Al sur del idealismo: la búsqueda de la autosuficiencia en La Alpujarra

Un ejemplo de vida sencilla, bioconstrucción y que apuesta por la sostenibilidad protagonizado por el escritor Chris Stewart y su familia que se instalaron en un cortijo de Las Alpujarras hace 18 años.

El ritmo enloquecido de vida que la mayor parte de las personas lleva no es impedimento para que otras muchas se planteen un cambio. Parar la máquina para disfrutar de nosotros mismos y de nuestro entorno. Intentar abandonar una existencia basada en la producción-consumo de objetos y apostar por el disfrute de la vida con sencillez. El valor de las cosas sencillas: Deleitarse con el sabor de una tostada de pan con aceite de cultivo propio o de limoneros que ofrecen su lustroso fruto durante todo el año o de la compañía de algún viajero soñador que te admira por ser tú mismo o de las ventajas de no ser esclavo del despertador. Numerosas personas han deseado o desean llevar una vida de contacto con la naturaleza; de coherencia humana, animal, tal vez, por qué no. Encontrarle un sentido al difícil arte de vivir. Esta es la historia de algunas que lo consiguen.

Entre los afilados cortados de un valle de Las Alpujarras (Granada), concretamente el que la naturaleza ha decidido formar con los ríos Trevélez y Cádiar, en el municipio de Órgiva viven de un modo sencillo personas que un día decidieron huir de cierto concepto del mundo, que no de sí mismos. Allí en lo que hace 18 años era, con todos mis respetos, un secarral del que surgían unas ruinas, entre esparto y pitas, residen Chris Stewart, Annie -su mujer- y Chlöe -la hija de ambos-. Chris y Annie, son británicos y ya casi no recuerdan qué les trajo a éstas tierras. ¿La llamada del libro de su compatriota Gerald Brenan Al sur de Granada? “Entre otras cosas, sí. Pero Brenan era un intelectual y yo no llego a tanto”, explica Stewart, que además de tener como profesión el dedicarse a vivir con la mayor libertad posible es escritor. Y a fe que no lo hace nada mal, como lo demuestra su libro Entre limones (ver recuadro).

Chris quizá no sea un intelectual pero sí es una persona acostumbrada a caminar por la vida de acuerdo con sus ideales. El hombre iba para músico y ha acabado siendo uno de los mejores escritores sobre las costumbres populares que hay en nuestro país. La carrera de músico no la comenzó mal, tampoco. O según se mire, porque fue batería de Genesis antes de Phil Collins (en los dos primeros singles) pero le echaron de la banda, aunque eso nos aleja de nuestra historia.

Chris y Annie llegaron a El Valero, así se llama su cortijo alpujarreño, en 1988. La morada se encuentra retirada del pueblo. Muy retirada. Tras cinco kilómetros de un estrecho carril de asfalto que sale de Órgiva paralelo al río Guadalfeo es necesario transitar alrededor de siete kilómetros por una escarpada pista de tierra a prueba de vértigo. Poco antes de llegar a la finca se atraviesa el río Cádiar, que puede dar un susto al que lo haga en todoterreno (mejor no intentarlo con otro tipo de vehículo) sobre todo en la época de lluvias en que ha llegado a derribar la pasarela que lo hace accesible a pié.

Foto: Óscar Rivilla

Autosuficiencia alpujarreña

El Valero es una finca de considerable extensión, 70 hectáreas, aunque muy empinadas y la mayor parte de secano, y cuando decimos de secano, decimos apenas aprovechables por las ovejas de Chris, que cada mañana y sin la necesidad de que alguien las oriente trepan hasta las cimas en busca de pastos para regresar al mediodía al cobijo de sombra cortijera. Las hectáreas habitables, en las que la familia hace vida, son dos y media. Como todo típico cortijo alpujarreño está compuesto por varias estancias. La vivienda de Chris y su familia tiene unos 120 metros cuadrados y está compuesta por varios departamentos rehabilitados. Está en perenne construcción pues el trabajo lo han realizado ellos con la ayuda de diversas amistades. Hay otro apartado del que, con los necesarios arreglos, podría obtenerse otra vivienda de similares dimensiones.

