mismas.
Durante este proceso en el que cada uno se iba enfrentando a sus prejuicios y entendiendo los mecanismos de funcionamiento de la naturaleza humana, hubo muchas separaciones y rupturas en las relaciones, a pesar de que el objetivo siempre había sido la restauración y no el término de las mismas. “Sin embargo, son muchas las ocasiones en las que antes de alcanzar la unión, hay que atravesar muchas situaciones de desunión”. Si bien, hoy en día, todas las parejas se mantienen juntas. Tras la unión vieron necesario cambiar de entorno, dejar atrás los lugares donde habían vivido y comenzar algo nuevo, con el entusiasmo proveniente de estos primeros pasos de restauración, y fue entonces cuando surgió la idea de formar una comunidad, una nueva plataforma que ayudase a transformar las dificultades y la aspereza del pasado. Así fue como se decidieron a adquirir un terreno y materializar lo que ya para entonces había sido el sueño de muchos en su juventud: Una comunidad en el campo.

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La construcción
Cuando conocieron las 10 Ha que hoy es AMALURRA, dentro del término municipal de Arcentales al noroeste de Vizcaya, sintieron que era el lugar que buscaban, conscientes de que se trataba de un reto más que de un cuento rosado. Desde entonces han transcurrido seis años y hace tres que los componentes del grupo habitan el lugar.
La comunidad AMALURRA rehabilitó los edificios existentes, una casa indiana donde construyeron sus viviendas, en total nueve pisos, el molino que sirve a Irene y su familia de casa, las cuadras que han transformado en una novedosa fórmula de hospedería rural (Hotel y albergue) y levantaron nuevas edificaciones como la sala de meditación construida bajo tierra para no romper el entorno y cubierta con un estanque y la más moderna de sus construcciones: el restaurante.
Emplearon la más antipráctica fórmula de construcción, se trataba de ver en cada muro mal levantado, cada escalera mal terminada o cada estancia mal diseñada el reflejo de lo que no estaba bien en ellos mismos, sin dejar en manos de la casualidad nada de lo que ocurriera a nivel material o de construcción. Se trataba de ver en cada defecto, en cada error una oportunidad para mirar hacia dentro y así identificar cual o cuales eran las herramientas internas que cada uno había puesto en funcionamiento a la hora de construir aquello, además de la buena voluntad.
Por lo tanto, en paralelo a la concreción externa, había un proceso de concientización. “Todo lo que hacíamos a nivel de construcción lo hacíamos dentro de nosotros mismos, derribar un muro mal hecho se convirtió para nosotros en deshacer algo erróneo dentro de nosotros mismos, y aunque hacer dos o tres veces cada cosa no parece económicamente muy rentable sí conseguimos que el lugar transmitiese muchas cosas, entre ellas el cariño y el buen hacer que hemos puesto en cada pequeño detalle”.
Irene como visionaria del proyecto buscaba la perfección sutil y vibracional más que técnica  “Queríamos un espacio abierto a  todo tipo de gente y ¿Cuál era el lenguaje que entiende todo el mundo? El del cariño, el de la acogida. No queríamos contar a la gente lo que habíamos hecho sino transmitírselo”.
“De esta manera hemos tratado de hacer una ecología en nuestros propios cuerpos, en nuestra propia vida. El resultado de todo este proceso ha sido una mayor conciencia y consiguientemente una mayor aceptación de nuestros defectos y errores para así poder responsabilizarnos de nuestras acciones y de sus consecuencias. Hemos comprendido que solo la responsabilidad de nuestros actos será lo que pueda enderezar el futuro de nuestras vidas y por ende del devenir de esta tierra, trayendo consigo la paz y la armonía que tanto añoramos”.
Desde este camino de corazón opuesto a la exaltación personal o la búsqueda del reconocimiento ajeno han conseguido transmutar el efecto negativo de los materiales convencionales empleados o conseguir los efectos de la bioconstrucción desde la comprensión y no desde la técnica, que no emplearon por desconocimiento y porque  “no hubiera sido coherente. No estamos en una comunidad concebida desde la ecología, pero entendemos que llegará en su momento como resultado de una mayor conciencia ecológica integrada”. De hecho el diseño de los jardines y la armonización de los espacios parecen responder a técnicas de Feng Shui que intuitivamente han sabido incorporar.
En esta búsqueda además de plantar 4.000 árboles y cuidar los jardines ya han decidido reconvertir todo el sistema eléctrico y adaptarlo para utilizar la energía solar, y a través de un pozo séptico reciclar todas las aguas para regar las futuras huertas, de las que dispondrá cada familia.
Los actuales propietarios han respetado el antiguo altar de los frailes, últimos moradores de la finca, y también han construido un temascal heredado de la Tradición Roja que completa el paisaje por el momento, porque la visión inagotable de Irene ha emprendido ya otro proyecto que consiste en un lugar llamado “Punto de Encuentro”, en el que el ocio y el relax tendrán su espacio, abierto no solo a huéspedes y visitantes sino también a vecinos y turistas. Constaría de sauna, cabinas de masajes y tratamientos así como una cafetería donde reunirse, encontrarse, tomar alguna bebida natural o picar algo.