El Valero tiene una excepcional orientación suroeste lo que lo hace muy luminoso. Además, “la construcción original puede tener unos 500 años aunque se haya reconstruido encima de la  misma en numerosas ocasiones. Seguramente sea de la época en la que los árabes poblaban éstas tierras y eso se nota, por ejemplo, en la buena situación de la vivienda para captar las brisas que refrescan las estancias”, nos cuenta el propietario. “Quienes eligieron éste lugar tenían genio y las vistas… no nos hemos cansado en 18 años de ellas; esto es muy importante para el alma humana”, confiesa el inglés.

Desde que Chris y Annie decidieron instalarse en El Valero una de sus premisas filosóficas fue vivir de una manera sencilla intentando causar el menor impacto ambiental posible: “Hemos conseguido la autosuficiencia energética y la alimentaria en un 70%. Gracias a ello nuestra huella ecológica es muy baja, quizá el punto negro de la misma es el todoterreno”, argumenta Annie, una mujer de vivaces ojos azules, muy delgada y que siempre exhibe una rotunda sonrisa. En efecto, al vivir a 12 kilómetros del pueblo están obligados a disponer de un vehículo cuatro por cuatro o mejor dicho de dos; en invierno, cuando el río crece, hasta ser imposible vadearlo en automóvil, un coche se deja en la otra orilla y se atraviesa por una pasarela a pie para conducirlo.

Como describo la vida simple para esta familia es una cuestión de principios: lo importante es que casi cualquier persona puede vivir de este modo, con un gran grado de libertad, con una economía sencilla basada en la reducción de sus necesidades vitales y en contacto con el entorno natural. La fuente energética básica de la finca es solar fotovoltaica –sol no falta en estas latitudes- que se acompaña cuando no luce el astro rey con un grupo electrógeno, “cuyo uso no llega ni a los diez días anuales”, comenta Stewart. En total, la potencia instalada ronda los 1.100 watios. Lo suficiente para encender las bombillas -de bajo consumo-, la nevera “congelador no tenemos, esa será nuestra próxima gran adquisición para facilitarnos la existencia”, indica Chris, un aparato de música, un ordenador portátil y un video “aunque éste de poco nos sirve porque no tenemos televisión”, admite el escritor complaciente. La calefacción –en invierno la temperatura no baja de 5º C- consiste en chimenea y estufas de biomasa. Cocinan con bombonas de butano.

Foto: Óscar Rivilla

Arquitectura de la tierra

La arquitectura popular suele ser espartana, por lo general, pero en La Alpujarra granadina -también la hay almeriense, pero esa no la conozco lo suficiente- lo es más, si cabe. Los cortijos como el que describo no suelen ser de grandes dimensiones, ni mucho menos, aunque sí están conformados por numerosas estancias, “en el nuestro sabemos por el anterior dueño, el que nos lo vendió, que vivían al menos tres familias”, nos cuenta Chris. El cortijo típico alpujarreño es muy cuadrado, con techos relativamente bajos, tejados completamente planos –llueve poco por estos pagos- y con muros que poseen entre 60 centímetros y un metro de espesor; un diseño muy adecuado para resistir los embates del sofocante calor veraniego y soportar de buen grado los rigores del invierno que, como ya hemos comentado no son para tanto. A las cuatro de la tarde de un caluroso día de finale de junio pudimos comprobar in situ la bonanza de este tipo de muros y la buena orientación de la vivienda para recoger las brisas, dentro de la estancia en la que nos alojamos los invitados, el ambiente era incluso fresco. Los muros de las casas alpujarreñas, y El Valero no es una excepción, suelen estar construidos con piedra y launa, la arcilla aceitosa característica de esta comarca -El Valero tiene una veta a pocos metros de sus muros- que posee enormes propiedades constructivas, aunque según el dueño de la casa “también es muy trabajosa”. Los tejados son prácticamente planos y de abajo a arriba llevan las siguientes capas: troncos de madera de castaño, álamo o chopo; cañizo atado con guita de esparto (la guita original es de cáñamo pero en esta zona se hace con el abundantísimo esparto); una capa de cartón, retama, adelfas secas o gayomba; por último pizarra y launa. Ésta última, de color muy similar al del cemento, es muy dúctil y porosa, para Chris, demasiado, pues le obliga a que casi una vez al año deba rastrillarla y repararla, por lo que ha optado por usar cemento en las estancias habitables y tiene pensado hacerlo, si nadie le ofrece otras alternativas, en las que le queda por rehabilitar. No es tontería lo de rastrillar la launa ya que si ésta se apelmaza y cala el agua las vigas de madera pueden podrirse y con el tiempo caerse encima de quien se encuentre en el habitáculo.

Para el revoco interno de las paredes, en ocasiones se ha utilizado yeso y las pinturas son naturales, sin añadidos químicos. No utilizan barnices, pese a la abundancia de madera, pero han tratado ésta con aceite de linaza.

Una de las cosas que llama la atención del cortijo es la práctica ausencia de aristas en su diseño; predominan las líneas curvas y uno de los elementos más originales del mismo es la despensa, también realizada por Chris y uno de sus amigos ingenieros. Tiene forma de bóveda y cumple bien su papel de fresquera, además de ofrecer unas cualidades sonoras muy “refrescantes”, por aquello de las propiedades del silencio. Podía haberse mejorado eligiendo semienterrarla en un lugar fresco que dé al norte pero lo cierto es que cumple su función. Chris ha vuelto a repetir el capricho abovedado con un nuevo baño familiar que está construyendo con balas de paja, ventanas de botellas de vidrio de reciclaje y un tejado de cúpula para lograr ese clima de relajación, por si no tenían suficiente relax en El Valero, digo.

Foto: Óscar Rivilla

La relación con el agua

La Alpujarra es una tierra de contrastes. Ubicada en la cara sur del macizo de Sierra Nevada tiene un índice de pluviosidad bajo pese a que cuando visitamos el cortijo de nuestros protagonistas a finales de junio, todavía podían verse en las cumbres serranas algunos neveros, pese a que este año las nevadas no se han prodigado. No obstante la altura máxima de Sierra Nevada es el pico Mulhacén, con casi 3.500 metros de altitud. El agua, por tanto, no es escasa merced a los neveros de la sierra pero “el cambio climático se está dejando notar porque cada año llueve mucho menos y hace más calor. Esto lo notamos especialmente en el huerto”, explica Annie, la encargada de las labores hortícolas de la casa. A estos problemas hay que añadir que en la costa granadina, a no muchos kilómetros en línea recta de la falda de Las Alpujarras no paran de construir urbanizaciones y campos de golf que chupan literalmente el agua de las comarcas montañesas.

El agua y el uso racional de la misma, ha marcado la existencia de Chris, Annie y Chlöe desde que se instalaron en Órgiva, no obstante el cortijo se encuentra en un tajo entre dos ríos, uno de los cuales, el Trevélez mantiene su cauce todo el año. Cuando la pareja inglesa se instaló en su nueva residencia, por llamarla de alguna manera, ésta no tenía ni luz ni agua, ni todo lo demás. El agua que abastece a los siete cortijos habitados del valle la toman de un colector que hay arriba en la montaña. No pagan por el agua en sí, pero deben hacerse cargo del mantenimiento de la instalación y de tener siempre limpias las acequias que distribuyen el líquido elemento.