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Funcionamiento interno
En cuanto a la toma de decisiones Irene encarna “el recipiente de la idea” y el grupo el contenido, de forma que ella es la voz y el resto la inspiración. Para ello la comunicación es fundamental y el sentir de todos y cada uno de ellos/ellas no pasa desapercibido para alguien que intenta crear un proyecto basado en la propia evolución del grupo, así como en la resolución de cualquier conflicto tanto a nivel de relaciones como de otra índole.
“Aquí no hay grupitos, es solo un grupo. Los grupitos se forman en torno a la proyección de un problema que se enquista. Al resolverse los problemas el grupo se mantiene como unidad” como matiza Irene y corrobora el resto. Además este colectivo cuenta con una aliada que les aúna y les fortalece en los momentos de flaqueza: la fe. Que viene a ser la tela de araña de su coherencia como grupo.
En cuanto a la organización funcional tanto el trabajo del restaurante y la hospedería, como el trabajo comunal se planifican según la disponibilidad de cada cual y de forma voluntaria. El tema de los/las niños/niñas y adolescentes está perfectamente controlado y las tareas de cuidado, alimentación y transporte repartidas entre los progenitores.

Economía
La economía es individual de cada familia, aunque la inversión realizada ha sumido en un crédito colectivo a todos sus miembros al que hacen frente según sus posibilidades, si bien el objetivo final es que cada familia asuma la parte que le corresponde en su totalidad.
Ninguno de ellos/ellas ha abandonado sus antiguos trabajos, unos se desplazan a Bilbao diariamente y otros trabajan en localidades más o menos cercanas, solo una persona está liberada dentro de la comunidad para atender a los niños por las mañanas y llevarlos a la escuela del pueblo Arcentales, que se mantiene abierta gracias al aumento de niños que la llegada de ellos ha supuesto, sumados a los ya existentes.

Futuro
De cara al futuro la comunidad quiere garantizar y perpetuar el proyecto, como explica Irene: “Sería mi deseo que fuera un ente que sobreviva a las generaciones, y asegurarlo de algún modo para que nadie se beneficie de esto en lo personal”.
La comunidad AMALURRA permanece abierta a aquel que quiera participar en este incipiente proyecto, siempre y cuando mantenga el compromiso con su propio trabajo interno y personal, creciendo en el lugar en una relación mutua de dar y tomar.
Es la visión de AMALURRA convertirse en “una escuela donde aprendemos a hacernos responsables de lo que pasa en nuestra propia vida y dejemos de ser víctimas para convertirnos conscientemente en actores”, así pues el objetivo final es llevar a la práctica lo aprendido en este marco donde todo pertenece al plano de la consciencia.
En este sentido su trayectoria es una aportación a la humanidad “todo lo peor que hemos visto en la gente, lo hemos visto en nosotros y eso nos ha ayudado a aceptar nuestra propia humanidad porque abrazarla es comprender y aceptar lo más negativo de uno mismo. En el momento que eres capaz de abrazar lo que más has escondido estás en el camino de dar lo más bello de ti que es el amor y la comprensión”. y

1.- Una mujer que vivió en México y trabajó intensamente hasta entregar su vida por el despertar de lo femenino en la Tierra, cuyo testimonio ha sido difundido por el escritor Antonio Velasco Piña.