En la vivienda, las aguas se separan tras su uso. Las negras van a parar a una fosa séptica en la que los residuos se descomponen de manera biológica. Las grises se reutilizan en el riego de huertos y jardines. Por ello, el jabón líquido que utilizan para lavar los platos por ejemplo, es ecológico. Se trata de intentar no contaminar esas aguas que luego alimentarán las verduras que han de comerse. A veces, la cuestión del agua es un asunto de escala. Una gran infraestructura puede ser antiecológica e inhumana y la misma a escala humana puede resultar beneficiosa. Al menos así se desprende de la anécdota que nos contaba Chris una tarde, mientras admirábamos la puesta de sol tras los afilados cerros que rodean el cortijo: “allí, –nos dijo señalando un pequeño embalse que hay situado en la confluencia de los ríos que rodean la vivienda- querían levantar una presa de 50 metros. Arreciaron las protestas y se construyó de 15. Pasamos de la práctica desaparición de nuestras casas a esta bendición”, comenta el inglés refiriéndose entre otras cosas al nuevo ecosistema creado. Aunque uno que es muy crítico, piensa si esto no fomentará que más ríos sean cortados por el hormigón armado acabando con sus ecosistemas originales.

Foto: Óscar Rivilla

Piscina integrada

Hablando de ecosistemas acuáticos y del uso racional del líquido elemento, uno de los puntos más llamativos de El Valero es la piscina, que tiene toda una historia. La casi obsesión familiar por relacionarse respetuosamente con el agua les ha llevado a llevar a cabo un gran proyecto de baño -el clima permite utilizar la piscina seis meses al año- con un tratamiento ecológico y cíclico del agua y del proceso. La sencilla complejidad del mismo y el gusto por el detalle ha producido que se les vaya de presupuesto, pero con ciertos ajustes, este proyecto puede desarrollarse en piscinas de gran tamaño. Esto puede ser muy interesante para los ayuntamientos a la hora de transformar sus actuales piscinas en ecológicas.

La energía que mueve todo el proceso de depuración de la piscina es solar. Entre sus olivos y naranjos Chris Stewart posee un panel solar capaz de autodirigirse en busca de la mejor colocación para recibir la mayor cantidad de rayos solares. Una maravilla de la técnica. El vaso de la piscina es de generoso tamaño y de diseño ovalado, sin  aristas. Está pensado de tal manera que constantemente el agua supura por los bordes y se dirige a un estanque donde plantas acuáticas con especiales propiedades depurativas hacen lo propio con el líquido elemento. De ahí pasa prácticamente limpia a un pozo en el que una noria, diseñada ex profeso por un técnico amigo de los dueños de la casa, alza el agua hasta un depósito también artesano con forma de alambique, en cuyo interior hay un filtro de arena que termina de dejar el agua impecable para que siga su camino natural hasta el vaso de la piscina. Este proceso se realiza unas ocho horas diarias durante los seis meses propicios para el chapuzón. Llama la atención la sobriedad del proyecto, el cuidado de cada detalle para evitar contaminar el agua y reciclar constantemente la misma. Todo ello con emisión 0 de CO2, que se dice ahora.

Foto: Óscar Rivilla

Simple felicidad

Con cinco gatos, dos perros y un loro que, como el propio Stewart reconoce, sólo tiene ojos para Annie, a la que sigue a todas partes, a todas. Esos son los habitantes de El Valero, los reconocidos, claro. Luego están los jabalíes que la noche anterior husmearon en el huerto o la culebra que a la mañana siguiente se coló en la piscina, así de natural es la vida que hace feliz a “los Stewart”: “Para nosotros es muy importante transmitir que se puede vivir disfrutando de las cosas sencillas sin el materialismo que vemos en la sociedad actual” Es que Chris Stewart es un hippy. “Estoy orgulloso de ser hippy. Los españoles tienen la palabra o el concepto equivocado. La vida que vivimos aquí es la conclusión lógica de aquel movimiento, que era ecologista”, afirma.

En efecto, hoy la familia vive como piensa y este es un privilegio de pocos porque lo “normal” suele ser pensar como se vive. Los libros van viento en popa para el autor británico y esto les ha proporcionado una economía desahogada. Pero eso no se nota en su modo de vida, todo lo que identifica en la casa que allí reside un escritor es un despacho, que antes era la estancia de los animales,  cuyas paredes están literalmente forradas de libros (parte del suelo también) y una extraña antena en forma de cuadrilátero que es fundamental para garantizar la conexión por adsl. Las cosas han cambiado mucho en cuanto a tecnología se refiere y hoy Internet es la conexión con el mundo. Conexión que por estas altitudes también tiene su particularidad. En un pináculo a pocos metros de la vivienda se alza un repetidor “casero” que funciona, como no, con una pequeña placa solar que recoge la señal telefónica y la difunde a los cortijos del valle, un sistema inalámbrico subvencionado por la Junta de Andalucía.

Y así es la vida por aquí, en casa de Chris Stewart y compañía, rodeado de limoneros naranjos, almendros, olivos centenarios, y huertas con tomates, lechugas, ajos, cebollas, berenjenas o fresas. ¡Ah! y la alfalfa para las ovejas del inglés alpujarreño, que qué sería él sin sus ovejitas.


“Nos habíamos desecho de todo lo que había de cómodo y previsible en nuestras vidas y nos habíamos lanzado al vacío”. Así explica Chris Stewart en su libro “Entre limones. Historia de un optimista” (Editorial Almuzara, septiembre 2006) su llegada con Annie a El Valero y el comienzo de una nueva vida. Cuenta el escritor que cuando le enseñó fotos a su madre de su nueva morada ésta quedó horrorizada por su aspecto hasta el punto de calificarla de establo. “Es que la arquitectura alpujarreña es sencilla y cuadriculada; su encanto reside en la simplicidad: (…) Consiste en volver a colocar de manera más o menos ordenada los materiales que, o bien crecen a mano, o se encuentran dispersos al azar por los alrededores. Las proporciones vienen dictadas por una sencilla ecuación: la anchura equivale a la capacidad máxima de soporte de una viga de castaño, de chopo o de eucalipto, cubierta con una espesa capa mojada de launa (…) y normalmente equivale a aproximadamente tres metros y medio. La altura depende del nivel hasta el cual puede levantar piedras un alpujarreño y, como la mayoría de ellos son de estatura baja, raramente sobrepasa el metro ochenta desde el suelo hasta el asiento de las vigas. La longitud viene limitada por la cantidad de suelo disponible, y las ventanas se calculan de manera que dejen pasar la cantidad de luz justa para poder andar a tientas al mediodía, pero de modo que al mismo tiempo no dejen entrar los rayos exteriores que de otra forma podrían comerse vivos a los habitantes de la casa”, describe con maestría Stewart en “Entre limones”. La gran ventaja de esta arquitectura es su bajo precio pues sólo las puertas y ventanas hay que pagarlas con dinero, lo demás es extraído, cortado y/o acarreado de la propia naturaleza.


Articulo aparecido en la revista EcoHabitar nº 15. otoño de 2007. Puedes conseguir la revista aquí.

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2 thoughts on “Al sur del idealismo: la búsqueda de la autosuficiencia en La Alpujarra

  1. Me encanta , Yo mi mujer y mis dos hijos nos vamos para la alpujarra a vivir , tienen mi família una casa en berchules , pero vamos para orgiva a la afueras , es difícil econtrar algo por alli , la gente se dio cuenta de que aquello es el paraiso !!! Lo difícil es conseguir la autosuficiència completa ,, pero nos vamos en menos de 10 dias ! Saludos y muy bueno el texto .

    • Hola Bienve. He visto tu comentario. Lo que has leido en nuestra web era un extracto del artículo aparecido en el nº 15 de EcoHabitar. Ahora lo hemos incluido completo. Espero que lo disfrutes. Cordiales saludos.

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