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El color de la serenidad, la dignidad, la belleza…
“El proyecto de hotel rural es compartir este bello lugar y compartirnos a nosotros mismos, el objetivo era unir “cielo y tierra”, al principio no sabíamos bien como íbamos a hacer para aceptar nuestra espiritualidad sin rechazar lo material”. De hecho el logotipo de AMALURRA, una tortuga entre el azul y el verde intenta también transmitir este concepto de unión cielo/tierra.

En esta búsqueda la hospedería va más allá de una forma de autofinanciarse, intenta sobre todo evitar el aislamiento que puede conllevar una vida en comunidad e integrarla en la sociedad como una parte más de ella. Solo cuando esa forma alternativa de vida va madurando y reencontrándose con la sociedad, integrándose en la misma, es cuando puede ser aceptada aportando y siendo aportada por lo ya existente.
El proyecto combina hotel y albergue “para no limitarnos a un determinado tipo de gente”. En el hotel cada una de la diecisiete habitaciones tiene un nombre, un color, un ambiente, relacionados con virtudes como: serenidad, dignidad, belleza, fuerza, …  y a juzgar por las impresiones que los huéspedes han dejado en el libro de citas han conseguido transmitirlas. El albergue dispone de cuarenta y cuatro camas distribuidas en estancias de seis o siete camas y mantiene el mismo ambiente armonioso que el hotel. Además cuenta con dos salas multifuncionales que lo convierten en un excelente lugar para grupos que busquen un lugar para seminarios.
Para construir siguieron el mismo procedimiento que usaron con sus viviendas de forma que cada habitación ha tenido un proceso relacionado con lo que intentaban que transmitiera. Algunas como la habitación de la dignidad fue pintada quince veces hasta sentirse satisfechos del resultado. “La gente que ha trabajado ha tenido también su propio proceso, hemos visto en nosotros/nosotras mismos/mismas las distintas fases”. La inocencia y el entusiasmo han sido en este caso sus mejores aliados ya que les salieron casi a la primera.
La pregunta previa que se hicieron antes de emprender las obras fue: “¿Qué podemos darle a la gente para que se sienta bien?” un color, un olor, un poema, una virtud que les acompañe toda una noche… sabedores de que “la energía aunque no se vea se siente y a veces con más fuerza”. Y así han conseguido estancias sencillas llenas de lujo gracias al cariño que emanan.
Por si fuera poco todavía queda otra lección por aprender a través de este proyecto: “El hotel nos hace enfrentarnos a la primera cualidad, la hospitalidad y al revés transformar la hospedería, algo usual y corriente en algo excelso”.
El restaurante ubicado en otro edificio de estilo moderno completa el servicio hostelero. De formas geométricas con espacios abiertos y luminosos tiene capacidad para ciento ochenta personas y está diseñado y decorado de tal forma que puede adaptarse a distintas necesidades. Las grandes puertas acristaladas pueden mantener una doble atmósfera de interior/exterior cuando el clima lo permita. Una vez más han aplicado su fórmula mágica: “la satisfacción de lo hecho es lo que nos proporciona placer a la hora de darnos desinteresadamente”.

http://amalurrablog.com/

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3 thoughts on “Amalurra la convivencia responsable

  1. Buenas tardes.
    Quisiera comprender un poco más del tipo de vida que vivieron mis tatara abuelos. Ama Lurra, valores de la Madre Tierra.
    Soy chileno y vivo en Santiago,hace tiempo me inquieta vivir en un futuro lejos de la ciudad y visitando vuestra pagina web me encontré con la interesante y provechosa experiencia que han vivido ustedes. Me gustaría leer fuentes de inspiración desde donde bebieron los primeros creadoras de este proyecto AMA LURRA (Madre Tierra). Solidaridad , comunidad son principios poco cotidianso para alguien que vive en una ciudad y trabaja como Camarógrafo de un canal de televión como yo.
    Fraternalmente.
    Tonio Freire Larraguibel.

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